Por supuesto, aquel despelote surtió el efecto deseado. Es inolvidable.
Era domingo 9 de febrero de 2020. Bukele llevaba apenas ocho meses en la presidencia y aún no controlaba la Asamblea Legislativa. Faltaba un año y tres meses para que lo hiciera, para que conquistara el poder absoluto. La pandemia estaba por llegar, pero aún no sabíamos nada de ese virus que luego nos atormentaría.
Vestido con una ligera chaqueta azul y camisa blanca, Bukele llegó a media tarde a la Asamblea Legislativa rodeado por un primer círculo de quince escoltas del batallón presidencial, todos de blanco. En un segundo círculo, decenas de militares totalmente equipados: uniforme verde olivo, chalecos antibalas, fusiles largos, cascos de combate. Otro pelotón de soldados había tomado el recinto legislativo y las cuadras aledañas desde el día anterior. Y, revoloteando como moscas alrededor de todo aquello, unos cincuenta camarógrafos de diferentes medios, pero sobre todo de dependencias del Gobierno controlado por Bukele. Algunos drones filmaban desde el cielo la entrada de Bukele al Palacio Legislativo.
Unos días antes, Bukele había convocado a los diputados a una reunión extraordinaria en la que, según él y quién sabe por qué, ese domingo le aprobarían los 109 millones de dólares que él venía exigiendo a la Asamblea desde hacía meses. Bukele afirmaba que eran para financiar la tercera etapa de un plan secreto que se llamaba Control Territorial y con el que él aseguraba, sin mostrar prueba alguna, estar reduciendo los homicidios.
Con el tiempo, se demostraría que aquel plan nunca existió. Con el tiempo, otros colegas y yo revelaríamos que la reducción de homicidios se debía a un pacto entre Bukele y los líderes de las tres principales pandillas que involucraba disminuir los homicidios a cambio de beneficios carcelarios y evitar las extradiciones a Estados Unidos. Pero esa es otra compleja historia.
Aquel soleado día, mientras Bukele caminaba a paso decidido hacia el salón principal de la Asamblea Legislativa, una turba de cinco mil personas esperaba afuera. No eran espontáneos. Bukele los había convocado para que aplaudieran y lo acompañaran en esa ocasión, y les había insinuado que, si los diputados no hacían lo que él quería, disolvería el primer órgano de Estado.
En los techos de los edificios cercanos asomaban francotiradores del Ejército que vigilaban la autoritaria marcha de su líder. Bajo amenazas de abrir las puertas a patadas, los militares habían forzado al encargado de las llaves a abrir el Salón Azul, donde se hacen las plenarias y se reforman leyes en El Salvador.
La gran mayoría de los diputados de la oposición, que no habían aceptado aprobar el préstamo sin que Bukele les contara para qué lo quería, no fueron tan idiotas como para presentarse ese domingo. Era la invitación a su linchamiento público. La gente estaba enardecida. Bukele se había pasado toda la semana anterior insultando a los diputados y acusándolos de querer que las pandillas asesinaran salvadoreños y «ver correr la sangre por las calles».
Por eso, cuando ese domingo antes de marchar rumbo al Salón Azul se dirigió hacia la multitud y les dijo que le permitieran entrar a pedir consejo a Dios, la multitud gritó un profundo «Nooo». No querían ni consejo ni Dios ni espera. Querían ver arder aquel lugar. Pero Bukele, a quien el gesto se le ensombreció un poco, insistió en que le dejaran entrar y hablar con Dios y que luego «la decisión estará en ustedes»; y entonces sí aquella masa brava, respondió con un «Sí» desganado. Bukele dijo «Dios los bendiga, pueblo salvadoreño. Espérenme acá», y se fue para el Salón Azul.
