La tentación artificial de Bukele, según León XIV

<p>La primera encíclica del nuevo papa, Magnifica Humanitas, no menciona a El Salvador. Pero su ética —la persona no es un dato, ni una función, ni una prestación— alcanza para medir DoctorSV como un experimento sanitario que desafía principios y valores humanistas que hasta ahora marcaban límites a las políticas públicas.</p>

Élmer Menjívar

Debo empezar por una confesión: no soy creyente, no soy religioso. Lo digo sin orgullo, sin culpa, sin sorna, que es la única forma honesta de decirlo. Estudié con jesuitas casi toda mi vida, cursé la licenciatura en filosofía en la UCA, y la filosofía de la religión, así como la teología, fueron materia que me interesaron particularmente por la fineza crítica que exigen, sobre todo impartidas por sacerdotes. Desde entonces entendí la religión como un sistema ideológico, es decir un sistema de creencias, símbolos y valores que organiza la visión del mundo de una comunidad. Y reconozco la relevancia cultural y política que tienen las religiones en el orden mundial de cada época, y la capacidad que las instituciones religiosas tienen para configurar la comprensión del mundo que alcanzan a tener sus feligresías.

Permítanme unos datos antes de seguir al meollo de esta columna: aproximadamente el 75.8 % de la población mundial profesa una religión, según los estudios de demografía global del Pew Research Center. El cristianismo representa el 31% de la población (2,380 millones de personas), y un poco más de la mitad de los cristianos son católicos (17.8 % de la población mundial, unos 1,422 millones de personas).

Todo esto para explicar mi interés por lo que un jerarca religioso pueda decir sobre una de las realidades que ha llegado para quedarse a moldear la vida terrenal de ahora en adelante. Así pues, hace un par de meses, me encontré tomando notas al margen de una encíclica papal —subrayando, anotando, volviendo atrás para releer un párrafo—, mientras sentía miradas juzgonas, como las de aquellos querubines rechonchos que pintó Rafael. Más de una vez tuve que recordar que estaba leyendo un texto teológico más que religioso, más ético que doctrinal, más científico que dogmático, más terrenal que celestial, más inteligente que artificial. Y aunque resulte incómodo para un descreído, tengo que reconocer que en lo que va del año, es el escrito más lúcido que he leído sobre ese poder que nos gobierna in-crescendo, y no lo escribió un politólogo ni un periodista. Lo firmó un Papa. Conviene aclarar de qué hablo, porque el malentendido es fácil.

El 15 de mayo, León XIV firmó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, dedicada enteramente a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Son ciento diez páginas. La presentó el 25 de mayo, en el 135.º aniversario de la Rerum Novarum, aquel documento de 1891 con que otro León, el XIII, intentó pensar la Revolución Industrial. La fecha no es un adorno. Es una manera de decir que la inteligencia artificial es, para este siglo, lo que la máquina de vapor fue para el anterior: no un aparato, sino una redistribución del poder.

Y aquí es donde un salvadoreño no puede seguir leyendo con la distancia del que mira algo ajeno, por muy ajenos que seamos al desarrollo tecnológico, y no por falta de talentos, más bien por falta de políticas de educación, por mencionar la obvia, pero caben más sospechosas.

La inquietud subyacente en este texto nació viendo, en diferido, la grabación de una cadena nacional desde la casa presidencial de El Salvador del 14 de abril de 2026. Ahí, un hombre –muy mundano él– también habla desde un sillón sobre inteligencia artificial. Muy lejano de la cátedra de Pedro, desde un despacho impecable montado sobre un evidente green screen, flanqueado por representantes de Google, prometió a cada salvadoreño una atención permanente para su enfermedad crónica y, en el camino, soltó la frase que lo retrata: «voy a llamar persona a la inteligencia artificial».

Dos tronos, entonces, y dos ideas opuestas de lo mismo. Uno advierte que ninguna máquina podrá sustituir a la persona. El otro propone, con entusiasmo, llamar persona a la máquina.

No es un juego de palabras. Es el corazón del asunto.

El médico sin nombre

Empiezo por donde el caso duele de verdad, y no por el Papa.

En un reportaje de la BBC sobre DoctorSV —la aplicación de telemedicina con inteligencia artificial de Google que el gobierno salvadoreño presenta como su gran innovación en política sanitaria—, un médico resume el programa en seis palabras: «sabemos que somos un experimento social». La frase es del médico, pero la traigo entera porque hay algo en ella que se nos puede escapar: el médico no tiene nombre. En el reportaje habla bajo condición de anonimato. En un país donde el sistema de salud despide por la vía verbal y donde decir lo que uno piensa tiene costo, el anonimato no es timidez. Es un dato sobre el clima.

