Las madres buscadoras se topan con el régimen de Bukele

<p>En 2021, la desaparición de dos jóvenes en Nuevo Cuscatlán y la búsqueda desesperada de su madre inspiró la creación del Bloque de Búsqueda de Personas Desaparecidas en El Salvador. En los siguientes cuatro años, el grupo enfrentó la desidia estatal y el desinterés de la sociedad. En este tiempo, el Bloque dio con pistas que ayudaron a la Fiscalía a encontrar ocho cuerpos. Hoy día, el bloque tiene 56 casos activos. El cierre del espacio cívico debilitó su funcionamiento y ahora opera con recursos mínimos.</p>

Gabriel Labrador

Dina Ivette Toledo removía la tierra en la orilla del río Lempa, cuando a su teléfono cayó un mensaje de un amigo de sus hijos. 

—Mami Ivette, ¡están diciendo que Eduardo y Karen son pandilleros! 

A 90 kilómetros de allí, el ministro de Seguridad y Justicia de El Salvador, Gustavo Villatoro, anunciaba la captura de dos pandilleros de la Mara Salvatrucha-13 involucrados en la desaparición de los dos hijos de Dina Ivette, Karen y Eduardo Guerrero. “Hay una relación directa: jóvenes-droga-pandilla. Hay una relación de venta o consumo de droga entre víctimas y victimarios”, decía el ministro desde la sede de investigaciones de la Policía en la capital. 

Era la mañana del 8 de noviembre de 2021. Dina Ivette, entonces de 43 años, buscaba en la ribera del río más caudaloso del país pistas sobre el paradero de sus hijos, desaparecidos dos meses antes, el 18 de septiembre. Removía la tierra, escudriñaba en el agua, volteaba rocas, apartaba el monte en busca de una prenda, una cartera, un teléfono, cualquier cosa mínima que sugiriera un rumbo, un siguiente paso. Cojeaba de una pierna porque había caído por una ladera en su intento de llegar a la orilla. Cuando recibió el mensaje y supo que el Estado los acusaba de tener vínculos con la Mara Salvatrucha-13, el estómago se le contrajo, sintió una punzada, y se enojó.

Llamó a una periodista conocida pensando en desmentir al ministro y al director de la Policía y al fiscal general que habían respaldado lo dicho por Villatoro. 

Cuando llegó a La Prensa Gráfica, entregó su celular al sobrino que la acompañaba, para que atendiera los mensajes que en ese momento caían por montones. En el estudio de grabación, la entrevista avanzó a pausas. Dina Ivette estaba desbordada. 

—Yo estaba muy molesta, más todo lo que tenía, me estaba afectando. En una pausa de esas, se me acerca mi sobrino para decirme que ya había estado hablando con Idalia.

Idalia Zepeda, abogada de la Asociación Salvadoreña de Derechos Humanos (ASDEHU), había asumido la representación legal de Dina Ivette unos días antes. Tras la conferencia del ministro, Zepeda preguntó qué quería hacer. Respondió que quería desmentir a las autoridades y que ya estaba hablando con periodistas. Idalia pidió prudencia. Recomendó reunirse en persona, tener una sesión con la psicoterapeuta esa misma tarde, redactar un mensaje claro y convocar a una conferencia de prensa general para el día siguiente. 

Karen y Eduardo Guerrero Toledo desaparecieron el 18 de septiembre de 2021. Fueron vistos por última vez en la colonia Quezaltepec, del municipio de Santa Tecla, departamento de La Libertad. Foto de El Faro: Víctor Peña.

—Idalia nos dijo que si yo decía las cosas como las tenía en la mente, esa gente me iba a meter en líos, acusándome a saber de qué. Así que paré la entrevista con La Prensa Gráfica y les dije que llamaríamos a una conferencia —dice Dina Ivette.

Con Idalia, diseñó un comunicado cuidando cada palabra y convocó a los medios con ayuda de algunas organizaciones como el Servicio Social Pasionista y la Asociación de Mujeres Ixchel, que trabajaban el tema de los desaparecidos. La asociación, por ejemplo, había lanzado en 2020 la Alerta Raquel, una estrategia de alerta temprana cada vez que había una mujer desaparecida. En redes sociales, la cuenta de Alerta Raquel convocó a la conferencia de Dina Ivette diciendo que era “en respuesta” al Gabinete de Seguridad. 

