Periodismo como un acto de resistencia
<p>Este discurso fue pronunciado por Carlos Dada el 9 de marzo de 2026 en la Reuters Memorial Lecture, en Oxford.</p>
Carlos Dada
En una serie de entrevistas con medios españoles, el vicepresidente salvadoreño Félix Ulloa dijo que su Gobierno nunca ha negociado ni pactado con organizaciones criminales. Al decir eso, estaba mintiendo.
Dijo que el decreto que declaró el estado de emergencia, llamado régimen de excepción, sólo afectaba a los miembros de las pandillas y que no se violan los derechos humanos en las cárceles de El Salvador. Nadie, aseguró, ha sido torturado ni ha muerto por falta de atención médica. Al decir eso, estaba mintiendo.
Dijo también que El Salvador es un modelo perfecto de democracia. Al decir eso, estaba mintiendo.
Pero las mentiras son muy poderosas.
Hoy es 9 de marzo de 2026. Estos son algunos de los titulares de hoy alrededor del mundo:
Mokhtaba Jamenei, elegido como nuevo líder de Irán.
La ofensiva israelí sume al Líbano en una crisis humanitaria con medio millón de desplazados.
Cuba es el próximo objetivo de Trump.
China reanuda los vuelos militares cerca de Taiwán.
El mundo está sumido en el caos. Asistimos al fin de una era, y la humanidad retrocede poco a poco a los tiempos en que el poder económico y militar determinaban el destino de la humanidad.
Hay tanto en juego, y sin embargo aquí estoy, hablando de lo que dijo el vicepresidente de El Salvador, como si tuviera alguna importancia entre estos grandes acontecimientos que sacuden al mundo.
Me siento muy honrado de estar aquí. Agradezco la invitación al Instituto Reuters, a Mitali Mukherjee, a Eduardo Suárez, a Cheris Leung y al Consejo Asesor del Instituto.
He estado pensando por qué me invitaron a dar esta conferencia, y mi conversación con Eduardo me dio algunas pistas. Si bien les corresponde a ustedes responder a esa pregunta, imagino que me invitaron por las condiciones en las que operan los periodistas salvadoreños hoy, en el inicio de una dictadura cuya construcción comenzó en 2019 con el triunfo electoral democrático de un joven político llamado Nayib Bukele.
Y quizá ustedes también piensen que la experiencia de El Faro puede ser útil precisamente ahora, cuando todos estamos en esta nueva encrucijada de la historia y sentimos que el viento vuelve a soplar en contra.
Una ola poderosa
Una ola de extrema derecha, populista y autocrática está arrasando en el mundo, rompiendo todas las reglas. Y como ocurre en todo régimen autoritario, sin importar sus fundamentos ideológicos, los periodistas son etiquetados como enemigos.
El periodismo está siendo criminalizado, y nuestros colegas están siendo encarcelados o asesinados. Según el Comité para la Protección de los Periodistas, el año 2025 batió el récord con 129 periodistas y miembros de la prensa asesinados. Israel es responsable de dos tercios de esas muertes.
Discursos que permanecieron ocultos o en ámbitos marginales durante décadas ahora se han generalizado, alentados y adoptados por líderes políticos. El lenguaje resulta familiar. El discurso de odio, las llamadas al nacionalismo, la deshumanización del otro, el lenguaje racista, el lenguaje tribal y populista. Todo empieza siempre con el lenguaje. Todo esto ha intoxicado el discurso público.
Algunas respuestas también suenan familiares. El mes pasado, un juez federal de Estados Unidos citó al George Orwell de 1984 para explicar su decisión de ordenar al Gobierno de Donald Trump que restaure la explicación de la esclavitud en un monumento histórico.
En enero, durante el Foro Económico Mundial de Davos, el primer ministro canadiense, Mark Carney, utilizó El poder de los sin poder, el famoso ensayo antitotalitario de Václav Havel, como eje central de su discurso. Esto fue algo muy revelador para mí, pues estaba releyendo a Havel mientras reflexionaba sobre la verdad y la mentira.
