Náufragos en La Habana
<p>Tras el fracaso del alzamiento popular de 2021, en Cuba ocurrió el mayor éxodo en la historia reciente de ese país: más de un millón de cubanos salieron de la isla. Al llegar a Estados Unidos creyeron haber concluído su travesía y esperaban comenzar de cero en “la tierra de las oportunidades”. Pero ocurrió Donald Trump y muchos fueron deportados a un lugar que ya no era el mismo del que escaparon.</p>
Carlos Martínez
La escena es compleja y ocurrió un día de julio de 2026 en El Vedado, el barrio más hípster de La Habana, entre las calles 23 y L, lo que solía ser el corazón latiente del turismo capitalino, donde la ciudad se disfrazaba, con sus mejores máscaras, de cualquier otra ciudad, de cualquier otro cruce de calles coquetas de Bogotá o de La Ciudad de México: cosmopolitas barecitos, tiendas de licores, perfumes y puros de lujo, a unas cuadras de La Zorra y el Cuervo, mítico templo del jazz; muy cerca del exclusivo Hotel Nacional, que ofrece vistas privilegiadas al malecón habanero, y al mar, cuyo batiente perfuma de sal el barrio.
Pero la sagrada trinidad de la zona la componen el Hotel Habana Libre, donde el mismísimo Fidel Castro montó su centro de mando luego de tomarse Cuba por la fuerza en 1959; el cine Yara, sede principal del Festival Internacional de Cine; y Coppelia, quizá la heladería más grande del mundo, que ocupa una cuadra entera, con capacidad para entre 500 y 1,000 personas a la vez, que, en sus días refulgentes, llegó a vender más de 4,000 galones de helado en un solo día y donde tuvo lugar la escena que quiero contarles.
Una media docena de empleados se desparramaba sobre unas sillas, mientras alguno barría sin mucho afán una basura de aquí para allá. Fuera de ellos, el Coppelia estaba desierto.
Me acerqué a uno, que se sostenía la quijada sobre la barra principal y le pregunté por los sabores. Me notificó muy serio que helados, lo que vienen siendo helados, no había. Y me dio la más técnica de las explicaciones: “El problema es que para hacer helados se necesita pasar por un proceso de refrigeración y ese proceso necesita corriente y corriente no hay”. Me dejó sin réplica posible. En esas estaba, pensando en qué otra pregunta hacerle, cuando entró una tromba de personas, casi todas mujeres, canturreando como lo haría una barra futbolera: “¡Cristo, Cristo, Cristo!, provocando a los empleados del Coppelia, con quienes se pusieron a hablar de inmediato en cubano, o sea, a gritos. Y se armó un guiso tropical muy difícil de entender.
En respuesta a la barra brava, uno de los empleados mencionó a Orula, una de las deidades afrocubanas, a las que yo confundí con Lula, el presidente brasileño.
–¿Qué pinta aquí Lula? –me animé a intervenir.
–No te hace falta conocerlo, mejor conoce a Cristo, que pagó un precio muy alto por ti en la cruz –me atajó una de las cristianas–. Ellos son idólatras, endemoniados, esos muñecos que hicieron los hombres no tienen ningún poder.
–¿Por qué no se ponen a cultivar, a pescar, a criar animales? Toda esta gente tiene una iglesia mejor que una pila de casas de cubanos –replicó el idólatra, un viejo con voz de fumador, que terminó citando a Ricardo Arjona–. El asesino rezando dos padres nuestros no revive a sus muertos.
“Tocan niños, son pedófilos”, gritó una de las empleadas. “Cristo murió en la Cruz”, replicó otra, por si acaso. “Todo el narcotráfico de todo el mundo está en las iglesias”, le gritó el viejo de voz gastada. Otro se animó: “Yo me pregunto: ¿Por qué no se une la hermandad de Cristo, la hermandad de Orula, de Abakuá y le vamos pa arriba a Diaz Canel? ¡Pero nadie hace eso! Entonces no hay hermandad en ningún pueblo”. “¡La adoración no lleva a ningún lado, Cristo es el camino!”, gritó una y luego de unos minutos de jolgorio el viejo zanjó el asunto llevándolo a lo terrenal: “Que me mande corriente para yo creer en Cristo”. Abandonó la gritadera y se dirigió a mí con una pregunta que escucharía muchas veces en los días siguientes: “¿Y cómo te va con Bukele?”. “Yo creo que mal”, le repliqué. Resopló: “Nadie está contento con lo que tiene”. Y entonces aproveché a devolverla: ¿Y cómo está Cuba?
“Cuba está en candela. Estamos viviendo esta situación, 30 horas sin corriente, 20 días sin agua. No podemos estar de acuerdo con esto. Esa culpa la tiene el gobierno, aunque digan que son los gringos. El gobierno nos habla de ideas, ideas, ideas, pero las ideas no me dan medicina para mi mamá, que tiene 97 años, ni me da corriente… Yo gano mensual 2,200 pesos cubanos (unos 3.30 dólares). No me alcanza ni pa comprar dos pomos de agua. El paquete de pollo vale 7,000 pesos. Vivo gracias a mi familia que vive en el exterior. La misma Revolución nos ha llevado a cambiar de ideas, yo no puedo defender una cosa que me está matando”.
Y entonces pronunció un resumen brillante, con una cita que según él aparece en El Capital, la biblia comunista de Marx, en cuya autoría incluyó a Engels: “Yo te voy a decir una cosa que dijo Maryengel en El Capital: “El hombre piensa como vive, si yo vivo bien, pienso bien, si me pones a vivir mal, pienso mal”.
“¡El problema está en el corazón del hombre!”, gritó de fondo una de las cristianas.
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Como remate de este batiburrillo, al salir de Coppelia, con la cabeza hecha un bombo, un hombre calvo, en guayabera, se acercó y nos ofreció marihuana. Rechazamos cortésmente su ofrecimiento, entonces nos ofreció cocaína. También declinamos con amabilidad. Entonces nos consiguió una moto taxi. Todo mundo me afirmó después que aquel hombre era un “seguroso”. Un agente del Estado, tendiéndonos una trampa.
Esta Habana menesterosa, que vive en sus propios tiempos, en su propia cotidianidad díscola y que en algún momento se quedó enredada en la historia, es el telón de fondo de las historias que quiero contarles.
* * *
¿Recuerdan aquella foto histórica del Air Force One a punto de aterrizar en La Habana? El 20 de marzo de 2016, Barack Obama, acompañado de su esposa y sus hijas, bajó las escaleras del famoso avión presidencial para convertirse en el primer presidente gringo en funciones que pisaba Cuba en 88 años. Un hito que parecía irreversible, destinado a cambiar la retórica del régimen castrista, que había hecho de su enemistad con los Estados Unidos un rasgo de identidad y cohesión.
Y tras la llegada de Obama se sucedieron una serie de gestos, a cual más estrafalario: Un presidente estadounidense dando un discurso en el Gran Teatro de La Habana, mientras Raúl Castro lo escuchaba en su palco. Tres días después, The Rolling Stones dio un concierto gratuito para más de un millón de personas en un país que alguna vez prohibió el rock; un mes después, el diseñador Karl Lagerfeld, que lideraba la casa de modas francesa Chanel, montó un desfile de modas en el Paseo del Prado, en el que se presentaron algunas supermodelos; y en esos mismo días las hermanas Kardashian filmaron parte de la temporada 12 de su reality, aprendiendo salsa y fumando puros, y el Malecón de La Habana fue cerrado para que Vin Diesel anduviera a todo trapo en el rodaje de “Rápido y Furioso 8: corre o muere”, y abrió el primer hotel de súper lujo y aparecieron exclusivísimas tiendas de marcas como Versace, Giorgio Armani, Montblanc y L'Occitane y atracaron los primeros cruceros gringos, que derramaban legiones de turistas enrojecidos por el sol y con dólares en la bolsa.
Todas esas “desviaciones burguesas” vinieron acompañadas de otras que tocaban más directamente la vida de los cubanos, como el fin de las restricciones del monto de las remesas que se podían enviar desde Estados Unidos, y esa inyección de dólares sin precedentes sirvió de capital inicial para emprendimientos privados que el gobierno cubano permitió con asquito y con un montón de “peros”. Aquellos con acceso a dólares comenzaron a marcar diferencias de clase cada vez más visibles. Sin embargo la cosa parecía moverse, que no es poco en un país que se jacta de no moverse. Y como si esa andanada de cosas nuevas no fuera suficiente, ese mismo año se terminó de morir Fidel Castro, la personificación de La Revolución. Hubo quien pensó –muchos inversionistas incluidos– que estaban a un soplido de abrir una grieta ancha en ese viejo muro de hormigón.