A la mañana siguiente, en un salón del hotel Novo, en la capital, lleno de cámaras y periodistas de decenas de medios nacionales y extranjeros, Dina Ivette se sentó entre sus abogados y miembros de las organizaciones. En la pared, justo detrás, había un rótulo de letras rojas y negras que decía “35 MIL DESAPARECIDOS”. “No voy a callar, no voy a callar hasta encontrar la respuesta integral al problema que yo tengo, hay muchas madres en mi lugar”, dijo. Negó que sus hijos fueran pandilleros o que vendieran drogas, como el ministro había asegurado, y desmintió haber demorado dos días en interponer la denuncia de la desaparición de sus hijos. En realidad, no había tardado ni ocho horas. 

Hacia el final de la conferencia, Dina Ivette levantó la mirada y dijo: “Señor ministro, así como dio esas declaraciones ayer, como dijo saber tantas cosas de mi hijo, yo le digo: por favor, ¿dónde está Karen y Eduardo Guerrero?”. Sus ojos recorrieron la sala lentamente, de extremo a extremo. Y antes de entregarse al llanto gritó: “¡¿Dónde están mis hijos?!” 

La noticia se hizo viral esa misma tarde y hubo periódicos que la colocaron en su portada del día siguiente. Para ese momento, las estadísticas reflejaban un aumento de desapariciones respecto de los años previos. Hasta octubre, la Fiscalía había reportado 661 personas desaparecidas, lo que representaba el 97 % de los casos reconocidos oficialmente en todo el 2020. El año terminaría rompiendo el récord de desapariciones. 

La crisis incluso había llegado a las altas esferas del Gobierno. El 2 de junio de 2021, Alejandro Muyshondt, asesor de seguridad de Casa Presidencial, se lo había comentado a Ibrajim Bukele, hermano del presidente y uno de los principales asesores no oficiales del Gobierno. “Los desaparecidos han incrementado en un porcentaje que no tenés idea, y hay un montón de cementerios clandestinos”, dijo Muyshondt. El asesor incluso propuso la creación de un sistema de alerta temprana para implementarse en las primeras 24 horas después de una denuncia por desaparición, pero según se escucha en una grabación publicada por diversos medios en 2024, ninguna autoridad lo tomó en serio.

Ivette Toledo observa el retrato de sus hijos, Karen y Eduardo, el 3 de marzo de 2022, tres meses después de haberlos encontrado en una fosa clandestina en el municipio de Nuevo Cuscatlán, en el departamento de La Libertad. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Solo dos semanas antes, seis organizaciones coordinadas por la Fundación para el Debido Proceso (DPLF) habían conseguido una audiencia sobre desapariciones ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y logrado que el Estado se comprometiera a redoblar esfuerzos para investigar y prevenir casos de desaparición. A raíz de la audiencia, una decena de organizaciones quedaron en contacto a través de sus representantes; y así surgió el Grupo de Trabajo de Personas Desaparecidas. 

Escuchando la conferencia de Dina Ivette, sentados en las sillas del salón, estaban Sandra Chafoya, Rigoberto Granados y María Puro, todos padres de jóvenes desaparecidos que habían llegado de forma espontánea, atraídos por la respuesta que, se decía, Dina Ivette iba a dar al Gabinete de Seguridad. Sandra buscaba a su hijo Joshua, de 17 años. Rigoberto buscaba a su hija Jimena, una futbolista y estudiante universitaria de 21 años, que desapareció un mes antes. Y María Puro buscaba a su hijo Víctor Omar, de 22 años, que también desapareció en esas fechas, en el Paseo El Carmen, la zona de bares y restaurantes de Santa Tecla.

En el pasillo del hotel, la abogada Zepeda y las tres familias cruzaron palabras por primera vez. Zepeda les dijo que podían tener una reunión más adelante para discutir si querían acompañamiento y representación legal. Intercambiaron números de teléfono. 