Detengámonos en una palabra: experimento. La usó un médico, no un político de la oposición. Y describe con precisión clínica lo que significa probar una tecnología sobre una población que no eligió ser el laboratorio.

Es que DoctorSV promete mucho y, en su propio terreno, parece funcionar: el gobierno reporta más de un millón y medio de usuarios en seis meses y un índice de satisfacción del 98%. No tengo motivos para dudar de que una consulta por videollamada resuelva una receta o una duda menor. El problema nunca fue la app. El problema es lo que la rodea.

Cuando tu mano derecha sabe lo que hace tu mano izquierda

Mientras la aplicación se anunciaba como un salto al futuro, ocurría otra cosa, en la misma dirección y en sentido contrario. El Movimiento de Trabajadores Despedidos contabilizó 7,772 trabajadores de la salud cesados durante 2025 bajo la figura de supresión de plazas: 3,500 del Ministerio de Salud, 1,800 del Fondo Solidario, 1,800 del Hospital Rosales. El 23 de diciembre, en vísperas de Navidad –deliciosa ironía sino fuera crueldad–, a cientos de empleados del Hospital Nacional Rosales se les comunicó el despido de forma verbal, sin notificación escrita. El gremio sostiene que la mitad de los especialistas ha renunciado a sus plazas y que la app es un parche para disimular un sistema sin medicinas ni insumos.

Los pacientes renales —más de cincuenta mil en el país— quedaron sin saber dónde continuar sus tratamientos. Rafael Aguirre, médico internista con más de veinte años de ejercicio y en ese entonces secretario general del Sindicato de Médicos Trabajadores del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (SIMETRISSS), lo planteó sin estridencia: aclaró que no buscaba satanizar la aplicación, pero advirtió que no se puede sostener un sistema de telemedicina costosísimo mientras se precariza la atención pública tradicional.

Describió salas de emergencia abarrotadas, con decenas de pacientes esperando por un quirófano. En ese momento, no hablaba un opositor electoral. Hablaba un médico dentro del sistema, con el peso de quien conoce la crisis desde adentro. Esa autoridad tuvo consecuencias: el gobierno abrió un proceso administrativo para destituirlo tras sus denuncias sobre la escasez de medicamentos, y el FMLN lo llamó a ser su candidato presidencial para las elecciones de 2027. Él aceptó. Aquí vale destacar el hecho de que quien lideró el reclamo gremial más visible termine encabezando una candidatura presidencial no es un capricho: es la medida de cuánto espacio ha ocupado este debate en la agenda pública salvadoreña y regional, más allá de sus posibilidades electorales.

El presidente del Colegio Médico, el infectólogo Iván Solano, ha ido más lejos: califica la crisis de «premeditada», orientada —dice— a facilitar la innovación tecnológica y una eventual privatización de la salud. Puede tener razón o puede exagerar, eso lo dirá el tiempo. Pero el dato que ni él ni nadie discute es el de las plazas suprimidas, y el de los enfermos que se quedaron sin a dónde ir.

Esa es la escena completa. Una mano izquierda instala el futuro, la derecha desmonta el presente. Y la pregunta que el entusiasmo oficial no quiere que hagamos es elemental: ¿una persona con insuficiencia renal necesita una videollamada o necesita diálisis?

Leer a Bukele con un sumo pontífice

Vuelvo a la encíclica, porque es la lente que me interesa probar. Y no, León XIV no menciona ni a El Salvador, ni a su gobierno y sus innovadoras ocurrencias, pero pone una vara para juzgar el uso de la Inteligencia Artificial en donde sea, seas creyente o no.

El argumento central de Magnifica Humanitas no es teológico, y por eso me sirve. El Papa sostiene que la inteligencia artificial «no puede considerarse moralmente neutra», y que el núcleo del problema es la concentración del poder en pocas manos privadas. La IA, viene a decir, no cae del cielo: tiene el rostro de quien la concibe, la financia y la pone a funcionar. Es, en una expresión que un descreído puede firmar sin incomodidad, análisis de poder.

Apliquemos a DoctorSV esa lente y la imagen se ordena sola. ¿Quién concibió el sistema? Google Cloud, en un convenio firmado en 2023. ¿Con qué datos aprende? Con los que el ciudadano entrega al registrarse: su historial clínico, sus síntomas, su cuerpo entero convertido en información. ¿Quién decide? Ahí está la pregunta que la encíclica vuelve central cuando insiste en que sea un humano —y no la máquina— quien tenga la última palabra sobre una vida. En un sistema que despidió a los humanos que sostenían esa última palabra, la pregunta deja de ser abstracta.