Pero al año siguiente pasó algo que tomó a buena parte del mundo por sorpresa: Donald Trump. Y el deshielo se fue al carajo, junto con los cruceros y los turistas y las remesas abiertas y Western Union. El gozo en un pozo. El gobierno cubano también echó para atrás: los nuevos permisos para negocios privados fueron detenidos y muchos incluso revocados. No hubo tal apertura económica y el régimen comunista no movió un milímetro la mano con la que asfixia cualquier disidencia, por mínima que sea.
A la mayoría de cubanos no les dio tiempo de probar aquellas mieles y vieron pasar esa burbuja como han visto pasar otras tantas promesas que mueren en cuanto nacen. Y comenzó a gestarse el mayor éxodo de cubanos de la historia reciente. Más silencioso y con menos películas que el éxodo del Mariel, en 1980, cuando, durante seis meses, Fidel Castro permitió que todo aquel que quisiera irse se largara a través del puerto de Mariel, a condición de que alguien viniera por ellos –en bote, claro– y se llevara también a un buen número de gente que el régimen consideraba indeseable: convictos comunes, enfermos mentales, miembros de la comunidad LGBTI, que por aquellos días eran perseguidos en Cuba. Luego Castro impuso sobre ellos una letra escarlata, los llamó “escoria” y también “gusanos” y convirtió en un hecho vergonzante y peligroso ser amigo o pariente de alguno. Cerca de 125,000 cubanos consiguieron salir en aquellos seis meses.
El éxodo que se gestaba tras la llegada de Trump a su primer mandato también terminó siendo mucho más numeroso que el de los 90, durante el Período Especial, cuando Cuba se quedó sin la Unión Soviética, su principal mecenas, y los cubanos huyeron del hambre extrema, de los cortes de luz y de la carencia de básicamente todo. Entonces se lanzaron al mar en casi cualquier cosa que flotara, lo que se conoció como “la crisis de los balseros”, que tuvo un apogeo trágico en 1994. En aquellos años huyeron de la isla hacia La Florida unas 35,000 personas. Muchos se hundieron en el mar o fueron devorados por tiburones.
Y la cosa siguió casi sin inmutarse: a Fidel le sucedió Raúl, su hermano, menos carismático y sin posibilidades oratorias para pronunciar discursos de ocho horas; y a Raúl lo sucedió Miguel Díaz Canel, aún menos carismático y actual presidente cubano.
Allá abajo, en la llanura, se mantenía la cotidiana escasez, la necesidad de hacer malabares inimaginables para llevar comida a la mesa, el deterioro de los servicios de salud, otrora orgullo nacional y una sensación pétrea de inmovilidad que asfixiaba a las nuevas generaciones de jóvenes a los que ya no les bastaba alimentarse de consignas o del relato de la epopeya fundacional de La Revolución.
Para 2019 ya estaba claro que todos los gestos estrafalarios que vinieron con Obama eran sólo eso, gestos, y es bien sabido que nadie come a punta de gestos. Ante las nuevas medidas de Estados Unidos que dificultaban la llegada de combustible, Díaz Canel anunció una “crisis coyuntural” y a los cubanos les pareció oír “Período Especial”, y en las entrañas de la isla algo comenzó a revolverse.
Aunque no había apagones en la capital, ya era difícil encontrar transporte. Heidy tenía 37 años, era empleada de la empresa de electricidad, mientras “resolvía” –ese verbo tan cubano– con otras actividades para conseguirse unos pesos extras. Vivía en Marianao, un municipio habanero, que antes de La Revolución era un lugar con mansiones para el descanso de los pudientes y en 2019… pues no.
Pero a ella le empujaba además otra necesidad vital que en su Cuba no sería posible: Heidy quería ser madre.
Quemó naves: vendió su casa, recogió los pesos que pudo, consiguió una visa nicaragüense y emprendió la ruta a la que los migrantes cubanos llaman “la travesía”, pensando en no volver más. Hoy vive a 30 kilómetros de La Habana, en San José de las Lajas, capital de la provincia de Mayabeque, de la que es su centro económico e industrial más importante, o sea, que es un lugar que está en los puros huesos.
Heidy
Es poco lo que puedo decir sobre San José de las Lajas: que se llega más o menos en una hora, a paso de burro, para no gastar más combustible del estrictamente necesario; que no hay manera de que un taxista te cobre menos de 100 dólares ida y vuelta, circulando por carreteras anchas y desiertas, donde algunos optimistas piden aventón; que el urbanista responsable perpetró, en medio de la nada, un bodoque de cemento inmisericorde, donde hace un sol del demonio y no abundan las sombras, un paraje duro y monótono poblado por grupos de edificios idénticos entre sí a los que llaman “microbrigadas”, diríase soviéticos, pero quizá feos es más preciso. Hoscos, si acaso.
El día en que conocimos a Heidy, su niña de tres años revoloteaba por el apartamento: una rubita de ojos claros, con la energía de un cascabel y con un arsenal de palabras sorprendente, cuya bienvenida fue: “¿Cuándo se van?”. Nos presumió sus juguetes gringos y se aferraba a su madre como algo que se posee con egoísmo. Heidy, en cambio, estaba cansada.
Ya pasó un año. He dado entrevistas a todas las cadenas en el mundo. A todas. ¡Y no ha pasado nada! Todo el mundo viene y llora conmigo, me abraza. ‘Lo sentimos mucho. Es muy inhumano. Muy cruel’. ¡Pero no ha pasado nada!
Antes de irme, trabajaba en la empresa eléctrica en contabilidad. Ganaba como 300 pesos cubanos al mes. Ahora no llega ni al dólar, pero en aquel entonces, el dólar valía 25 pesos cubanos. No alcanzaba igual, por eso arreglaba uñas en casa y así: me traían ropa y vendía ropa. Había que inventar. La decisión fue básicamente por razones económicas. Por todo. Ya en aquel entonces, ya estaba yo asfixiada. Yo dije: esto no puede seguir así. Además yo no podía salir embarazada y ya lo sabía y la única opción era la inseminación In Vitro. Aquí eso no se podía.
Salí de Cuba hacia los Estados Unidos en 2019. Vendí mi casa en Marianao y agarré un pasaje a 400 dólares a Managua. El avión repleto de cubanos: nadie iba a regresar. Todo mundo fue agarrando diferentes caminos pero nos íbamos encontrando más adelante.
Entré a México por Tapachula y subí hasta Nuevo Laredo, ahí estuve nueve meses porque había muchísimas, muchísimas, muchísimas personas esperando para cruzar en la frontera donde yo estaba y había que apuntarse en una lista y había que pagar, pero yo no tenía dinero. Había miles de africanos también esperando para cruzar la frontera. Había mujeres con niños. Así que fui una de las últimas en cruzar. Nueve meses esperé.
En 2019 estaba en vigencia una serie de leyes que obligaba a los solicitantes de asilo humanitario en Estados Unidos esperar su turno en México. Para lograr la cita, los miles de migrantes debían apuntar su nombre en alguna de las tantas listas informales que armaban con frecuencia los albergues. Y esperar, mientras tanto, en algún lugar del turbio norte mexicano.
Cuando llegué a Nuevo Laredo estuve en un albergue de indigentes, estuve como tres meses durmiendo en una casa de campaña al sol, al frío… Llovía y era un río todo. Ahí pasó de todo. Frontera al fin. Hasta que me busqué un trabajo en un restaurante y pude rentarme una casita y ahí esperé el resto de los nueve meses.
Me tocó en noviembre de 2019, pero no pude llegar a la cita porque se habían agarrado a balazos los narcos de ahí. De eso yo no quiero hablar. La persona que habló la pasó bien mal. Es una persona que se le ocurrió publicar una foto de lo que estaba pasando: le prendieron fuego a su casa y tuvieron que salir corriendo. Yo no quiero decir nada sobre eso… Era complicado salir del albergue. Tenías que salir a buscar comida, agua y tenías que tener mucho cuidado en la calle porque pasó ahí de todo. Eso fue horrible, horrible.