Rigoberto aceptó la ayuda después de dos semanas de buscar por su cuenta, a pesar de sus 65 años y su estado de salud. Con algunos miembros de aquel incipiente grupo, buscó a su hija intensamente nueve días más. El cadáver desmembrado de Jimena, su hija, apareció el 18 de noviembre de 2021, en la Finca Suiza de Nuevo Cuscatlán donde la Policía había encontrado una fosa clandestina. Un año después, don Rigoberto falleció y su esposa, la mamá de Jimena, no logró salir de la depresión.

En diciembre, aquellos familiares tuvieron una reunión en un café de la capital, junto con Zepeda, la abogada de ASDEHU. Dos familias más se juntaron, así como también dos periodistas que tenían personas desaparecidas en su familia. No sumaban más de diez personas. La primera idea fue crear un comité para hacer búsquedas, pues era lo que más les interesaba a las familias. Había que elegir un nombre. Las madres querían algo poderoso, que contrastara con el dolor y la tristeza que sentían. 

—Con ellas decidimos el nombre, ponerle Bloque de Búsqueda de Personas Desaparecidas —dice Idalia Zepeda—. Con el nombre, quisimos dar un mensaje de que para buscar no tenemos límites. 

Unas semanas después, en enero de 2022, el Grupo de Trabajo de Personas Desaparecidas se repartió tareas para atender de manera integral a las familias. Unas organizaciones se encargarían de la atención psicosocial, otras de las necesidades económicas, otras de la representación legal, otras pondrían a disposición un local para reuniones, otras de las comunicaciones… La Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD) se unió con algunos casos de personas desaparecidas que representaban desde hacía años, y también financió el diseño de un plan de trabajo, sus objetivos, metas y líneas de acción. ASDEHU y FESPAD trabajaron en el día a día con las madres del Bloque, llevando las actas de reuniones, tomando nota de los acuerdos, y dándoles seguimiento. Zepeda era la administradora de distintos grupos de chat.

El 17 de febrero de 2022, el Bloque salió a la luz pública con una conferencia de prensa en el hotel Novo. Pusieron una mesa, nombraron un vocero y a cada lado se sentaron representantes de cada una de las familias de desaparecidos. Para entonces ya eran 12 familias. Consiguieron el patrocinio para alquilar un bus que bautizaron como “El bus de los milagros”. Lo adornaron con globos y fotos de las personas desaparecidas. Ese día recorrieron distintas calles de la capital hasta desembocar en el Instituto de Medicina Legal, donde van a dar los cadáveres cuando son encontrados. 

“El bus de los milagros” tuvo una vida corta. El dinero no alcanzó para más viajes. En adelante, las madres solían ponerse de acuerdo en el lugar y punto de reunión y acto seguido recorrían las calles aledañas pegando afiches, haciendo preguntas a los vecinos, bajando a quebradas y barrancos. No necesariamente eran actividades públicas. A veces, las familias solo querían averiguar pistas y creían que sin cámaras o grabadoras podían obtener más información. 

En febrero del 2022, en San Salvador, un grupo de madres y familiares de personas desaparecidas lanzó el Bloque de Búsqueda en El Salvador. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

Al cabo de dos años, el Bloque de Búsqueda lo conformaban más de treinta familias. El Bloque tenía comisiones de trabajo (de educación, de incidencia, de búsqueda, de comunicaciones, etc) y así promovía la atención psicosocial para las madres, hacía actividades de búsqueda en todo el país, pegas de afiches, conmemoraciones de los cumpleaños o de las fechas de desaparición de las personas, búsqueda de pruebas y testimonios, misas, cultos, liberación de globos, conferencias de prensa, redacción de comunicados, altares, exposiciones de fotos, asistencia para la participación de audiencias en organismos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) o el Examen Periódico Universal de Naciones Unidas. 

La semilla había sido aquella conferencia de Dina Ivette para responder al Gobierno de Nayib Bukele. “¿Dónde están mis hijos?”, había clamado la madre de los hermanos Guerrero. Su súplica era la de muchos; sobre todo, de muchas mujeres. Dina Ivette no era una excepción, era un signo de los tiempos. 