En fin, que Bukele caminaba por la alfombra roja que le habían dispuesto, mientras sonaba la marcha presidencial. Entró por en medio de un pasillo formado por unos cincuenta militares vestidos de gala. Sus guardias privados tenían que abrirle espacio ante las decenas de cámaras que intentaban filmarlo, en el golpe legislativo más elegante y protocolario del que Latinoamérica tenga memoria. Usurpó la silla del presidente del primer órgano de Estado. «Está muy claro quién tiene el control de la situación», dijo mirando a su alrededor. Soldados, cámaras. Faltaba un elemento para tener el retrato más sincrético de Bukele. «Nos vamos a poner en manos de Dios», dijo. Retrato completo. Todo el despliegue estaba listo, solo faltaba empezar el show: cerró los ojos, juntó sus manos como un cuenco frente a su rostro, aceleró la respiración, apenas movió los labios, como murmurando, frunció el ceño, se llevó las manos al rostro, los pequeños espasmos indicaban que Bukele lloraba, sus manos temblaron sutilmente, parecía secarse unas lágrimas que nunca terminaron de aparecer, miró hacia el cielo. Se levantó y, así como entró, salió.
Bukele quiso hablar con Dios y Dios le contestó de inmediato. El show duró un minuto y lo tuvo todo: un protagonista, muchos actores secundarios, militares, tensión, Dios. Y un montón de cámaras, claro.
Bukele salió. La multitud lo esperaba, o más bien esperaba la orden de destruir aquel recinto. Bukele les dijo que había quedado claro que «si quisiéramos apretar el botón, solo apretamos el botón». «¡Apretémoslo!», respondió la multitud que, durante unos segundos no dejó hablar a su líder. «Pero yo le pregunté a Dios y Dios me dijo: paciencia», dijo Bukele. «¡Nooo!», gritó la multitud durante varios segundos, y será la única vez que se ha escuchado a una turba bukelista gritar ese monosílabo ante la dupla Dios-Bukele. «Paciencia», repitió Bukele.
Pero a diferencia de la ira, la paciencia no es fácil de convocar: «¡Hoy, hoy, hoy!», respondió la multitud, y Bukele movió las manos como pidiendo comprensión a la turba que él mismo congregó y agitó. Soldados y custodios empezaron a moverse nerviosos en el escenario. Bukele pidió a la masa que le dieran una semana y que, si los diputados no hacían caso, regresarían y tomarían el primer órgano de Estado. La turba siguió exigiendo que eso ocurriera ese mismo domingo de cielo azul. Bukele se quedó mudo durante un minuto. «Dios es más sabio que nosotros», dijo bajando la voz en el micrófono. «Una semana, señores», dijo ya a modo de súplica. El más sonoro «¡Nooo!» fue la respuesta. «Ningún pueblo que va en contra de Dios ha triunfado», insistió Bukele, ya sacando los últimos trucos de la manga para apaciguar lo que él alborotó. El monosílabo de la turba siguió siendo el mismo. El nerviosismo de soldados y custodios era cada vez mayor. «Oren ustedes mismos, pidan sabiduría a Dios ustedes mismos», suplicó Bukele. «Una semana, señores.» Al fin lo logró. Un nuevo grito se impuso en la multitud por un breve momento: «¡Una semana, una semana, una semana!». Bukele aprovechó: «Que Dios bendiga nuestro país El Salvador... Yo los amo y daría mi vida por ustedes», y se bajó del escenario mientras muchos volvieron a gritar «¡Hoy, hoy, hoy!».
Tras aquello, quizá a Bukele le quedó claro que a veces los tiempos de Dios no son perfectos y que el pueblo, si es que el pueblo es aquella turba enfurecida que él convocó, no siempre es suyo. A punto estuvo de terminar destruido el Palacio Legislativo, contra la voluntad de Dios y de Bukele. Y nada de aquello ocurrió realmente por un préstamo frustrado para ningún plan de seguridad. Todo aquel despliegue que se tomó la agenda nacional por semanas se desató por otra razón, por un cálculo de popularidad.
«Bukele entiende la política como un conflicto perpetuo: su acierto está en elegir siempre el conflicto e ir ganándolo siempre», me dijo días después un miembro del Gabinete Presidencial de Bukele para explicarme lo ocurrido. «Lo que pasó en la Asamblea no tenía nada que ver con ese préstamo, sino con elegir el conflicto», me explicó.
Desde el día que llegó a la presidencia, los funcionarios de Bukele siempre exigieron hablar desde el anonimato. Se las veían con un líder que solía incluso regañar vía Twitter a quien no le contestara rápido una orden girada por él en esa misma red social. Hágase tal cosa, tuiteaba Bukele en su primer año, y si el funcionario aludido no respondía en minutos recibía una llamada de su jefa de gabinete o directamente una reprimenda pública del presidente.