Cuando finalmente llegué al puente, por supuesto no era el día de mi cita, fueron días después. Ellos (los agentes migratorios de Estados Unidos) sabían lo que había pasado porque hubo enfrentamiento ahí mismo en el puente. Y yo le digo al oficial que no era el día de mi cita pero que yo quería hablar con el juez para explicarle qué es lo que había pasado. Me dijo: ‘yo te dejo pasar, no tengo ningún problema con eso, pero allá adentro ellos decidirán’. Pero nunca me dijo que al no asistir a la cita, eso implicaba orden de deportación, es decir que ya yo tenía orden de deportación. Entré confiada en que iba hablar con el juez y que iba a explicar lo que había pasado. Y cuando pasé, entonces ya me sacaron del grupo y a mí me dijeron ‘no, no, tú no puedes, tú vas deportada para Cuba’. Me llevaron a Core Civic, una prisión ahí mismo en Laredo. Ahí estuve nueve meses más. Es una prisión, pero ahí habíamos muchos cubanos, de El Salvador, de Guatemala y Honduras pidiendo asilo. Bueno, pues todo mundo tenía un caso y yo no tenía ningún caso…
Contratamos a un abogado para detener la deportación. Estuve desde noviembre, y en marzo o en mayo me dijeron de que no, que mi caso era de deportación. Me llevan a Louisiana y de ahí a Miami, de Miami, otra vez a Louisiana, de ahí a Taylor, que está en Austin. Yo salí de Cuba un 31 de marzo de 2019 y salí de todo eso el 26 de agosto de 2020. Eso era COVID, plena pandemia, comenzando. Se me acercó un oficial y me dice: ‘dame el número de tu familia, los voy a llamar en una hora, si no contestan, vas a ver al juez. Si contestan, te vas’. Y mi familia ese día le contestó, compraron el pasaje y al otro día, amaneciendo, me sueltan, con la condición de que tenía que ir cada cierto tiempo a las oficinas de Migración a firmar. Ellos me daban una cita para ir y cada vez que ibas te daban la siguiente fecha. Al final fue una vez al año solamente. Pensé: Esto va avanzando. En esas citas conocí también muchas personas que llevaban 20 años con orden de deportación. Eso te daba esperanza. Además esa gente sí tenía delitos, pero yo no tuve nunca ni un ticket. Se hacía una fila afuera, te recogían las planillas, esperabas y a los 20-15 minutos te llamaban y ya te daban la otra fecha y ya tú ibas. Así pasé seis años.
A Carlos (también cubano, pero nacionalizado estadounidense) lo conocí llegando con mi familia. Él trabajaba por ahí y nos conocimos… un día intercambiamos teléfonos y empezamos a hablar, hasta que un día decidimos ya empezar la relación en el 2021. Conseguí un trabajo de asistente de enfermera y Carlos tiene una compañía de construcción.
Un día me dijo: te vas conmigo a mi casa. Me fui a vivir con él en mayo y nos casamos en enero de 2022. Hablábamos mucho, mucho. No hicimos fiesta ni nada. Solamente nos tomamos tres foticos y empezamos a prepararnos para la inseminación, ahorramos para invertir en el procedimiento. El primer intento no prendió y tuvimos que hacer un segundo intento. En total esta niñita costó 50,000 dólares, ja, ja, ja,ja, ja. Sólo la primera caja de medicina costó 6,000 dólares. Tenía que ponerme tres inyecciones todos los días en los glúteos, en el ombligo, para ir preparando mi organismo. Fue horrible, pero bueno, vale la pena el resultado. Sí vale la pena. Pasamos en eso un año.
Un día, en el baño de la clínica, me hice la prueba. Carlos quería que me la hiciera en casa y yo le decía que no, que me daba miedo que fuera negativa otra vez, porque yo no sentía nada. Y yo claramente vi la prueba negativa. Cuando me monto en el carro, de camino a la casa, me llama la doctora: Heidy, necesito hablar contigo. Y yo: ya sé lo que me tienes que decir y entonces me dice: felicidades. ¡¿Cómo?! Sí, felicidades, estás de cuatro semanas y yo ¡Cómo! Saqué la prueba de la cartera y yo la volví a ver y, Nene —que es como le digo yo a Carlos—, ¡te dije que esta vez sí! Era positiva. En la casa nos abrazamos y lloramos y todo mundo feliz, llorando y empezamos a preparar el cuarto para la niña. La ilusión que teníamos…
Yo no le pedía más nada a la vida. Ya yo estaba realizada. Yo no quería más nada. Nació y toda la familia feliz: era la única niña.
* * *
A 90 millas de Tampa, Estado de Florida, donde Heidy estrenaba una vida nueva, en su isla las cosas comenzaron, como dijo el empleado del Coppelia, a ponerse “en candela”: No bastando con la llegada de Trump al poder y del frenazo en seco que dio al deshielo iniciado por Obama, sobre el mundo entero avanzó una sombra devastadora: la pandemia de COVID-19. A decir verdad, ningún país estaba preparado para asumir ese espanto, pero a Cuba la pilló con los anticuerpos en los mínimos: las crecientes restricciones a la importación de combustible y la reducción significativa de divisas provenientes de Estados Unidos tenía ya temblando casi todo lo que puede temblar en un país. Y desde luego paralizó de golpe el turismo: los hoteles y las playas vacías, los mojitos sin quién se los beba y los puros sin quién se los fume significaron para Cuba la ruta hacia el siguiente nivel de calamidad.
En medio del desastre, comenzaron a ocurrir prolongados cortes de luz en las provincias, lo que trajo malignas reminiscencias al Período Especial.
Ocurrió también que un grupo de artistas e intelectuales que habían fundado en 2018 un colectivo llamado “Movimiento San Isidro” desafiaron a cara pelada una nueva versión de ley de censura del Estado. Se acuartelaron en la casa de su líder más visible: el artista plástico Luis Manuel Otero Alcántara, hicieron huelgas de hambre y sed, hasta que en noviembre de 2020, agentes del Estado, disfrazados de sanitarios, asaltaron la casa de Otero Alcántara, alegando violaciones a los protocolos sanitarios y reventaron el acuartelamiento de los artistas.
En febrero de 2021 apareció en Youtube una canción grabada por artistas cubanos de gran proyección internacional que vivían en el extranjero, como Yotuel Romero, integrante de Orishas, Gente de Zona, Descemer Bueno y dos miembros del Movimiento San Isidro, Maykel Osorbo y El Funky, que eventualmente acabarían presos por el atrevimiento de haber dotado de himno al descontento creciente. La canción se llamó “Patria y Vida”, en abierto desafío al lema pétreo de La Revolución que propone más bien “patria o muerte”. En medio de ese caldo hirviente, la última en echar un ingrediente fue –esto nadie se lo vio venir– la mega celebridad del cine porno Mia Khalifa, que, quién sabe a sazón de qué, publicó en los primeros días de julio una serie de tuits en los que llamaba “singao” a Díaz Canel. Singao, en Cuba, es un insulto último, grave, que tiene sus fronteras semánticas entre “hijo de puta” y “malparido”, al punto que cinco años después todavía hay gente presa por haber repetido en la isla las palabras de la estrella del cine para adultos.
Algo en el miedo colectivo se rompió. Algo en el acuerdo social cubano, en el pacto tácito que mandaba estar descontentos en privado, se descosió y ocurrió lo impensable, lo que no había pasado nunca.
El 11 de julio de 2021, a eso de las 9 de la mañana, tuvo lugar el primer desliz de la avalancha, a unos 40 kilómetros de La Habana, en la provincia de Artemisa: un grupo de vecinos salió a la calle –en un gesto que en Cuba implica desafiar consecuencias previsibles– protestando por los apagones recurrentes, por la calamidad sanitaria y por la falta de acceso a casi todo. Uno transmitió la protesta en Facebook live, lo que convocó a más gente, y de pronto eran cientos frente al parque de la iglesia del municipio de San Antonio de los Baños, gritando “Patria y Vida”, “libertad” y el inevitable “Díaz Canel singao”. Era el pequeño empujón que se necesitaba. La transmisión en vivo se hizo viral y encendió el polvorín. Cerca de 60 localidades se alzaron. Se levantaron capitales provinciales como Camagüey, Santiago de Cuba, Holguín y, desde luego, La Habana., Decenas de miles salieron en la capital a protestar frente al Capitolio. Unos muchachos, periodistas locales, que asistieron a la concentración no daban crédito a lo que sus ojos veían: “estaba ahí, pero no podía ser cierto”. Uno pensó: “Está cayendo”; otro sostiene: “fue el mejor día de mi vida”.
Policías huyendo de los ciudadanos, delegaciones apedreadas, sedes del partido –el único que hay– pintarrajeadas. En el cruce entre las Calzadas 10 de Octubre y Luyanó, en La Habana, los manifestantes dieron vuelta a una patrulla con sus patrulleros dentro y un chico de 16 años quedó inmortalizado, sobre la patrulla, con una bandera cubana manchada con su propia sangre. Había un encabronamiento generalizado, había un himno, había imágenes dramáticas y había mucha más gente en las calles de la que se puede contener.
Astuto, el régimen bloqueó de inmediato Internet en toda la isla, bloqueó las aplicaciones de mensajería y cortó las telecomunicaciones. En aquel momento, los de La Habana no supieron de los de Holguín; los de Artemisa no supieron de los de Santiago de Cuba y así, un país entero se había echado a las calles, probablemente inderrotable, pero no lo supo.