Si lo pensamos, es un signo de los tiempos que personas tan diferentes como el primer ministro de Canadá y un periodista de El Salvador pensaran que un libro escrito hace medio siglo tiene algo que decir sobre los días en que vivimos. Sobre todo porque Havel advierte que su ensayo y por lo tanto cualquier lección derivada de él sólo son pertinentes a lo que él llama un estado post-totalitario, es decir, la Unión Soviética y los países dentro de su esfera, entre ellos su propia Checoslovaquia.
Aún no hemos llegado a ese punto, por supuesto. Pero este cambio de paradigmas apenas acaba de comenzar y no sabemos hacia dónde se dirige.
En 1990, unos meses después de la caída del Muro de Berlín, el poeta mexicano Octavio Paz escribió: “Los cambios que nos asombran son parte de un proceso que comenzó hace mucho y que no sabemos cuándo ni cómo terminará”.
Ese proceso no creo que termine nunca. El movimiento es constante en nuestro universo. Pero lo que vemos ahora es el resultado de fuerzas subterráneas que nos resistíamos a ver, cansados de la corrupción y de la ineficiencia de quienes prometían que la democracia era la solución pero rara vez la cumplían, y de la enorme e insoportable distancia entre los representantes y sus representados.
En demasiados lugares, incluido mi país, el objetivo principal de los políticos no ha sido con frecuencia resolver los problemas más urgentes de la gente sino ganar batallas contra sus oponentes políticos, y aquí están las consecuencias: populismo, concentración de poder, erosión de la democracia.
Nuestro papel como periodistas
Entonces, ¿dónde nos encontramos como periodistas? Lo escucho a diario: hemos perdido credibilidad y público.
La mayoría de la gente prefiere que se refuercen sus prejuicios a que se le cuestionen, por lo que el algoritmo no coloca nuestras historias en sus teléfonos. Todo eso es cierto. Pero también existe un conflicto cada vez más presente en más partes del mundo entre los medios y el periodismo, entre el negocio y el oficio. La experiencia demuestra que bajo regímenes autocráticos y dictaduras, el negocio y el oficio son cada vez más incompatibles.
La mayoría de estos regímenes están construidos sobre medias verdades o mentiras, por lo que cualquier disciplina o institución dedicada a la búsqueda de la verdad —la academia, el periodismo, la ciencia, las humanidades— es un obstáculo que hay que superar y silenciar.
Tarde o temprano, los gestores de medios y los periodistas se enfrentarán a una disyuntiva: sacrificar el negocio o sacrificar el periodismo. En otras palabras: sacrificar los intereses privados o sacrificar el interés público. Ceder o pagar un precio existencial.
Así que deberíamos hablar de verdad y mentiras.
La verdad entendida no como esa gran palabra que habita en el mundo platónico de las ideas y que ha obsesionado a los filósofos desde siempre, sino como algo mucho más simple: la verdad como lo opuesto a la mentira.
En periodismo, la verdad se entiende como el resultado de la información verificada mediante un proceso editorial, afirmando así hechos. La verdad, entonces, se entiende como la demostración de un hecho. La mentira, por otro lado, se entiende como un acto deliberado de engaño.
Ya que estamos en Oxford, déjenme usar la definición de mentira del Diccionario de Inglés de Oxford: «Hacer una declaración falsa con la intención de engañar». Es decir, uno puede decir falsedades y, sin embargo, no mentir. Mentir requiere la intención de engañar.
Por eso hablaba del vicepresidente de El Salvador. Volvamos a sus recientes declaraciones:
1. “El gobierno de Bukele nunca ha negociado con las pandillas”.
Aquí está la verdad:
Durante los últimos seis años, en El Faro hemos estado documentando y publicando los acuerdos de Bukele con las pandillas. Hemos publicado registros oficiales de la prisión e imágenes de cámaras de seguridad; testimonios de miembros de las pandillas; grabaciones de llamadas telefónicas entre funcionarios del Gobierno y jefes de pandillas.
