El niño que se escondió de la muerte
<p>Un niño migrante, Dani, era perseguido por muchos infiernos a los 13 años. En 2018, se sumó a la caravana más grande de migrantes salvadoreños hacia Estados Unidos. Hoy poquísimos migrantes logran cruzar la frontera. Poquísimos como Dani.</p>
Víctor Peña
Un niño migrante salvadoreño, Dani, se seca después de bañarse en un chorro público a un costado del mercado municipal de Tapachula, en el sur de México, la noche del 4 de noviembre de 2018, donde la caravana más grande de migrantes salvadoreños se había detenido.
Muchos migrantes llegaban hasta ese rincón oscuro del mercado para limpiarse, en medio de un movimiento masivo de personas que dejaron sus países en Centroamérica y otras lejanías para buscar juntos el Norte.
Más de siete años después, hace mucho tiempo que las caravanas dejaron de existir. En medio de una embestida contra comunidades migrantes en Estados Unidos, el nuevo Gobierno de Trump ha instalado restricciones severas al sistema de asilo. Según cifras oficiales de la semana pasada, del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) de Estados Unidos, hoy poquísimos migrantes logran cruzar la frontera. Poquísimos como Dani.
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Dani era perseguido por muchos infiernos a los 13 años. Su padre, un pandillero, fue asesinado cuando tenía un año; su madre fue capturada cuando tenía cuatro; su abuela materna lo echó a la calle. Vivió desde los ocho años entre drogas y alcohol, durmiendo en las champas del mercado municipal de San Miguel y ganándose unas monedas como carguero.
La MS-13 lo amenazó de muerte. Intentó suicidarse. Huyó. Se sumergió entre la multitud de salvadoreños que protagonizaron la caravana de migrantes. Partieron todos de San Salvador el 31 de octubre de 2018. Lo acompañaba Víctor, un amigo de 21 años que lo había rescatado de la calle, pero que también huyó de El Salvador por las mismas amenazas.
Dani quería llegar a Estados Unidos para encontrar empleo y solicitar asilo. Era su única forma de salvarse. Lo tenía claro a sus 13 años.
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Lo seguí durante siete días de su recorrido por México. Nos despedimos en un albergue de Arriaga, en el límite entre los estados de Chiapas y Oaxaca. Unos días después lo busqué en un refugio para migrantes de la Ciudad de México, cercano a la Basílica de Guadalupe, pero había partido el día anterior. Lo busqué también en Tijuana, pronunciando su nombre en cada albergue al que entraba para retratar a otros migrantes.
Quise seguir su camino. Quería entender más para ahondar en la historia del niño que venció el horror. No fue posible. Dani desapareció, no respondió más.
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Hace dos años, mientras reporteaba en el municipio de Osicala, en el departamento salvadoreño de Morazán, un hombre recorría las calles en un vehículo raquítico para comprar chatarra. Era Manuel, uno de seis migrantes que viajaban en el grupo de Dani. Él y otros cuatro desistieron a medio camino y volvieron a El Salvador.
Le pregunté si tenía noticias de Dani y Víctor. “Ellos lo lograron; cruzaron a California”, respondió. Dani ahora tendría unos 21 años. Sigo con la esperanza de encontrarlo.