Esa tarde, sin matices, Díaz Canel pronunció “la orden de combate” en televisión nacional, el banderillazo de salida para la represión y pasó lo que pasó.
* * *
De todo este zafarrancho Heidy se enteró por redes sociales, como algo que ocurre en un mundo aparte. A Carlos, su marido, lo que pase en la isla le parece una noticia más o menos ajena: “Mi país es Estados Unidos, porque fue el país que me permitió ser persona, vivir como una persona”. Pero aprendería que, de la relación tóxica de sus dos patrias, es difícil escapar.
Era 2025, tenían una niña de año y medio y una preocupación creciente, porque al acto cotidiano de su vida en Florida le comenzaron a aparecer señales raras:
“Para entonces ya me estaban citando a Migración sólo una vez al año y ya yo estaba sin susto. Pero me citaron en agosto, luego en noviembre, en marzo y luego en abril de 2025. Era demasiado. Pensé que algo no andaba bien, pero Nene me decía: ‘no pasa nada, ya estamos casados, la reclamación familiar está puesta, no va a pasar nada’. Las citas eran iguales: 15 minutos y estaba fuera. Él siempre me esperaba en el carro.
Para la cita de abril yo había ido con mi abogada, le dije que me estaban citando muchas veces y que eso no era normal. A la niña la estaba tratando un neurólogo porque le habían dado convulsiones y llevamos todas las cosas de la niña. La abogada le estaba explicando al hombre el procedimiento médico de la niña. La niña mamaba todavía. La niña delante del deportador me pidió el pecho y me dijo: ‘sí, dáselo’.
El tipo era latino, dominicano. Me pasaron a una oficina y eso nunca había sido así, de normal nos sentaban en un salón de espera a todos y nos iban llamando, recogías tu planilla y ya. Entonces yo dije: esto pinta feo. En esa oficina estaban dos oficiales, la abogada y la niña. Ellos comienzan a hablar en inglés, pero yo no entendí nada. Entonces me dijeron: ‘quedas en custodia de ICE. La niña es americana, ella se va, pero tú te quedas, vas deportada para Cuba’. Así. Y la abogada explicándoles y ellos: ‘no, ya es una decisión tomada’. Le pregunté al dominicano si él tenía hijos y me respondió: ‘¿Qué te importa si yo tengo hijos? Eso no importa’.
Se siente horrible. Ahí mi mundo se me cayó, el alma se me salió del cuerpo. Tener que separarme de la niña, que tenía un año y medio.
Me llama la atención que después de mí a tantas personas que conozco les decían: te damos seis meses para que te vayas. ¿Por qué no me lo hicieron a mí? ¡Yo recojo mi esposo, a mi hija y me voy! No me dieron esa opción a mí. ¡El agente tomó a la niña y la separó de mí! Y yo pensando que la iban a meter a un centro para niños y yo dando gritos: ¡por favor no me hagas esto, es mi única hija! Y él, como si nada. Dice mi esposo que él escuchaba los gritos afuera. No lo dejaron verme. Nada, nada. La abogada le entregó a la niña.
Te quedas en una celda, encadenada, con esposas de la cintura a los pies y de las manos a la cintura, así pues. Caminaba como atada, fui la primera que entraron y después dos mujeres más: una cubana y una de Honduras. Después nos llevaron a la cárcel de Pinellas. Ahí pasamos la noche, no pudimos hablar por teléfono. Los pechos me dolían. En la tarde nos montamos en un bus directo a Miami. Estaba lleno de cubanos. Estuvimos toda la noche y toda la madrugada en el autobús hasta que llegamos al aeropuerto, nos dieron el uniforme gris y nos pusieron nuestras cosas en bolsa.
Durante años, los cubanos sin papeles, e incluso los cubanos con antecedentes delictivos comunes, se consideraron “indeportables”, porque Cuba no aceptaba vuelos de deportación en su territorio. Eso cambió en 2023, luego de una serie de acuerdos con el gobierno de Joe Biden. Más de 3,200 cubanos han sido obligados a regresar a su isla desde entonces.
Cuando me detuvieron, llevaba yo 500 dólares. Ese dinero me lo dieron en un cheque. Se perdió. Aquí ningún banco y ningún lugar te lo cambia. En ese vuelo venían 86 cubanos. Era el 24 de abril del 2025. A las 10 de la mañana ya estábamos aterrizando. La Cuba de la que me fui ya no se parecía nada a la que dejé. Había cambiado todo. Todo estaba peor de cuando me fui. Está bien feo. Ahora mismo no sé cómo desamarrar este nudo. Ya la petición de reunificación familiar está aprobada. ¿Qué pasa? Fui a la oficina. Fui a la embajada. Me piden evidencias de mi relación con Carlos. Mira:
Heidy va por un grueso folder donde tiene todo el recuento gráfico de su relación con Carlos y de su ansiado proceso de maternidad: ellos de novios, ella de blanco el día de la boda, la prueba de embarazo, el primer ultrasonido, ella y su panza, el parto… y por si eso fuera poco, hay una niñita viviente y coleante, que es prueba irrefutable de que esos dos cubanos soñaron con ser padres y lo pelearon con uñas y dientes de 50,000 dólares. Una cifra cuya existencia es una especie de leyenda increíble en su Habana.
Me piden que debo volver a llevar evidencias de la relación, esto no lo quisieron ver. Ya estoy cansada de tanta entrevista y documentos. ¡Y no pasa nada! Ya pasó un año y no hay una respuesta.
Yo estoy aquí, pero ausente, pero no estoy en nada, trato de pasar lo más desapercibida posible. Lo único que me interesa es la reunificación familiar con mi esposo y con mi niña. Ese tema de su política es de ellos (los líderes cubanos), yo no tengo nada que ver con eso y me cuido en esos temas que sé que yo no puedo resolver. ¿Para qué me voy a meter en eso, a buscarme problemas por gusto?
Tratamos de que ella no nos vea llorando, y le decimos: ‘mira, vas con tu papá y con tu abuela’… pero yo soy su mamá y, cuando está allá, el teléfono no para. Estamos hablando o tratando de hablar todo el tiempo: ¿Ya se despertó? y ¿qué comió? ¿Y le diste la leche? ¿Y la bañaste y la cambiaste y la peinaste? Tengo que cantarle para que ella se duerma por las noches y echarle un cuento, tu sabes.
Heidy pregunta a su hija: “¿Por qué mamá no puede ir a Tampa?” Y la chiquilla deja un segundo su plato de avena y responde en buen cubano: “Poque le faltan los papeles”. Entonces Heidy hace de su voz un dulce y le canturrea a su hija una especie de nana: “Pero mamá está tratando de arreglar eso, pa ime con la niña y con papá pa Tampa” y el agüita en sus ojos le delata el nudo en la garganta.
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La parte que nadie ve son los efectos que esto ha tenido en la niña. Ella tiene trauma. Siempre le pregunta a la gente ¿cuándo te vas? ¿Por qué te vas? Aunque lo acabe de conocer. Todos estamos conversando con un especialista. A la niña le va a afectar de por vida. Cualquier persona que se despegue de ella va a sufrir. Aquí tiene unos amiguitos y cuando se van llora y ‘no te vayas, no te vayas’… Tiene miedo de que la dejen.
Yo no estoy aquí. Mi mente y mi corazón están allá. No trabajo, estoy aquí pero estoy ausente. Sólo salgo a lo que hace falta, no voy a ningún lado. Esa es mi vida. Tengo un año perdido. A veces viene la corriente y yo no me entero. No es importante para mí. Es que yo no quiero estar aquí.
Cuando estoy sola, estoy todo el tiempo bajo tratamiento, tomando calmantes, en la cama, todo el tiempo en la cama, cuando quiero llamar y no hay señal, lloro, grito. Ese es mi día. Ahora ella me mantiene con vida, cuando ella se va mi cuerpo no responde. ¡Yo me fui porque no quiero vivir aquí, yo estoy aquí obligada!
A la niña le quedaban pocos días en Cuba. Vino a la isla acompañada de su abuela paterna y ahora debía regresar al país en el que nació, donde vive, y era evidente que Heidy veía venir ese día con pánico. Al terminar la plática, Pau Coll, mi colega fotoperiodista, hizo unos retratos, Heidy posó con su rubita parlanchina, la niña sonrió para la cámara y al notar que el asunto estaba llegando a su fin, nos repitió la misma pregunta con la que nos recibió: “¿Cuándo se van?”. Pero ya no era la misma.
“2+2=5?”