En los cuatro años siguientes a su creación, el Bloque representó y ayudó en la búsqueda a decenas de familias, y consiguió pistas que ayudaron a la Fiscalía a encontrar ocho osamentas. 

El día de su primera aparición pública, el Bloque de Búsqueda se desplazó al Instituto de Medicina Legal en San Salvador. Querían una reunión con las autoridades para exigirles atención a sus casos. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

El duelo

Un día de octubre de 2024 hablé por primera vez con Carmen Argueta, de 64 años, cabellera ondulada y una capacidad de expresarse que había resultado tan valiosa que fue nombrada como una de las coordinadoras por el grupo de mujeres. Carmen tenía tres años de estar buscando a su hijo Herbert. Hablé con ella el día en que el Bloque y diversas organizaciones lanzaron en un salón de hotel de San Salvador el registro ciudadano de personas desaparecidas, un portal de internet que unificaría toda la información de los casos activos a nivel nacional. Unas semanas antes, el Gobierno había negado la existencia de desapariciones en una audiencia reciente ante la CIDH.  

Carmen me contó que la noche en que su hijo desapareció, en agosto de 2021, no se preocupó porque ese día él había tenido descanso en el trabajo y Carmen pensaba que al día siguiente su hijo volvería a casa, como tantas veces anteriores. Pero nunca volvió. Al principio dice que estuvo muy desorientada. Enfermó de hipertensión, diabetes, reflujo gástrico, padecimientos que no había sufrido nunca antes. 

—Gracias a la atención de organizaciones aprendí que las enfermedades son parte del proceso. Pero al principio, nadie me orientó, yo tuve que andar tocando puertas todavía con el dolor, la angustia y la frustración, la culpa. Lo que me preocupaba era cómo demostrar que mi hijo estaba desaparecido, si el banco me llegaba a cobrar sus deudas…

La fiscal de su caso le negó una copia de la denuncia en cuatro ocasiones. Encontró un comité de familiares de personas desaparecidas (la organización se cerró meses después) que le ayudó a pedir por escrito la copia y así lo obtuvo. Luego formó su propio comité con otras 11 familias y ahora este comité forma parte del Bloque de Búsqueda. 

 “Puede que mi hijo esté reclutado, haciendo trabajos forzados”, me dijo. Me contó que su hijo era robusto y atlético, que en los dos meses siguientes hubo 900 desaparecidos más, muchos con un perfil similar al de su hijo, y se imaginaba que algunos podrían haber sido esclavizados por algún grupo criminal. Las cifras oficiales suelen alimentar las esperanzas como las de Carmen. En 2021, la Fiscalía salvadoreña dijo que en el 51 % de 1,192 casos de desaparición habían encontrado a las personas con vida. 

Carmen dice que por mucho tiempo le costó hablar de su hijo. Al principio, se consideraba solo una madre que lo buscaba desesperadamente y que ayudaba a otras familias mientras tanto. 

—Fíjese que hasta el año pasado me cayó el veinte de en qué me había convertido yo. Una amiga de México me hizo caer en cuenta, yo nunca me había considerado una defensora de derechos humanos. Sabía que había madres buscando a sus hijos pero no sabía cuántas éramos, yo pensé que era una cifra más.

Después de varios minutos de conversación, Carmen me explicó entre sollozos lo que para ella significa estar en el Bloque de Búsqueda. 

—Tengo la esperanza de encontrar a mi hijo, pero hay que ser realista. Si yo no lograra encontrar, por lo menos voy a dejar un legado de que ayudé a otras familias. Quiero que esta causa no sirva para deprimirme ni para decir "no encuentro a mi hijo, el gobierno no me ayuda". Nosotros vamos a servir de apoyo para otras madres que quieran salir adelante con esta lucha. 

Una de las metas a corto plazo del Bloque era conseguir la aprobación de una ley para familiares de desaparecidos que reconociera como sujeto jurídico a la persona desaparecida. En el caso de su hijo, me dijo que promovería un amparo para presionar a las instituciones de Gobierno a investigar a fondo. 

