No es de todos los días que en El Salvador surja una causa que logre un rechazo firme y generalizado de la población a una decisión del gobierno. La última vez que eso ocurrió fue a principios de 2025, con los pronunciamientos en contra de la minería, en los que la gente dijo alto al plan de reactivar la minería en el país. Aunque la escala de la causa es menor, la lucha por El Espino parece suscitar algo similar.
Sobre los sucesos de El Espino pueden hacerse varias lecturas. La más obvia es que en El Salvador parece haber un crecimiento importante de la conciencia ambiental que contrasta con lo que siempre se dijo: que en el país a nadie le importa el medioambiente y a la gente le da igual si destruyen lo poco que queda de bosque. Si hay algo que los pronunciamientos en contra de la construcción de un nuevo CIFCO en El Espino dejan claro, es que esa resignación no es tan profunda como algunos pensaban.
Otra lectura sobre los pronunciamientos de los últimos días tiene que ver con el impacto cultural que la lucha ambientalista en El Salvador ha tenido a partir de un sinfín de campañas por el agua, por la tierra, por los bosques, entre otras. Es evidente que el mensaje de estas luchas, lideradas a lo largo de los años por decenas de líderes y lideresas comunitarias (en su mayoría mujeres rurales), ha trascendido los lugares donde se gestaron y ha llegado hasta jóvenes de zonas urbanas que entendieron que su futuro depende del cuidado de los ecosistemas.
Lo que más destaca a esta juventud urbana es haber sabido conectar el conocimiento transmitido desde las luchas en el área rural con su propia experiencia de fenómenos como los calores, las inundaciones, los cortes del servicio de agua, el precio de la energía, entre otros. Para el movimiento ecologista salvadoreño debe ser un alivio saber que, a pesar de todas las dificultades, el enorme esfuerzo por movilizar la conciencia de la población ha dado frutos.
Pero más allá de su dimensión ambiental, existe otra lectura que debe hacerse sobre El Espino. Esta tiene que ver con su dimensión territorial. En las ciencias sociales, lo territorial se entiende como aquello relacionado con procesos de apropiación material y simbólica de lugares por parte de diversos grupos sociales.
Estos procesos están compuestos por prácticas y discursos que definen para qué y para quiénes existe un espacio determinado. En el caso de El Espino, podemos identificar una disputa territorial por el uso y significado de una porción del bosque.
Mientras el gobierno ve dicha porción como un simple “lote” o “inmueble” para la construcción de otro espacio comercial, el movimiento Somos El Espino sostiene una mirada más integral. Esta mirada ve el espacio no solamente como un lugar con funciones ecológicas, sino también como un espacio de convivencia y lleno de memoria. Una muestra de lo último es la participación de jóvenes de familias que vivieron y trabajaron en la finca El Espino, y que fueron desplazadas por la expansión urbana.
Entender la dimensión territorial de la disputa por El Espino es importante en la medida en que esto hace posible conectarla con otras luchas, como la lucha por la vivienda y contra los desalojos. A mi parecer, lo que une estas luchas es una sensación entre buena parte de la población de que el país que se está construyendo no es para ellos. De esta manera, El Espino ha abierto la discusión sobre qué tipo de territorio queremos, si uno moldeado por la lógica del comercio o uno orientado hacia la sostenibilidad, el cuidado y la celebración de la vida.
Para quienes abogamos por la segunda, nos hace bien saber que en El Salvador existen numerosas iniciativas que, aunque dispersas, constituyen hoy una especie de archipiélago de resistencia dentro de un océano de despojos territoriales. Junto a la del El Espino, están las luchas del colectivo Salvemos Valle El Ángel, la Cooperativa El Bosque, ADES Santa Marta y el Movimiento Indígena para la Articulación de las Luchas de los Pueblos Ancestrales (MILPA). Todas estas tienen en común la defensa de territorios de gran importancia ecológica, social, económica y cultural. Asimismo, hay otras iniciativas que desde distintos lugares buscan construir visiones alternativas del territorio. Entre ellas están los movimientos de cooperativas de vivienda por ayuda mutua, la gestión comunitaria del agua y la agroecología, tanto rural como urbana. La importancia de estas últimas yace no solo en su propuesta de solución a problemas puntuales, como el deterioro ambiental o la crisis alimentaria y de vivienda, sino también en su capacidad de producir imaginarios que redefinen la noción de lo posible. En un contexto abatido por la desesperanza, voltear la mirada a estas luchas por el futuro resulta más urgente que nunca.
*Julio Gutiérrez es investigador especializado en temas de economía política, medioambiente y estudios urbanos. Trabaja como docente del Departamento de Antropología en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.