En un paladar cercano a Plaza Vieja, en el corazón de la otrora turística Habana Vieja, Pau y yo nos sentamos a comer. El mesero nosrecomendó el plato de pollo, porque además de bueno era lo único que había. Estábamos solos en el comedor hasta que llegaron dos cubanos ajetreados. Se trataba de una pareja de repartidores, que iban dejando productos en las tiendas y que al parecer tenían los minutos contados, porque se echaron con voracidad sobre sus platos –de pollo, supongo– y nos pusimos a charlar.
Yo había terminado de comer y fumaba un cigarro en la calle, desde donde sostenía mi plática con los repartidores que daban los últimos bocados en su mesa. Entonces les hice la pregunta inevitable: ¿Cómo está la cosa por aquí?
Uno de ellos me respondió, a gritos, cosas que yo suponía que allí se hablaban por lo bajito, en susurros: “¡Esta es una dictadura de mierda, brother, aquí no hay libertad, los que están allá arriba son unos come pinga!”, y me dieron sus nombres para que los citara –cosa que no haré– poniendo a parir al gobierno, a voz en cuello.
Dos locales más allá está el Comité de Defensa de la Revolución, el temido CDR, cuna de “chivatones” que vigilan la rectitud revolucionaria de sus vecinos y denuncian a los desviados.
No se necesitaba tener la oreja muy fina para escuchar nuestra conversación.
* * *
Resguardado en su enorme urna de cristal está el Granma, conservado en los formoles del relato épico y del adoctrinamiento persistente que, desde niños, enseña a los cubanos que de ese yate se bajaron, en 1956, los héroes marmóreos de la patria. Que ahí, apiñados, viajaron, junto a otros 58 guerrilleros, los habitantes del parnaso revolucionario: los hermanos Castro, desde luego, Camilo Cienfuegos y el legendario Che Guevara, que acabarían con la injusticia y la desigualdad, que harían que la patria fuera un bien poseído por todos a partes bastante iguales.
Justo enfrente del memorial del Granma, cruzando la Avenida de Bélgica, está el Chachachá, un oasis de luz –de luz eléctrica, digo–, y de todo lo demás. Aquí no ha pasado nada: elegantes meseros atienden las 14 mesas, divididas en dos plantas, de las que, una noche de julio, a las 9:30 de la noche, estaban ocupadas ocho, casi todas por comensales cubanos.
Una entrada de “carpaccio de pulpo con vinagreta de cítricos” anda por los 12 dólares, y un corte de ribeye juguetea con los 35. Si te tomás unos tragos ya se jodió la cosa: podés salir de ahí sin darte cuenta con unos 60-70 dólares menos. Parqueados frente a la acera del Chachachá se alternaron esa noche tres camionetas Mercedes Benz y otra Toyota, casi todas negras, al menos un espectacular BMW blanco y otras camionetas de lujo de marcas más vernáculas, como Hyundai. Si no eran últimos modelos, casi. Todas con placas particulares.
“¿No es contradictorio —le pregunté a un empleado del restaurante— que este lujo exista justo frente al Granma, donde se subieron todos los barbudos para luchar precisamente contra estas cosas?”. Se me acercó hasta que el susurro que iba a pronunciar fuera audible: “Es que los que se subieron a ese barco lo hicieron, unos por una cosa… y otros por otra”.
Se dio media vuelta y se fue.
* * *
Iván no se llama Iván. Aunque me pidió que en esta historia yo dijera su nombre completo, su madre me hizo prometer, en medio de un ataque de pánico, que yo no escribiría el nombre de su hijo. “A mí me da miedo, porque yo sé que él no tiene miedo”, me explicó mientras lloraba de susto. Así que se llamará Iván.
Viven en Artemisa, la capital de la provincia homónima, donde se iniciaron las protestas sin precedentes el 11 de julio de 2021. La vida transcurría a una lentitud de caracol. Muy poca gente deambulaba por las calles: Un par de sujetos sin camisa que reparaban en la calle algún cacharro; dos mujeres que arrastraban un carrito vendiendo ácido para el baño y un hombre en lentes oscuros que se orientaba con un bastón de ciego, enfundado en uniforme de béisbol y un maletín por el que asomaba un bate. Era difícil imaginar Artemisa en llamas.
Aquel 11 de julio Iván vio por redes sociales que los vecinos de San Antonio de los Baños se habían lanzado a la calle y pensó que quizá más de alguno se habría animado a hacer lo propio en Artemisa. Bajó al Parque de la Juventud, esperando ver a unas 15 personas y se quedó con la boca abierta: “Llegó a ser casi un kilómetro de personas, unas diez o doce mil personas. Me encontré a un amigo que me dijo: ‘hoy es el día de cantar y decir lo que está pasando’. Ahí empezamos a manifestarnos, todo de forma pacífica. Sencillamente gritábamos consignas como ‘abajo Díaz-Canel’, ‘no queremos más comunismo’, ‘queremos elecciones’ y ‘queremos cambio’. Hacía falta que alguien tuviera el valor de decir las primeras palabras para que aquello se volviera imparable”, o eso creyó Iván.
La marcha recaló en la sede provincial del partido, donde intercambiaron gritos con los funcionarios, que los llamaron “vendidos” y “gusanos”. Mala idea. Luego las autoridades intentaron apagar el fuego con gasolina, mandando un camión militar e infiltrando, sin mucho éxito, a policías de civil en la marcha. Otra mala idea.
Iván se sentó delante del camión militar de antimotines y dijo que de ahí no había quien lo moviera. El camión amenazando con embestir, pero Iván no se movía. Los oficiales blandiendo sus tonfas, pero Iván no se movía. En el video del evento, los policías estaban cada vez más rodeados y más rodeados y la muchedumbre comenzó a gritar a coro “¡No tenemos miedo!”. Los agentes de civil se fueron uno a uno colgando del camión, que estaba como un trocito de carne en un hormiguero. Iván no se movió. El que se movió fue el camión, con los agentes, en huida plena.
Lo impensable.
“Las señoras nos tiraban pomos de agua, nos decían que no paráramos y nos aplaudían. Era bonito ver cómo el cubano abría la boca por primera vez”, recuerda.
Así que, tras la primera batalla ganada, la muchedumbre se fue a la sede local de la Policía Nacional y estuvieron como dos horas manifestándose. Una chica pintó con tiza en el asfalto “No más comunismo, váyanse de aquí”. Para entonces, la comunicación en la isla ya estaba cortada y no supieron que lo mismo estaba pasando por todas partes, que en realidad había prendido fuego ese cañal y que, si coordinaban las protestas, serían legión. Pero eso no fue lo que pasó.
Cuando llegaron los refuerzos oficiales, tras la “orden de combate” de Díaz Canel, con varios camiones de antimotines deseosos de usar sus garrotes, Iván se puso de rodillas y se llevó las manos a la nuca. Un oficial le pegó con la macana en la cabeza y perdió el conocimiento.
“Cuando volví a recuperar el conocimiento, ya estaba en los calabozos y vi cómo estaban entrando a muchachos jóvenes apaleados, con las cabezas partidas, cubiertos de sangre y sin dientes. Acabaron con todo el mundo a golpes”.
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Estuvo un tiempo detenido en calabozos policiales y luego conducido a un juicio sumarísimo, donde fue acusado de liderar las protestas –por el episodio del camión– y condenado a siete años de prisión por desórdenes públicos y desacato. Fue a dar con sus huesos a la prisión de máxima seguridad de Guanajay, donde fue torturado, humillado y sostenido en condiciones de permanente violencia. Le ofrecieron mejorar su situación si se convertía en chivato dentro de la prisión y los mandó al carajo. Junto con otros manifestantes hizo huelgas de hambre, que fueron rotas a punta de palo y amenazas contra la familia. Terminó en el “área incrementada”, una sección de máximo aislamiento, donde conoció al líder del Movimiento San Isidro, el artista plástico Luis Manuel Otero Alcántara, que fue detenido cuando intentaba unirse a las protestas del 11J. “En ese lugar tienen a los condenados a cadena perpetua. Ahí estaba también Luis Manuel sufriendo un régimen horrendo”, recuerda.
Cuatro años después, en abril de 2025, por mediación de El Vaticano, el régimen accedió a liberar a algunos presos políticos. Entre ellos a Iván, que para su enorme sorpresa fue notificado de su liberación tres años antes de cumplir su pena y puesto al día de las medidas restrictivas que debe acatar mientras esté bajo la supervisión del Estado: no puede salir de Artemisa, no puede circular después de las 8 de la noche ni participar en aglomeraciones de ningún tipo. Le ofrecieron reducir su pena si participaba en unas jornadas de chapeo, pintura y limpieza del mismo tribunal que lo había condenado. Les dijo que él prefería cumplir su pena íntegra.