Meses más tarde, en abril de 2025, volví a ver a Carmen cuando su hijo llevaba cuatro años y medio desaparecido. Ese día, el Bloque participaba en la procesión de Semana Santa organizada por una iglesia de Mejicanos. Por la mañana, habían trabajado afanosamente en la alfombra de la décimo tercera estación. Carmen me explicó que la elección fue a propósito. Era la escena de “La Piedad”, donde Jesús es bajado de la cruz y entregado a su madre. “Ahí se refleja el dolor de una madre. La virgen tuvo la suerte de tener a su hijo en los brazos, pero en el caso de nosotras nos preguntamos: ¿dónde están nuestros hijos? ¿Cómo estarán? Ese dolor, que no termina nunca, lo sentimos a todas horas, todos los días", me dijo.  

En la Semana Santa de 2025, el Bloque de Búsqueda participó en los rituales del Vía Crucis en una parroquia de Mejicanos. Con aserrín y sal, el Bloque hizo una alfombra alusiva a la escena bíblica de una madre recibiendo el cadáver de su hijo. Foto de El Faro: Bloque de Búsqueda.

Hay ocasiones en que las familias encuentran solo los restos de sus seres queridos, las osamentas. Este tipo de hallazgos ocurre muy poco. La Fiscalía dijo que en 2021 solo en 3.9 % de los casos habían tenido ese desenlace. En 2020, el porcentaje fue de 6 %. 

Un día de febrero de 2026, pregunté a Zepeda si ella, que había trabajado tan de cerca con las madres de los desaparecidos, podía explicar lo que una madre siente cuando encuentra los restos de su hijo o hija desaparecida. 

—Se siente un gran alivio porque por fin pueden comenzar el duelo. Las madres te lo dicen. Te dicen que, aunque saben que su hijo está muerto, necesitan encontrarlo porque estuvo nueve meses en su vientre, lo parieron, se levantaban en la madrugada para darle de mamar, le daban medicina, lo arropaban, lo cuidaban y, que por eso, ¿cómo lo van a dejar tirado quién sabe dónde, en un barranco, comido por los chuchos? Es una bendición encontrarlos, porque dejan de preguntarte dónde está, si está vivo, muerto, si está fuera o dentro, si migró, si le cortaron el riñón, o si se van a morir ellas y nunca lo van a poder enterrar en un lugar santo. Entonces les quitan la angustia, y eso es un alivio. 

Sandra Chafoya (de blanco, al centro) lee un comunicado de prensa sobre la desaparición de su hijo, el 10 de septiembre de 2024, en compañía de madres del Bloque de Búsqueda y miembros de distintas organizaciones. Foto de El Faro: Gabriel Labrador.

La búsqueda de los restos se hace en quebradas, ríos, montañas, hospitales, desiertos fuera del país… es una manera de acercarse al infierno, con la esperanza de poder salir de él. Y, cuando el cadáver se encuentra, puede ser horroroso, pero también el principio del final: el comienzo del duelo.

La desaparición es una pérdida ambigua. Lo definió así Pauline Boss, una psicóloga familiar estadounidense, en la década de los 70, para describir la confusión de no saber si la persona querida está viva o muerta. Es tan distinto a la muerte porque no hay una fecha concreta ni un momento exacto donde ese dolor aparece. Cuando se trata de una desaparición, no hay certeza de lo que sigue y el duelo ni siquiera puede comenzar. La Cruz Roja dice que el gran aporte del concepto de “pérdida ambigua” es que se logra nombrar ese “dolor sin final” que sienten las personas cuando se pasan la vida buscando respuestas y se aíslan social y emocionalmente. La CIDH ha catalogado esa ambigüedad como tortura a las madres y las familias.

Entre espadas

Después de la conferencia para desmentir al Gobierno, a Dina Ivette comenzaron a llamarle policías investigadores que le pedían reunirse, pero ella no quería saber nada de la Policía y dejó de contestar. A media tarde le llamó su mamá. Le dijo que el director policial, Mauricio Arriaza Chicas, llegó de visita y que estaba con ella en ese momento. Dina Ivette se molestó, porque interpretó la visita del jefe policial como una intimidación. 