Hemos publicado fotografías, declaraciones de testigos e información de inteligencia policial; hemos confirmado toda la información sobre estas conversaciones con funcionarios del Gobierno, con miembros de la fuerza especial estadounidense que persiguen a jefes de pandillas liberados ilegal y secretamente por Bukele. Hemos entrevistado en cámara a jefes de pandillas que supuestamente estaban en prisión y que estaban libres y viviendo en el extranjero.
Cuando el vicepresidente dice que nunca ha habido un pacto con las pandillas, miente. Porque conoce bien las pruebas.
2. “Nadie ha sido torturado en las cárceles de El Salvador ni ha muerto a consecuencia de ello o por falta de atención médica”.
Nosotros, así como otros medios y organizaciones de derechos humanos, hemos reunido evidencias de torturas sistemáticas dentro de las cárceles de El Salvador. Estamos entrando en nuestro quinto año viviendo bajo un estado de excepción, lo que significa que la policía puede arrestar a cualquier persona por la mera sospecha de colaborar con las pandillas.
Desde el inicio del estado de excepción, alrededor de 100.000 salvadoreños han sido encarcelados sin acusación alguna y, con suerte, sometidos a juicios secretos y masivos. Hoy El Salvador ostenta la dudosa distinción de tener la tasa de encarcelamiento más alta del mundo. Alrededor del 2% de la población se encuentra actualmente en prisión. Entre quienes están en prisión hay menores, defensores de derechos humanos o del medio ambiente, opositores políticos, víctimas de falsas acusaciones de sus vecinos o simplemente personas que se cruzaron con un policía que tuvo un mal día o que aún no ha alcanzado la cuota de arrestos exigida por sus superiores.
Según informes de Amnistía Internacional, Human Rights Watch y defensores de derechos humanos en El Salvador, la mayoría de las personas detenidas no tienen ninguna relación con las pandillas. Más de un centenar de ellos son presos políticos.
Los juicios los presiden jueces anónimos que en ocasiones deciden la culpabilidad o inocencia de 900 individuos en una sola audiencia.
En torno a 10.000 de los detenidos bajo el estado de excepción han sido liberados. Hablamos con docenas de ellos y todos cuentan las mismas historias de tortura. Algunos nos han mostrado sus cicatrices.
Hemos identificado a los guardias penitenciarios responsables de esas torturas en algunas de las 22 cárceles del país. Hemos hablado con madres que han recuperado los cuerpos de sus hijos, delgados hasta los huesos, con hematomas o daños cerebrales. La oficina forense ha concluido en todos los casos que la víctima murió de un edema pulmonar, lo que equivale a decir que una persona murió porque dejó de respirar.
Una vez más, el vicepresidente miente.
3. “El Salvador es un modelo de democracia.”
Hace casi una década, Nayib Bukele, entonces alcalde de San Salvador, rompió con su partido, el izquierdista FMLN, y lanzó su candidatura a la presidencia como independiente.
Joven e inexperto, muy pocos creían que tuviera alguna posibilidad. El panorama político estaba absolutamente controlado por dos partidos: el FMLN, que absorbía todo el oxígeno para los proyectos políticos desde el centro hasta la extrema izquierda, y la Alianza Republicana Nacional (ARENA), que hacía lo mismo del centro a la extrema derecha. Sin su imagen y su organización, los objetivos de Bukele parecían imposibles.
Pero él y su equipo habían pasado años comprendiendo las redes sociales y construyendo lo que hoy llamamos granjas de trolls; tenían una comunicación orgánica con nuevas generaciones de votantes a quienes no les importaban lo más mínimo las obsoletas batallas ideológicas de los principales partidos.
Los propagandistas de Bukele supieron usar la tecnología a su favor y transmitir su mensaje directamente a esos nuevos votantes. Esa fue su ventaja.
Bukele hizo su campaña sobre todo en Twitter, Facebook y TikTok, prometiendo acabar con una clase política corrupta. En un país pobre, los políticos hacen campaña en mercados y plazas públicas. Bukele no lo hizo.