“No me arrepiento de nada de lo que hice. Si el tiempo retrocediera, volvería a sentarme delante de ese puto camión militar y volvería a hacer la huelga de hambre. En Cuba la gente no tiene esperanza. El cubano vive al día, atrapado en la miseria. No podemos reunirnos, congregarnos ni formar un partido de oposición porque todo lo que huela a disidencia es cárcel sin juicio y sin explicaciones”.
Las autoridades cubanas nunca dieron una cifra exacta de detenidos por las protestas, pero admitieron haber procesado a 790 personas; Cubalex, una organización que nació como un centro de asesoría jurídica en Cuba –hasta que fue allanada y expulsada en 2016– documentó 1,484 detenidos. Y Prisoners Defenders, otra ONG fundada en Madrid, estimó entre 5,000 y 8,000 las personas capturadas durante y después de las protestas.
Al acabar la entrevista, salimos del cuarto de Iván y enseguida se dispuso a ser fotografiado. Su madre, en cambio, era un mar de lágrimas: “¡Por favor, por favor, si a mi hijo se lo vuelven a llevar yo me voy a morir”, y el otro insistiendo en que le tomáramos fotos: “No va a pasar nada, mamá, tranquila” y volvía a posar, porque Iván no tiene miedo, pero sí una rabia desbocada que la prisión y las torturas no consiguieron amansar.
Le prometí a su madre que no publicaría el nombre de su muchacho y que en las fotos no saldría su rostro. Me lo hizo prometer varias veces. “A veces creo que este país tiene lo que se merece. La gente es miserable, él estuvo preso por todos, pero nadie va a salir a dar la cara por él”.
* * *
Daimy y Carlos son padres de muchachos capturados a raíz del 11J, pero no tuvieron la suerte de Iván. Ambos fueron juzgados por el delito de sedición.
El hijo de Carlos fue condenado a 22 años de cárcel. El hijo de Daimy, a 23, que apeló y perdió, pero interpuso un recurso de casación y se consiguió un abogado kamikaze que alegó ante el juez que los chicos hicieron lo mismo que Fidel Castro en su momento: sedición. Supongo que por la originalidad le rebajaron la pena a 14 años y el abogado, junto con toda su familia, se tuvo que ir del país.
Como la dieta en la cárcel es de hambre, ambos señores tienen que hacer maroma y media para comprar alguna cosa extra a sus muchachos y llevarles mes a mes.
Carlos hace cuentas: “Hace cinco años para llevarme ida y vuelta a la prisión me cobraban 200 pesos. Hoy vale 10,000 pesos, porque no hay gasolina. Aquí los precios suben a diario. La libra de leche me costaba 700 pesos y, hoy, 2,500. La carne prohibida, que es como llamamos los cubanos a la carne de res, costaba 900 pesos la libra y, hoy, en 1,700 no la consigo. El azúcar valía 100 y, hoy, 500”. Y remata Daimy: “Yo le compraba una caja con 24 yogures a 1,000 pesos y hoy me cuesta 6,200. Es imposible”.
Daimy nunca ha ocultado que es disidente, que a ella el régimen comunista no le gusta, lo dice a quien se deje. En su casa estuvieron escondidas algunas de las Damas de Blanco, un grupo de mujeres que desde 2003 protesta –vestidas de blanco– por el encarcelamiento de sus hijos o de sus esposos, al que el gobierno cubano abomina y ha tachado, para variar, de “mercenarias pagadas por los Estados Unidos”. Luego de la captura de su hijo, ha perdido la cuenta de cuántas veces ha sido citada por la seguridad del estado para ser interrogada. Nos muestra con una gran sonrisa la cacerola con la que sale a protestar por los apagones diarios y se ríe al enseñarnos el cacharro deforme, apachurrado a punta de cucharazos.
Pero su idea del vecindario en Artemisa no es la misma que la que tiene la madre de Iván. Daimy vive en el barrio Acosta, en el centro del municipio 10 de Octubre, en La Habana y cuando los vecinos saben que le toca llevarle comida a Yoanqui, su hijo, hacen gestos que ella interpreta como agradecimiento por el sacrificio del muchacho: “Me dicen: ‘mira, un jabón pa que se lo lleves; toma un paquete de refresco, un paquete de galletas, mira que le voy a hacer un flan a Yoanqui, deja que le mando un paquete de cigarros’”. Me consta que, en la Cuba de estos días, desprenderse de esos tesoros es un abrazo invaluable.
Cuando se cumplió otro aniversario de las protestas masivas, el 11 de julio de 2026, Daimy colgó frente a su casa una bandera de Cuba, para homenajear el valor de su hijo, y los vecinos la acompañaron, desde el apagón nocturno, con música de cacerolas.
* * *
En 2016, en medio del ambiente de deshielo promovido por Obama, las autoridades cubanas permitieron, por primera vez, que se imprimiera en la isla la famosa novela de George Orwell “1984”. Fue el segundo título más vendido ese año, que no es poca cosa, considerando que el primer lugar lo ocupó una biografía de Raúl Castro titulada “Un hombre en revolución”, escrita por un exmilitar ruso.
La novela de Orwell, escrita en 1948, retrata un país distópico, con un claro tufillo a la Rusia estalinista, donde sólo hay un partido que controla hasta el más mínimo detalle de la vida de los ciudadanos y los somete a una observación constante, para aplastar cualquier paso dado fuera del pensamiento permitido. El protagonista de la novela reflexiona en su diario sobre el poder que tiene el aparato oficial incluso para moldear la realidad objetiva: “Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo…", y continúa: “La libertad consiste en la libertad para decir que dos más dos son cuatro. Si eso está garantizado, todo lo demás le sigue”.
Los medios oficiales cubanos presentaron la obra como una crítica descarnada al capitalismo y a los Estados Unidos. Granma, el órgano oficial de propaganda, escribió: “Nada se asemeja más a la sociedad descrita por George Orwell, en su célebre novela 1984, que la sociedad norteamericana actual, con sus intrincados sistemas de vigilancia, con una constante deconstrucción de la historia y de la realidad”.
En la actualidad, un artista cubano ha intervenido las calles de La Habana con un discreto grafiti que está por todos lados: paredes, puertas, cortinas metálicas de negocios, señales de tránsito… No es identificable al primer vistazo, pero al cabo de un tiempo es imposible no toparse con él. Es sencillo: “2+2=5” y al final de la ecuación el artista agrega, siempre, un signo de interrogación.
Orbe
En 2024, Orbe tenía 32 años, estudiaba en la Universidad de Cultura Física y trabajaba como instructor en un gimnasio cuando creyó que su isla no tenía más nada para él y, además, la forma brutal en la que fue aplastado el levantamiento de 2021 había sido muy elocuente sobre las posibilidades de cambio. Sobre él pesaba también un estigma heredado.
Mi papá luchó con El Hombre –En Cuba sólo hay un “El Hombre”, así que al hablar de Fidel Castro los cubanos no sienten la necesidad de mencionarlo–. Luchó por La Revolución, fue cercano con el mismo Ernesto, el Che. Formó parte del Movimiento 26 de Julio en Santiago y después se trasladó a La Habana. Él tuvo ciertas diferencias y tomaron represalia contra él. Estuvo preso dos años: del 79 al 81.
Afortunadamente, aquel registro no fue lo único que su padre le heredó: Orbe tenía un pisito en Vedado que vendió por enormes 15,000 dólares al enterarse de que su visa mexicana estaba aprobada. Tenía dinero y un plan: un amigo que vivía en Estados Unidos le había ofrecido empleo encerando y puliendo vehículos. Pero su verdadera meta era entrar a la Fuerza Aérea del ejército gringo, prestar algunos años de servicio, obtener así la nacionalidad y sanseacabó.
Había además contratado un coyote, recomendado por su amigo en EE.UU., que prometió dejarlo en la puerta de éste a cambio de 10,000 dólares que, según el trato, sólo se pagarían al concluir la vuelta.
Me llevaron a Mexicali y ahí me di cuenta de que me habían timado. Me recibió un rubiecito armado y me dijo: “te voy a poner las cartas sobre la mesa, no trates de escaparte que aquí no te vas a escapar. Lo que vas a hacer es que vas a pagar el dinero y después te voy a cruzar”.
Ahí se fueron los 10,000 dólares que, desde luego, no lo pusieron en la casa de su amigo. Los coyotes apenas le cruzaron el río y lo abandonaron. De inmediato se vio rodeado por agentes migratorios gringos.