El mes previo a la toma de la Asamblea Legislativa por parte de Bukele, decenas de ciudadanos empezaron a quejarse en redes sociales de falta de abastecimiento de agua potable. Algunos subían videos de agua café saliendo de sus chorros y aseguraban que además tenía mal olor. Desde el gobierno respondieron que era un problema en una planta potabilizadora, que no tardarían en solucionarlo. Pero el problema persistía. Para finales de enero de 2020, ya eran cientos de comentarios y videos y post y tuits, todo eso que tanto importa desde siempre a Bukele, todos quejándose de lo mismo. Y la versión gubernamental se complejizó: ahora resultaba que unas algas de un río se habían filtrado a una planta de distribución que repartía agua a 1,2 millones de personas en el área metropolitana de San Salvador, la región más poblada del país.
La ministra de Salud de Bukele declaró que había que hervir el agua, que ella lo había hecho y se la había tomado y no había ningún problema. Su poco afortunada intervención fue como echarle sal a una babosa. Las redes sociales se retorcieron como suelen retorcerse: memes, burlas, insultos. «Ya me salió una quinta oreja y se me derritió un ojo, ministra, ¿será que la estoy hirviendo mal?», decía uno de los memes.
El Gobierno desplegó decenas de pipas con agua y también envió a sus funcionarios a repartir botellas de agua, pero de los chorros seguía saliendo aquel líquido turbio que se prestaba tanto para los memes. Para mayor escarnio, los funcionarios de Bukele montaron muy mal el show y algunos formaron cadenas humanas para hacer llegar, del camión a las casas, botellas de un litro de agua. Y entonces los memes ya eran un espectáculo total y muy divertido, si uno no era Bukele, funcionario de Bukele o víctima del agua turbia, por supuesto. El 21 de enero ya sumaba la tercera semana de una crisis de imagen que combinaba quejas y burlas contra un hombre que se encontraba en plena construcción de un proyecto autoritario. Una muy mala situación para alguien que quería infundir miedo y devoción.
La situación obligó a Bukele a hacer algo inédito en sus meses de presidencia, algo que nunca volveríamos a ver de esa manera: apareció en conferencia de prensa pidiendo disculpas a la población, diciendo que sus funcionarios se habían equivocado, pero que no tenían malas intenciones. «Cuando hay quejas en redes sociales, tómenlas como un insumo», reprendió a sus funcionarios.
Mientras la promesa de solucionar la crisis del agua llegaba, los memes seguían.
Bukele era frágil.
En medio de aquello, casi todos los diputados de la oposición habían retirado a Bukele el apoyo para el préstamo de 109 millones de dólares para la tercera fase del Plan Control Territorial. Se quejaban de que nunca les habían rendido cuentas de las primeras dos fases ni les habían explicado en detalle en qué se gastaría el siguiente desembolso. Mientras, los diputados de la oposición hacían fiesta con el problema del agua turbia, citando a declarar a las comisiones legislativas a varios funcionarios de Bukele. Entonces, Bukele entendió que tenía enfrente su salida a la prolongada crisis de imagen.
«El gobierno hace mediciones semanales de redes sociales, lo del agua salía en semáforo rojo», dijo otro miembro del gabinete.
Pero ese mismo funcionario me explicó que desde hacía tiempo tenían un as bajo la manga, una carta demoledora, y solo estaban esperando para usarla: «Desde un mes antes se tenía esta carta: la Asamblea Legislativa es la más odiada. En las encuestas sale como la peor evaluada y la gente hasta paga para ir a putear a los diputados».
La toma militar del Parlamento salvadoreño encabezada por Bukele no tuvo nada que ver con diferencias ideológicas ni con tramas castrenses urdidas en clandestinidad ni con planes de seguridad, sino con un agua enturbiada y un alud de memes.
El jueves 6 de febrero de 2020, los ministros recibieron la orden de alistarse para ir a apoyar a Bukele a la Asamblea Legislativa el domingo 9 de febrero. Ese mismo día, los diputados habían sido convocados por Presidencia a una sesión extraordinaria. Se cancelaron todos los actos institucionales, incluso las reuniones internacionales que el Gobierno salvadoreño tenía pactadas. Todos tenían que estar disponibles para apoyar a Bukele. No había tiempo para misiones binacionales ni cositas por el estilo.