Una campaña presidencial realizada completamente en internet sonaba absurda, salvo por un hecho peculiar que los políticos tradicionales pasaron por alto: en un país pobre como el mío, los smartphones superaban en número a la gente y sus dueños ansiaban un cambio. Cuanto más grande, mejor.
Bukele ganó por goleada y ése fue el fin del sistema bipartidista que dominó nuestro sistema político durante un cuarto de siglo.
Tan pronto como asumió el cargo, comenzó a erosionar las instituciones que sostenían nuestra democracia. Organizó un golpe de Estado contra el Tribunal Supremo, convirtió al ejército y a la policía en sus instrumentos, tomó el control de la fiscalía general y restringió el acceso a la información pública. Lanzó una caza de brujas contra la oposición que fue recibida con vítores por la mayoría de la población.
Bukele participó en lo que los académicos llaman“sabotaje a la rendición de cuentas,” lo que significa el cierre del acceso a la información pública, la supresión de la oposición política y de las voces críticas y el debilitamiento de las instituciones democráticas.
Ustedes han escuchado esta historia sobre muchos otros países una y otra vez: líderes antidemocráticos elegidos democráticamente.
En su primera visita a la Asamblea General de las Naciones Unidas, Bukele subió al escenario y se hizo una selfie. Luego dijo desde el podio que su selfie se vería muchas más veces que cualquier discurso de los otros líderes mundiales. Puede que fuera un discurso trivial pero tenía razón. Su selfie y su mensaje se hicieron virales.
“¡Oh, qué mundo maravilloso, que tiene tales gentes en él!”
La propia Corte Suprema aprobó la reelección de Bukele en contra de media docena de artículos de nuestra Constitución, y hoy está ya en su segundo mandato y posiblemente con la tasa más alta de apoyo popular entre todos los líderes occidentales.
¿Y nosotros? Como la mayoría de los medios independientes y organizaciones de derechos humanos, estamos en el exilio. No solo la redacción de El Faro sino también su parte administrativa.
Un nuevo periodismo para un nuevo país
Pero déjenme contarles un poco sobre nosotros.
El Salvador inició su vida democrática en 1992, cuando la guerrilla revolucionaria, el FMLN, firmó un acuerdo de paz con el Gobierno del país para poner fin a nuestra larga guerra civil.
No es casualidad que nuestra guerra, posiblemente el último frente de batalla de la Guerra Fría, terminara justo después de la caída del Muro de Berlín. Después de más de seis décadas de regímenes militares, al fin comenzamos a vivir en un país democrático. Las fuerzas de seguridad represivas se disolvieron y los oficiales del Ejército abandonaron los edificios gubernamentales y regresaron a sus cuarteles. Hubo algo aún más impactante: los derechos humanos, dos palabras completamente ausentes de nuestra vida pública, se colocaron en el centro de todas las políticas y del discurso político.
En ese momento apareció El Faro.
Cuando se firmaron los acuerdos de paz, mis padres decidieron que era hora de regresar a El Salvador. Habíamos vivido en el exilio durante la mayor parte de la guerra.
Salí de El Salvador de niño y regresé de adulto a un lugar completamente diferente. Junto con Jorge Simán, otro exiliado retornado, fundé El Faro en 1998. Ambos estábamos convencidos de que un nuevo país necesitaba un nuevo periodismo. Estábamos decididos a contribuir a ese nuevo tiempo.
El Faro sólo podría haber existido en un entorno democrático. Así crecimos y encontramos nuestra propia voz durante un cuarto de siglo. La libertad de expresión y la libertad de prensa eran música para nuestros oídos. Y a su son bailamos todo lo que pudimos.
El periodismo prometía satisfacer nuestra curiosidad y, como dijo Alma Guillermoprieto, nos permitió presenciar la experiencia humana desde primera fila. La democracia nos permitió ser independientes, y la independencia nos permitió buscar expandir nuestras fronteras periodísticas una y otra vez.
Un nuevo tipo de líder
Ese interregno democrático terminó con la llegada de Nayib Bukele.