Ahí viene la parte que a Estados Unios le gusta: esposarte. Los americanos tienen la singada costumbre de esposarte para donde quiera que tu vayas, y no es que te esposen las manos, no, es manos con cintura y pies con cintura. Nos montaron en una guagüita. Me fijé en las señales: el cartel decía Arizona. Al menos para atrás no íbamos. Estuvimos en un lugar que le llaman La Carpa. Tuve la mala suerte de que me enfermé. Al otro día fui al médico y me metieron en aislamiento, porque como estás enfermo puedes expandir la enfermedad. Casualmente ese día se llevaron a todos los cubanos y yo fui el único que me quedé. Se los llevaron para Washington a un centro de detención y todos fueron liberados. El único que se jodió fui yo.
Yo me quedé en Arizona y la única ventaja que tuve es que me iban a hacer entrevista de miedo creíble y si la aprobaba me iban a dar parole humanitario que es lo que quiere uno. Yo tenía un buen argumento por la historia de mi padre. Los muy cabrones saben interrogarte: te meten a un cuarto a pasar un frío del hijueputa y te ponen a esperar horas y horas y horas… cuando te llaman, la entrevista es delante de un teléfono y con una cámara mirándote. No hay un ser humano delante de uno. Hice mi historia y después ellos tienen una preguntica, al final, cuando sales de todo, que dice: “¿Ha usted recibido entrenamiento militar?” ¡Obviamente! Yo soy cubano y en Cuba el servicio militar es obligado.
A los tres días me viene a ver un agente bastante amigable. Me dijo: ‘Ahora vamos a hablar de lo que hacías en el servicio militar’. Le dije: yo transcribía documentos y ahí salía de todo, lo mismo te salía una persona que la iban a ascender de grado y lo tenían que verificar, que te podía salir una persona que no quería pasar servicio militar o una persona que era catalogado de contrarrevolucionario. Eso para los gringos es un problema porque eso te convierte en un colaborador del enemigo.
Me llamaron una noche y ahí fue donde mi historia se empezó a complicar: prisión federal de Arizona, ahí es donde vi la primera prisión de los Estados Unidos. ¿Viste las películas donde uno entra por el pasillo lleno de rejas y los demás presos empiezan a gritar y a tirar papel sanitario? Así entré yo, encadenado. Era una prisión de hijos de puta, ahí había de todo.
Después de tres meses me movieron para un centro en Texas, San Antonio. Eso era un campismo, asere: había gimnasio, césped sintético, cancha de fútbol. Conversando con la gente te das cuenta cuáles son los jueces buenos y los jueces malos. Había uno bueno, el juez Stuart Alcorn. Todos querían que les tocara. Ahí me llevaron a mi primera corte con Stuart. Le dice mi abogado: ‘él no tiene derecho a asilo, porque está marcado como colaborador del régimen’, y Stuart le dice: ‘negativo, él sí tiene derecho a asilo porque el servicio militar en Cuba es obligatorio’. Y yo, por dentro: ‘este abogado es un come mierda, se supone que tienes que defenderme tú, tú tienes que decirle eso al juez’.
Al final fui a mi última corte con el abogado. El fiscal me pintó como el demonio que perseguía a todos los disidentes en Cuba, yo era el agente 007. Hice mi juicio, lo respondí todo bien. El juez trató de cogerme en la mentira, pero yo tenía mi historia muy clara. Lo tenía todo escrito como un libro y todas las noches me lo leía, me aprendía las fechas. El juicio pasó y yo pensé: no cometí ningún error, el fiscal lo único que ha hecho es hablar mierda. Pensé: este juez me va a salvar, me va a tirar el cable.
Al final el juez me dijo: ‘lamento que hayas pasado lo que pasaste, lamentablemente temo decirte que voy a tener que deportarte. Tú no has sufrido torturas y al llegar a Cuba no vas a sufrir persecución. Voy a tener que deportarte, pero no te preocupes porque Cuba no tiene deportación’. Eso me dio una esperanza. Al tipo no le salió de los cojones darme asilo. Salí de ahí y le pregunté al abogado qué pasaría si apelo y me dijo que estaría preso seis meses más, hasta que llegara el resultado de la apelación.
En ese tiempo me puse a leer mucho. Ahí fue donde me di cuenta que era por gusto. Me leí casos de terror y conocí a un venezolano que venía con cicatrices porque lo ahorcaron con un alambre de púas. Le negaron el asilo. Llega un momento que uno decía que para darte el asilo tienes que llegar en un ataúd.
Pasaron los meses. Todo ese tiempo sin hablar con mi familia, ellos no sabían si yo estaba vivo o muerto. No quería hablar con mi mamá. Eso te rompe y te quiebra. Donde yo me abría era con la sicóloga, yo iba ahí a llorar y a practicar inglés. Le decía: ‘A mi me da lo mismo meterme aquí diez años, para Cuba yo no viro’.
Un día hablé con mi amigo y me dice: ‘¡ganaste la apelación!’. Y yo dije ¡ño! Esta gente me tiene que soltar. Llega el día de visita de los agentes de migración, voy a verlos y les dije: ‘gané la apelación, tienen que soltarme’. El tipo me dijo: ‘sí, la ganaste, pero Donald Trump mandó parar todos los casos de asilo, no puedo hacer nada por ti’.
Era un avión federal dedicado para eso. Todos los que iban ahí eran detenidos. De hecho había gente en ropa de calle, que venían de trabajar, con el pantalón lleno de pintura. Lo curioso es que te tienen encadenado y la aeromoza tiene que explicarte lo que tienes que hacer si se cae el avión. ‘¿Oye, para qué tú me explicas eso si yo voy encadenado? Cuando el avión se vaya a caer yo no voy a poder levantar las manos para coger la máscara ni doblarme para sacar el salvavidas’.
En 45 minutos estaba en Cuba. Los agentes de migración hablando con los militares cubanos como si fueran amigos de toda la vida. Eso de que Cuba y Estados Unidos son enemigos, eso es un cuento chino.
Aquí en Cuba hay gente que son millonarios ¿tú crees que a ellos les importa si hay libertad de expresión? ¿Para qué tú quieres libertad de expresión si hay comida y luz en tu casa? Aquí la gente se va por economía. Siempre hay un trasfondo político, pero la mayoría se va por economía. Es verdad que en Cuba no hay libertad de expresión, si yo digo que Díaz Canel es un singado me van a meter preso, pero yo lo que quiero es comer rico, yo quiero tener agua, yo quiero poder comprarme ropa, yo quiero vivir como una persona, no quiero vivir como un perro. Me da igual si hay libertad de expresión o no hay libertad de expresión, si el presidente que hay me resuelve mis problemas me da igual si puedo hablar o no contra él. Lo que le pasa a Cuba es que se está pareciendo demasiado a los Estados Unidos. Ya estamos en capitalismo y la gente no se ha dado cuenta.
Después de 2021, más de un millón de cubanos abandonaron la isla, cambiando la demografía cubana, hasta que, en 2025, Trump ordenó detener todos los casos de parole humanitario para cubanos.
Orbe salió de Cuba en enero de 2024 y fue deportado en marzo de 2025, sin jamás pisar en libertad el suelo de Estados Unidos. Sigue trabajando como instructor de gimnasio. Está contento porque México le ha vuelto a aprobar su visa.
El viceministro de cultura
Como fuimos durante varios días los únicos turistas hospedados en los alrededores de Plaza Vieja, era, literalmente, imposible poner un pie en la calle sin activar un mecanismo parecido al de una telaraña: en los primeros pasos nos interceptaba un anciano sonriente y sordomudo y luego niños, muchos niños –descalzos algunos– y el mesero del restaurante vacío que estaba abajo, y luego el mesero del otro restaurante, y un mago, y unos caricaturistas improvisados, que te dibujaban con o sin tu consentimiento, y una señora con su bebé en brazos, y un muchacho que te ofrecía tours, y los conductores de bici taxis, y el que te ofrece monedas con la cara del Che… todos intentando sobrevivir sacándonos algún billete.
Con el fotógrafo Pau habíamos desarrollado una técnica de escape que consistía en mirar al suelo de la plaza y caminar, caminar, caminar a paso marcial sin responder el saludo a nadie. Así que cuando aquel señor en guayabera blanca de mangas largas y maletín negro nos saludó con el acostumbrado “¿De dónde ustedes son?”, que precede siempre a la petición de dinero, apretamos el paso y seguimos de largo, hasta que el hombre nos regañó: “Tranquilos, yo no quiero pedirles nada. Yo soy el viceministro de cultura de Cuba”. Frenamos en seco y le respondimos su pregunta: “Mira qué casualidad, chico, estoy aquí con el embajador de España. Ven ¿Quieres conocerlo?”, nos dijo, apuntando hacia un edificio que está al lado de la fototeca de Cuba. Pero Pau no tenía ningún interés en conocer a su embajador, de quien no se siente representado porque él es catalán, así que el viceministro se puso a charlar pausado: “Cuba está atravesando una situación difícil, pero sostenemos nuestra dignidad, porque cuando un pueblo pierde su dignidad lo ha perdido todo. ¿A qué se dedican ustedes?”. Le contamos que éramos periodistas. “Deben ser de los buenos, porque están ustedes viendo de primera mano las condiciones por las que estamos pasando”, nos dijo. Nos explicó que nos había detenido en plena calle, precisamente porque le llamó la atención ver a dos extranjeros en medio de la calamidad.