Hay una imagen con la que el documento abre y que, leída desde San Salvador, se vuelve casi insoportablemente literal. La humanidad, escribe el Papa, está ante una elección: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde la humanidad habite junta. La alegoría remite a aquella obra de dimensiones bíblicas que, según el folclore judío, ordenó construir el rey Nimrod para desafiar a Dios y alcanzar la fama. Babel es eso: una obra magnífica, vertical, deslumbrante, construida para la gloria de quien la ordena y no para el techo de quien la habita.

La alegoría papal sirve para identificar esas torres que se van levantando en derredor. En el lanzamiento de DoctorSV se proclamó, con la característica grandilocuencia del gobierno, que el sistema supera el 90 % de asertividad, por encima de los mejores especialistas del mundo. Semanas después, el hospital de referencia del país despedía a sus médicos en la víspera de Navidad.

La torre crece. La ciudad se vacía.

Aquí aparece la paradoja que mejor retrata el caso, y conviene decirla con números. Según el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial de la CEPAL, El Salvador lidera la región en regulación de IA —cien puntos sobre cien, uno de los dos únicos países con legislación aprobada— y, al mismo tiempo, figura entre los últimos en transparencia y disponibilidad de datos, y marca cero en participación ciudadana en la gobernanza de esa tecnología. La ley perfecta sobre el papel. La torre, detrás, vacía. Y la cobertura universal prometida en un país donde buena parte de la población, un 23 %, casi un millón y medio de personas, vive en zonas con mala conexión o sin un dispositivo donde abrir la aplicación.

En abril de 2026, el gobierno anunció la segunda fase del sistema, extendida al seguimiento de enfermedades crónicas —precisamente las que afectan a los más de cincuenta mil pacientes renales que, meses antes, habían quedado sin saber dónde continuar su tratamiento. El programa superó el millón de usuarios registrados. La promesa se amplía, las condiciones estructurales que la harían posible para todos, no.

Es la diferencia entre regular y aparentar que se regula. Entre atender y aparentar que se atiende. La encíclica tiene una exigencia incómoda para esto: pide a las instituciones —empezando por la propia Iglesia— un examen de conciencia, un reconocimiento del daño antes que su maquillaje. Es justo lo contrario de un green screen.

No estoy diciendo que la inteligencia artificial sea mala. Sería una tontería, y además no es lo que enseña el caso. Lo que el caso enseña es más fino: que una misma tecnología puede custodiar a la persona o reemplazarla como excusa, según quién la maneje y para qué. DoctorSV no es un fracaso como software. Funciona. Pero nos revela un proyecto político que aprendió a usar el idioma de la innovación para no rendir cuentas. Esa es la idea que quiero dejar resonando entre las inteligencias naturales.

Coda

Termino donde empecé, con mi descreimiento intacto.

No me convertí leyendo al Papa, y dudo que él lo pretendiera. Pero me llevo una incomodidad que no se me va, y que es más honesta que cualquier conclusión. Un hombre que cree en Dios escribió cien páginas para recordarle al mundo que la persona no es un dato, ni una función, ni una prestación. Y a pocos kilómetros de donde yo escribo, un gobierno que se dice del futuro convirtió a sus enfermos en un experimento y a sus médicos en vocaciones suprimidas.

El médico sin nombre lo dijo mejor que la encíclica y mejor que yo: sabemos que somos un experimento. Lo que ninguno de los dos textos resuelve —ni el sagrado ni el clínico— es la única pregunta que importa: quién decidió el experimento, y por qué los que lo padecen nunca aparecen en la lista de quienes lo diseñan.

La inteligencia artificial, en nuestra época, es otra tentación del rey Nimrod que nos tocó. Y soy fiel creyente de que no será la última.

*Fuentes: Magnifica Humanitas (Vatican.va, 2026) y cobertura de Vatican News e Infobae. DoctorSV y crisis sanitaria: BBC Mundo, GatoEncerrado, Expediente Público, la diaria, Diario El Mundo (2025–2026). Datos regionales: Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial 2025, CEPAL/CENIA. La frase «sabemos que somos un experimento social» fue recogida por BBC Mundo de un médico que pidió no ser identificado. Candidatura de Rafael Aguirre: El Diario de Hoy, Gato Encerrado, Diario Co Latino (julio 2026).