Apenas nueve meses después de asumir el cargo, entró en el Congreso y amenazó con disolverlo rodeado de soldados en uniformes de combate. Nuestro editorial lo llamó entonces dictador en ciernes y él nos declaró enemigos del pueblo. Lanzó una campaña de desprestigio contra nosotros. Sus trolls nos llamaron de todo: drogadictos, pandilleros, agresores sexuales, agentes a sueldo al servicio del viejo sistema.
El presidente tuiteó contra uno de nuestros anunciantes o, para ser exacto, contra uno de los anuncios de nuestro sitio web. En cuestión de horas, la mayoría de nuestros anunciantes retiraron su publicidad.
Durante la emergencia del COVID-19, Bukele impuso duras medidas a la población y declaró el estado de emergencia, lo que permitió a su Gobierno evadir las leyes de contratación y cortó el acceso a la información pública.
Expusimos graves casos de corrupción y revelamos que los acuerdos del Gobierno con pandillas eran la verdadera causa del drástico descenso en las tasas de homicidios. El Gobierno nos acusó de inventarlo todo y de colaborar con organizaciones terroristas.
En un discurso televisado a la nación, el presidente mostró mi foto y me acusó de lavado de dinero. Entonces fue cuando llegaron las auditorías fiscales. Nos acusaron de evasión de impuestos. Trasladamos la residencia legal de El Faro a Costa Rica para que Bukele no pudiera confiscar la empresa y usar El Faro para difundir propaganda.
Mientras tanto, vimos gente extraña fuera de nuestras casas y siguiéndonos por las calles. Llegaron drones a nuestras casas. Llegaron amenazas por docenas.
A finales de 2021, nos dimos cuenta de que nuestros teléfonos habían sido hackeados con el programa espía israelí Pegasus. Nosotros, como colectivo. Veintidós de los más de 30 empleados de El Faro fuimos hackeados durante un año y medio. Otros periodistas también sufrieron un ataque similar.
Cuando lo hicimos público, perdimos la mayoría de nuestras fuentes, esenciales para ejercer el periodismo, sobre todo bajo regímenes opacos y autocráticos. Aquello obró un cambio enorme en nuestra redacción y fue la prueba definitiva de que el precio de hacer periodismo había subido significativamente.
Como concluye una investigación reciente de la Universidad Autónoma de Barcelona: “El Salvador representa uno de los entornos más restrictivos para la libertad de prensa en América Latina, donde la concentración del poder político y la convergencia entre tecnología y propaganda configuran un modelo de autoritarismo tecno-populista”.
El Citizen Lab de la Universidad de Toronto nos proporcionó registros de los días y las horas de cada actividad de Pegasus en cada uno de nuestros teléfonos. Comparamos la cronología con nuestras publicaciones: la mayor parte del hackeo a la mayoría de las personas ocurrió justo antes, durante y después de la publicación de nuestras historias sobre la corrupción y los acuerdos de Bukele con las pandillas. Además, coincidía sorprendentemente con los ataques del Gobierno contra la redacción.
Los regímenes autocráticos y las dictaduras necesitan imponer un monólogo, controlar la narrativa.
Vivir bajo el dictador más ‘cool’
Probablemente ustedes han visto algunos de los tuits o los videos virales de Bukele. Las tomas cinematográficas de pandilleros con la cabeza rapada, sus torsos desnudos, llenos de tatuajes, sentados en el suelo de un enorme patio carcelario, cada uno con su cabeza en la espalda del pandillero de delante, cuya cabeza está a su vez en la espalda de otro pandillero, rodeados de imponentes policías de negro, en un control absoluto de esos criminales, dentro una de las prisiones más notorias del mundo.
Probablemente hayan visto o escuchado sobre la cuenta de X de Bukele, donde se denomina a sí mismo el dictador más cool del mundo, el dictador de El Salvador o el rey filósofo. Provocador hasta el extremo, sus tuits amenazan a sus oponentes, dan órdenes a gritos a su gabinete e insultan a la prensa, a otros presidentes y a cualquiera que no pertenezca a este nuevo club de populistas y autócratas de extrema derecha.