Como cortesía, se metió al edificio donde estaba el embajador español y salió con dos libros y un CD, cuyos títulos he olvidado y nos los ponderó como piezas artísticas que retrataban el panorama cultural cubano actual… o algo así. “Estos son caros, pero es un regalo de mi parte, luego le dejan algo a la chica”, nos dijo, señalando a la recepcionista del edificio. Pau se sacó de la bolsa el equivalente a ocho dólares y el viceministro entró al edificio a dejárselos a la mujer.
Luego nos hizo una proposición imposible de rechazar: nos invitó, por la tarde, a un “acto oficial”, en el Gran Teatro de La Habana, donde Silvio Rodríguez daría un “pequeño concierto”. Desde luego que aceptamos gustosos, por lo que nos condujo a otro edificio y nos pidió esperar en la puerta. Regresó a los minutos: “Ya están sus nombres apuntados, ustedes van como invitados míos: tu asiento es el 221 y el tuyo el 222”. Nos hizo hincapié en que debíamos estar en la entrada del teatro entre 4:15 y 4:30, puntuales o quedaríamos fuera. Y, a Pau, que andaba con unos pantalones cortos, le hizo ver que tenía que cambiarse para ponerse a tono con la seriedad del evento. Guiñándonos un ojo nos dijo: “No vayan comidos, que después hay un coctelito”
Le pedí una foto y aceptó de buena gana. Pero antes de dejarse retratar, abrió su maletín y sacó una boina con una estrella roja en la frente, se la colocó de forma ceremonial, me pasó la mano por el hombro y posó sonriente.
* * *
La Cuba de la que Heidy y Orbe intentaron escapar no es la misma a la que fueron forzados a volver en 2025. No es que se fueran de Jauja para encontrarse con este panorama, es que en su ausencia la cosa no dejó de ir en caída libre: en 2016, el propio lío interno en Venezuela –principal proveedor de combustible para Cuba– redujo en un 40% sus envíos de crudo. En 2019, el mismo año en que Heidy inició “la travesía”, el gobierno de Estados Unidos activó una serie de sanciones contra barcos que transportaran petróleo a la isla. En 2024, el año en que Orbe voló a México, el precio de la gasolina se disparó en un 500%, ante la imposibilidad del régimen de mantener los subsidios. Cada hecho fue un peldaño más que se bajaba, hasta que llegó 2026 y la isla terminó de bajar rodando.
El 3 de enero, en un ataque relámpago, militares gringos secuestraron al dictador venezolano Nicolás Maduro e inició una especie muy sui generis de protectorado sobre Venezuela, cuya primera medida fue cortar de tajo cualquier envío de petróleo a Cuba. Pero la estocada final llegó el 26 de ese mismo mes, cuando Trump impuso aranceles brutales sobre cualquier nación o empresa que venda crudo a la isla. Apaga y cierra.
A partir de ahí, a Cuba no la calienta ni el sol: al mes siguiente se incendió la principal refinería, convirtiendo en humo gran parte de la reserva de combustibles. Luego tosió el vetusto sistema electroenergético, dejando a gran parte del país –La Habana incluida– a oscuras. En julio, los cubanos nos hicieron ver que más que apagones había alumbrones esporádicos. No hay transporte público, ni combustible para los camiones que recogen la basura, ni electricidad para encender los ventiladores de noche y la escasa comida se les pudre en los refrigeradores convertidos en sarcófagos inútiles.
Y de ahí, las imágenes que ustedes habrán visto: las calles en tinieblas, las terrazas de los edificios convertidos en dormitorios colectivos, para intentar escapar del calor, los promontorios de basura por todos lados, acumulados durante semanas en toda la ciudad: restos de fruta, carne podrida, huesos, papeles sanitarios… que puestos al sol furioso de la isla, atraen nubes de moscas y aromatizan de podredumbre el aire. Así andaba en julio de 2026 La Habana: maloliente y menesterosa.
Tres ancianos muy ancianos, pasan sus días frente a un enorme promontorio de basura en la Habana Vieja, espantando moscas y pepenando quién sabe qué. Cuadrillas de niños muy niños mendigan día y noche algún peso, algún bocado. No hay papel higiénico en los baños del exclusivo Hotel Nacional y los que estaban operados por empresas extranjeras están directamente cerrados; el Floridita, mítico bar donde Ernest Hemingway tomaba, al parecer, sus daiquirís, está cerrado a cal y canto; La Bodeguita del Medio, cuyas paredes están tapizadas de celebridades que alguna vez llegaron a probar sus legendarios mojitos, está desierta, y los meseros se detienen las quijadas en las mesas que antes no daban abasto. La Plaza de la Revolución, el monumento al Che y a Camilo pasan los días sin que nadie los venere. En los restaurantes se ríen cuando se pregunta por el hielo. Afuera de los bancos duermen ancianos, esperando ser los primeros en la cola al amanecer, para intentar el milagro de retirar el dinero de la pensión, pero cuando hay liquidez no hay luz y por lo tanto no hay sistema y es común que se vayan con las manos vacías. Hombres, mujeres, niños acarrean agua en cuanto recipiente consigan. Y todo mundo intenta sacarle algún dólar al incauto extranjero que se presente.
Una vieja flaca se nos acercó: “Hola, ¿quieren divertirse? Yo soy la que controla la plaza y tengo una jevita preciosa por si quieren divertirse”. Le dijimos que no, que estábamos trabajando. Pero ella siguió mascullando “una niña preciosa”, como si no hubiéramos entendido el ofrecimiento. Al verse ignorada se retiró, pero volvió a los minutos, efectivamente con una niña, por si no nos había quedado claro el asunto: una chiquilla en los huesos, que no habrá tenido los 16 años cumplidos, maquillada hasta las cejas para parecer mayor. Le dijimos que aquello era un delito y se fue mascullando “preciosa, es preciosa”.
Para colmo, la ruta nicaragüense, principal vía de escape para los cubanos, se cerró a principios de año, cuando Trump obligó a la dictadura de ese país a imponer visas para los viajeros cubanos. Una olla de presión sin válvula de escape.
* * *
“Mierda, Pau, no llegamos, no nos va a dar tiempo de cambiarnos”. El mototaxi que nos llevaba a nuestra cita al Gran Teatro de La Habana no podía ir más lento y yo tenía en la cabeza la sentencia del viceministro de cultura: si no llegábamos al menos a las 4:30 quedaríamos fuera y aquella era, sin duda, nuestra única oportunidad de socializar con el estamento oficial cubano, quizá de colar alguna pregunta. Pero si ese cacharro iba más lento iría para atrás. Seguramente llegaríamos antes corriendo, pero no era la ocasión para llegar escurridos en sudor a conocer a quién sabe qué comandante.
Nos bajamos unas cuadras antes y avanzamos presurosos hasta la entrada del teatro, donde un grupo de empleados estaba desparramados sobre las gradas.
—Venimos al evento de hoy.
—Perdón, ¿a cuál evento es que vienen?
—Al concierto de Silvio Rodríguez.
—Ya. Los invitó el viceministro de cultura de Cuba ¿verdad?
—Sí, sí, lo conocimos hoy en la mañana.
—¿Y de casualidad el viceministro de cultura no es un señor negro?
Entonces comenzamos a caer en cuenta de lo que había pasado. “El teatro está cerrado desde hace días, está en reparaciones, aquí no hay ningún evento”. Nos contaron que es mucha la gente que llega invitada al concierto por un embaucador que se hace pasar por el viceministro de Cultura, que en realidad es un señor muy blanco. “¿Cuánto les sacó?”, preguntó un hombre y nosotros nos acordamos de aquellos ocho dólares que le dimos “para la chica”. Nos reímos de nosotros mismos todo el camino hasta el hotel, celebrando el elaboradísimo timo en el que habíamos caído. Chapó. A decir verdad, me quedé con las ganas de encontrarlo para darle más dinero. Quizá, pensé, después de todo, algo sí se está moviendo en la isla, si un señor negro considera que vale la pena hacerse pasar por un poderoso funcionario blanco, para meterse unos pesos en la bolsa.