El viernes 7 de febrero, la Policía retiró a los 504 escoltas asignados a los diferentes diputados. A muchos los trajeron en carros policiales a las casas de los legisladores de los que tenían que hacerse cargo. A todos les quitaron las armas. Algunos de ellos aseguraron que tuvieron que echarlas en un enorme guacal. Ese día Bukele publicó doce tuits exigiendo a los diputados llegar a la convocatoria del domingo y recordando a soldados y policías que el préstamo de seguridad era para su bienestar. Bukele estaba decidido a conseguir deshacerse de su imagen frágil.
El domingo 9, antes de usurpar el Salón Azul, frente a la muchedumbre y lleno de confianza, antes de que Dios le pidiera paciencia, Bukele se burló de los diputados: «Los diputados se quedaron sin seguridad doce horas, ¡doce horas!, y todavía están poniendo el grito en el cielo: llamaron a la OEA, a la ONU, a la comunidad internacional, a la Unión Europea, a la Comunidad del Anillo, al Consejo Jedi, llamaron a todo el mundo para decir: “¡Ay! Nos quitaron la seguridad”. Doce horas sin seguridad y se estaban haciendo en los pantalones».
Después, usurpó junto a militares el primer órgano de Estado. Ya nadie bromeaba en redes sobre el agua turbia.
El lunes 10 de febrero, la comunidad internacional reprobó públicamente lo ocurrido, incluso el encargado de la Embajada de Estados Unidos, Ronald Johnson, el representante de Trump.
El martes 11, la canciller de Bukele y también su jefa de gabinete citaron a sesenta miembros del cuerpo diplomático en el país a una reunión privada de la que luego obtuve el audio. Aquello fue una crisis internacional. Las funcionarias de Bukele trataron de vender un cuento inverosímil: que la gente se había agolpado frente a la Asamblea de forma espontánea, que Bukele llegó más bien a calmarlos. Entre los diplomáticos se escucharon risitas. Tras cincuenta y dos minutos de disparates, el embajador de Japón, Kazuyoshi Higuchi, cambió el tono del diálogo: «Buenas noches, no sé si podré explicar bien en español... Tenemos mucho interés en mejorar la imagen del país, para hacer más cooperación, para llevar más inversión, mejorar la seguridad pública, etcétera, etcétera. Perder una imagen buena es un día, pero recuperar imagen se tarda más tiempo. Por eso, el acontecimiento en la Asamblea afectó a casi todos los diplomáticos y fue mala imagen, pero recuperar la imagen del país tarda mucho tiempo. Yo espero que no repitan para el próximo, no sé... Mañana, sábado o domingo, no repitan... Van a perder más confianza con los diplomáticos».
Y entonces más diplomáticos se atrevieron a criticar el intento de golpe legislativo en aquella reunión. Sin embargo, con el paso de los días, el agua turbia quedó en el olvido. El préstamo fue aprobado un mes después por la Asamblea. La comunidad internacional pasó página, como suele hacerlo.
Un grupo de colegas del periódico investigamos y descubrimos con enorme sorpresa aquella trama. No lo podíamos creer. Un hito autoritario de nuestro país había sido impulsado por memes. Trabajamos un mes en la historia. La confirmamos. Obtuvimos audios, documentos, entrevistas, testigos, policías, funcionarios de Bukele, militares, diputados. Un día antes de publicar, llamamos a los implicados, incluida la oficina de prensa de la Presidencia, para pedirles su reacción. Les dijimos que la publicación era inminente, que saldría el miércoles 11 de marzo de 2020 al final de la tarde, y que si no respondían saldríamos con su silencio.
Pero, de nuevo, Bukele es muy ágil para que la gente vea donde él quiere que vean o quizá tiene la ventura de que incluso las calamidades le jueguen a favor. La misma tarde de nuestra publicación, Bukele fue uno de los primeros presidentes del mundo en anunciar cuarentena nacional por covid-19. Nuestro reportaje fue muy poco leído. Se tituló «La historia detrás del día en que Bukele se tomó la Asamblea Legislativa».