Bukele es un maestro de la distracción y capta la atención de todos, ya sean personas enfurecidas o envalentonadas por sus provocaciones. Es visceral y viral.
Mientras Bukele acaparaba la atención de todos, su régimen avanzaba con paso firme. Un estudio reciente de la Universidad Centroamericana, propiedad de los jesuitas, reveló que entre 2019 y 2024 el régimen de Bukele promulgó al menos 335 decretos ejecutivos o legislativos que aumentaron su concentración de poder.
Mientras tanto, estábamos hablando de sus tuits.
Ahora bien, es importante reconocer que existen algunas medias verdades que mantienen alta la popularidad de Bukele. En marzo de 2022, por razones que aún intentamos comprender, se rompió el acuerdo con las pandillas. En un fin de semana sangriento, la pandilla MS-13 asesinó a 87 personas y esparció sus cuerpos por todo el país. Se declaró el estado de excepción, y la policía y el ejército iniciaron una campaña de encarcelamiento masivo.
Hubo escasa resistencia por parte de las pandillas que habían controlado muchas zonas del país durante un par de décadas. Por primera vez en una generación, muchas de estas comunidades vivían libres del dominio de las pandillas. Fue quizás el cambio más importante en sus vidas. Sin embargo, pagamos un precio a largo plazo: la pérdida de nuestros derechos, la consolidación de una dictadura, el ejercicio del poder sin contrapesos. Nuestro destino está en manos de una persona o de un pequeño grupo de personas.
Pero eso es más fácil de decir, o de ver, para alguien que no ha vivido en una de esas comunidades ni ha sido rehén a punta de pistola de esas pandillas. No les corresponde a ellos salir a defender la democracia ni los derechos humanos. Nos corresponde a nosotros.
Un medio amenazado
La represión contra las voces críticas se intensificó en mayo del año pasado. Se aprobó la Ley de Agentes Extranjeros, que prácticamente imposibilita recibir financiación del extranjero sin la autorización del régimen. Las universidades, las ONG y los medios independientes fueron los más afectados. La policía visitó a periodistas y defensores de derechos humanos. Varios ambientalistas y dos destacados abogados fueron arrestados. Desde entonces, al menos 53 periodistas independientes y decenas de defensores de derechos humanos han abandonado el país para evitar el encarcelamiento.
Una encuesta reciente mostró que la mitad de la población tiene miedo de expresar públicamente su opinión o de criticar al gobierno.
Al igual que otros medios independientes, ahora somos una redacción en el exilio y nos enfrentamos al mayor reto de El Faro: cómo informar sobre un país donde ya no podemos vivir. En otras palabras, cómo evitar convertirnos en un medio de exiliados para exiliados, un sitio de noticias que habla de un país que ya no existe.
Sabemos que hay una manera fácil de detener el acoso, las amenazas, los drones, el hackeo e incluso el exilio: sólo tenemos que renunciar.
No creo que nadie pudiera culparnos si lo hiciéramos. Algunos de nuestros reporteros ya lo han hecho. Pero también sabemos algo más: si decidimos quedarnos, debemos hacer nuestro trabajo. Mientras podamos, seguiremos buscando la verdad periodística. No seremos una caja de resonancia para una dictadura. No cederemos ni nos quedaremos paralizados.
Con el apoyo del Instituto Knight de la Primera Enmienda de la Universidad de Columbia, hemos demandado a NSO Group, la empresa israelí que fabrica y vende Pegasus, ante un tribunal federal de EEUU. El caso sigue por ahora en los tribunales.
En noviembre de 2023, hace casi tres años, en El Faro nos declaramos un periódico en resistencia. Dijimos:
“Estamos llamados a ser un obstáculo para quienes pretenden perpetuarse en el poder mediante proyectos absolutistas, que pasan necesariamente por cancelar los derechos ciudadanos y las libertades fundamentales. Estamos llamados a resistir a la supresión de la pluralidad de voces necesaria en sociedades sanas. A resistir a los embates de quienes no toleran otra narrativa que no sea la oficial. Somos periodistas en resistencia.
