¿Trump va a contagiar su impopularidad a sus MAGA acólitos latinamericanos?

<p>Aún falta mucho tiempo para noviembre, pero un terremoto en el Congreso podría desencadenar un efecto dominó en la derechas MAGA en Latinoamérica.</p>

Ricardo Valencia

Vivir en Estados Unidos es existir, quizás, en el sistema mediático más complejo, vertiginoso y confuso del mundo. Un mes es una eternidad, más aún en un país que se prepara para las elecciones de medio término en noviembre. Los resultados de los comicios al Congreso podrían desencadenar un efecto dominó dentro de las derechas regionales —e incluso a nivel global—, reconfigurando alianzas y poniendo a prueba a los líderes que han construido su marca política en torno a su cercanía con el presidente Donald Trump.

En marzo pasado, doce presidentes y líderes de derechas de América Latina celebraban el Escudo de las Américas, la iniciativa de seguridad y antinarcóticos impulsada por Trump. Todos exhiben un entusiasmo palpable por incorporarse a una internacional que traería beneficios económicos, sobre todo, empleos. El evento reunió desde el ideólogo Javier Milei, de Argentina, y el conservador José Antonio Kast, de Chile —admirador de Pinochet—, hasta figuras tradicionales como Ansy Asfura y el ahora cripto-autoritario Nayib Bukele, con un pasado en la izquierda. Esta efervescencia evidencia la subida meteórica de la narrativa MAGA y cómo muchos se sienten herederos de la victoria de Trump entre las derechas latinoamericanas.Dos meses después de que Trump encabezará esa fiesta conservadora, el presidente estadounidense parece más débil que nunca. Su popularidad es tan baja que se acerca a la de George W. Bush, quien llevó al país a la guerra en Iraq y a una recesión económica, y a la de Richard Nixon, quien renunció a la presidencia justo antes de ser enjuiciado por el Congreso. El 70% de los estadounidenses cree que la economía ha empeorado. La aprobación de Trump en la economía es la peor de sus dos mandatos y, por primera vez desde 2010, los demócratas superan a los republicanos en la percepción de quién puede manejar mejor la economía, según encuestas. A esto se suman la antipatía hacia la guerra contra Irán y las redadas migratorias.

Estudios aseguran que uno de cada cinco votantes de Trump en 2024 pide un juicio político contra el presidente. Esto sin contar los estragos económicos que pueden causar los altos precios de los combustibles y el cierre del Estrecho de Ormuz en Latinoamérica.Esto pone al Partido Republicano en una situación incómoda contra una oposición que contra ataca ferozmente.

Los demócratas han arrebatado alcaldías y escaños en congresos estatales, y han intentado contrarrestar la política de Trump de presionar a estados republicanos para redibujar los mapas electorales y así reducir las posibilidades de los demócratas para obtener la mayoría en la Cámara de Representantes. Como respuesta, los demócratas han ganado referendos para modificar los mapas en estados que gobiernan como California y Virginia.Si meses atrás se esperaba que el partido de Trump perdiera la Cámara baja, la creciente antipatía hacia él —especialmente entre demócratas e independientes— también podría poner en juego el control del Senado, la cámara alta de 100 miembros.

Aún falta mucho tiempo para noviembre, pero un terremoto en el Congreso podría desencadenar un efecto dominó en la derechas MAGA en Latinoamérica.

¿Qué se puede esperar si los demócratas ganan al menos una de las cámaras? Lo primero es lo más obvio: las presidencias de las comisiones pasarían a manos demócratas, lo que implicaría que la política internacional sería reinterpretada desde la perspectiva de corregir lo que, para ellos, ha sido una agenda fallida de Trump.

Esto abriría espacio para que críticos de la política exterior de Trump y del secretario de Estado Marco Rubio ganen mayor protagonismo. Un eventual liderazgo demócrata podría volver a colocar los derechos humanos en el centro de la agenda y reforzar la supervisión de los acuerdos de la administración con líderes como Milei y Bukele.

Temas que han permanecido fuera del foco público, como el apoyo económico de Trump a Milei, el perdón al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, los acuerdos entre Estados Unidos y Bukele para la deportación de venezolanos, o la cooperación en materia de seguridad entre Estados Unidos y Ecuador contra el narcotráfico, podrían emerger en audiencias abiertas del Congreso. También podrían intensificarse las visitas de delegaciones bipartidistas al hemisferio. Así, aunque la administración Trump mantendría el control formal de la política exterior, ese poder estaría cada vez más contradicho por un Congreso más activo y confrontativoFiguras demócratas como los senadores Tim Kaine y Chris Van Hollen podrían adquirir un rol más influyente en la orientación del debate.

Ambos han encabezado esfuerzos de fiscalización sobre las deportaciones de venezolanos a cárceles en El Salvador y han criticado la escalada de tensiones con Irán.En la Cámara de Representantes, el representante Joaquín Castro también podría desempeñar un papel más relevante, especialmente en comisiones como Relaciones Exteriores e Inteligencia. Castro se ha mostrado como un crítico acérrimo de la política migratoria de Trump, a la que ha vinculado directamente con su enfoque en materia de derechos humanos.Estos cambios convertirían al Congreso en una potencial fuente de información sobre las relaciones de Washington con las derechas regionales.

La participación de funcionarios electos del Partido Demócrata -como el gobernador de Minnesota y ex candidato a la vicepresidencia, Tim Waltz- en la cumbre de la Movilización Global Progresista confirma que la oposición a Trump desde el Congreso no sería solo local, sino también global. La derrota del presidente de Hungría y referente de la extrema derecha, Viktor Orbán, ha revitalizado a los demócratas, quienes consideran que una vuelta de tuerca está cerca.

El impacto de una victoria demócrata sería desigual. Países como Argentina, Chile y Honduras, con cancillerías más pragmáticas y relaciones bipartidistas, podrían amortiguar en cierta medida un cambio de rumbo en el Congreso.

Sin embargo, la viabilidad de Bukele como ícono regional enfrentaría serios problemas. El gobierno salvadoreño no solo se ha alineado con Trump —con beneficios limitados—, sino que también ha convertido su desdén por los demócratas en una postura política constante.

En su caso, podrían iniciarse audiencias e investigaciones, y la bancada liberal podría utilizar su figura como ejemplo de las críticas a la política de Trump en materia de corrupción, derechos humanos y gobernanza.

Así como congresistas republicanos, líderes de la derechas europea e influencers MAGA se alejan de Trump al percibir señales de debilitamiento político, los líderes conservadores de la región harían bien en tomar una sana distancia. Las derechas latinoamericanas tienen derecho a amar a Trump, pero deben tener cuidado de tomar el riesgo de pensar que ese amor los hace exclusivos del Partido Republicano. Miren cómo el gobierno de Bukele se descompuso después de una audiencia de derechos humanos en el Congreso donde se revelaron abusos de derechos humanos y supuestos crímenes de lesa humanidad en sus cárceles. Lo más indicado es el pragmatismo, aunque deje muchos corazones rotos.