Resistencia al atropello de nuestros derechos, a la reserva de información pública, resistencia al ejercicio del poder sin límites. Hicimos periodismo en democracia durante un cuarto de siglo. Esa etapa terminó. Hoy somos un periódico en resistencia.”
Sólo así podemos concebir nuestro trabajo hoy.
Popular en casa (y en el extranjero)
Los dictadores como Bukele necesitan mentiras para sobrevivir. Todos conocemos el manual. Lo que distingue a Bukele es su capacidad para convertir esas mentiras en una narrativa exitosa que se viraliza instantáneamente en redes sociales.
En una encuesta reciente en Chile, se pidió a la gente que mencionara a un político que admiraran. La mitad respondió Nayib Bukele. Más de 5.500 kilómetros separan San Salvador de Santiago de Chile y lo que sucede en El Salvador tiene muy poca importancia en la vida de los chilenos. Entonces, ¿cómo se explica que un obrero de la construcción en las afueras de Santiago tenga en mente a Bukele?
Porque la propaganda de Bukele aparece a diario en su teléfono. Los videos cuidadosamente producidos del presidente dando sermones a soldados y policías están perfectamente retratados con iluminación de estudio y exportan la idea de un líder eficiente dispuesto a romper las reglas para traer seguridad a su país. Es justo lo que la mayoría de los latinoamericanos, cuyas vidas están cada vez más determinadas por las organizaciones criminales, desearían tener: un líder eficiente con la valentía suficiente para resolver sus principales problemas de seguridad.
Es tan bueno en eso que ahora es el presidente más popular del Hemisferio Occidental. Es más popular en cada país latinoamericano que el presidente de ese país, con la excepción de México.
Ahora, tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Bukele se ha convertido en una estrella del movimiento MAGA. Hace unas semanas, el Guardian lo llamó el protegido de Trump y acaba de pasar el fin de semana en Mar-a-Lago, con algunos otros líderes conservadores latinoamericanos, hablando de estrategias para impulsar la llamada Doctrina Donroe.
El periodismo es resistencia
Sin oposición política, con un apoyo popular tan fuerte y con la erosión de la sociedad civil, el monólogo de Bukele es una banda de música atronadora.
Si no fuera por el periodismo y las organizaciones de derechos humanos, la propaganda de Bukele seguiría siendo indiscutible. Sólo nosotros quedamos para resistir. En un país que vivió una guerra civil hace apenas tres décadas, resulta sorprendente que la búsqueda de la verdad se haya convertido de nuevo en una actividad subversiva. Es más difícil, pero más urgente, cuestionar a quienes ostentan el poder. La información es disenso. La verdad es disenso. La producción rigurosa de información se considera peligrosa. El periodismo es resistencia.
Una parte esencial de la estrategia populista es crear enemigos y deshumanizarlos. Esto no requiere mucha explicación en Europa. En algunos lugares son los inmigrantes. En otros, son los judíos. O los musulmanes. O los venezolanos. O los palestinos. La prioridad de un gobierno en materia de derechos humanos —dijo Bukele— debe ser la gente honrada. Desde entonces, más de 3.000 niños han sido encarcelados en El Salvador.
Considero que es parte esencial de nuestro trabajo comprender por qué la mayoría de la gente aplaude la instauración de una dictadura, y tengo alguna idea sobre los motivos. Pero otra parte importante es defender la humanidad de las víctimas de este lenguaje. El periodismo debe ser, en mi opinión, una disciplina humanista.
Traigamos aquí de vuelta a Havel. Le cito:
“Nosotros no conocemos el camino para salir del marasmo del mundo y pecaríamos de imperdonable arrogancia si viéramos lo poco que hacemos como una solución fundamental, o si nos presentáramos a nosotros mismos, a nuestra comunidad y a nuestras soluciones a problemas vitales como lo único que vale la pena hacer”.
Por supuesto. Solo añadiría, sin embargo, que lo que hacemos sigue mereciendo la pena. Como mínimo, dejaremos testimonio para las generaciones futuras. Para que entiendan mejor qué demonios ocurrió en nuestra época y para que las mentiras no perduren.