—Pedí a mi mamá que me pasara al director y le dije: “¿Sabe usted lo que está haciendo? A mi mamá hace dos días la llevé al hospital, de emergencia, porque tiene un cuadro diabético. Si le llega a pasar algo, también va a ser su culpa”.

Arriaza intentó tranquilizarla: “Su mamita está bien, ya oramos, nosotros solo queremos hablar con usted…”. 

A regañadientes y con miedo, aceptó reunirse con el director. Acordaron verse en la Delegación de la Policía en Santa Tecla a las 5 de la tarde, pero estando ahí, el director canceló. En su lugar, Dina Ivette se reunió con el jefe de la delegación, quien intentó censurarla para que no siguiera hablando con periodistas. Ella se negó. Luego le dijeron que la reunión sería en otro lado. Ella aceptó ir, no sin antes compartir con su sobrino Eduardo su ubicación en tiempo real a través del servicio de mensajería WhatsApp. Le dijo que no escribiría ningún mensaje, pero que si ella se sentía en peligro en algún momento, haría una llamada.

Un carro llevó a Dina Ivette a Nuevo Cuscatlán en la tarde del 9 de noviembre de 2021, una ciudad en la periferia capitalina en la que Bukele inició su carrera política como alcalde. La reunión sería en un complejo deportivo, cerca de un bosque cafetero en la finca Suiza, donde las autoridades habían encontrado una fosa clandestina en esos días. La reunión tardó en comenzar. Dina Ivette dice que algunos policías le contaron que mientras ella esperaba en Nuevo Cuscatlán, otra reunión se desarrollaba en el cuartel central de la Policía, en el Centro de San Salvador, en la que el propio Bukele reprendió a los funcionarios del Gabinete de Seguridad por las acusaciones falsas que habían dicho en la conferencia sobre los hermanos Guerrero Toledo. 

En Nuevo Cuscatlán, la reunión con Dina Ivette arrancó cerca de la media noche. Estuvieron presentes varios ministros del Gabinete de Seguridad, el director de la Policía e incluso, por unos minutos, Bukele. La Prensa Gráfica relató que esa reunión había ocurrido y meses más tarde Dina Ivette contó algunos detalles en el podcast “Humo: Murder and Silence in El Salvador”.

Dina Ivette dijo a El Faro que en esa reunión colocaron unas sillas y mesas en forma de media luna y que fue una reunión tensa. “Yo dije mi verdad”, recuerda. 

—Doña Dina, buenas noches… es que, nosotros aquí con pena porque los medios siempre distorsionan la información —dijo el director Arriaza Chicas.

—Mire, yo a usted lo vi diciendo eso. No fueron los medios, de su propia boca lo escuché. 

Corina Palma, la subdirectora general de la Policía, intentó mediar. 

—Doña Dina, yo como madre la entiendo, yo también perdí un hijo. 

—¿Perdón?

—También perdí un hijo. 

—Señora, con el respeto que se merece ¿cuando usted perdió a su hijo los pandilleros se lo asesinaron?

—No. 

—Entonces no sabe lo que yo estoy viviendo. Y cuando a su hijo lo asesinaron o lo desaparecieron, ¿lo revictimizaron y a usted también y lo acusaron de ser narcotraficante?

—No.

—Entonces no sabe lo que estoy viviendo.

Dina Ivette cuenta que nunca bajó la mirada, como lo había hecho en su conferencia. Aquella reunión cambiaría el rumbo de las cosas. El ministro Villatoro se sentó a su lado y explicó que la culpa la tenían los investigadores que habían dado información errónea para la conferencia. 

—Qué diferente es lo que usted me está diciendo ahorita a todo lo que dijeron en la prensa. 

—Sí, doña Dina, discúlpenos.

Las disculpas no borraron el estigma que crecía en su entorno. Su familia comenzó a alejarse, sus vecinos dejaron de hablarle. Dina Ivette y sus hijos tenían un año de vivir en Campos Verdes, una colonia en la periferia de la capital controlada por la pandilla Barrio 18. La conferencia del ministro Villatoro colocó una diana en su frente. La territorialidad de las pandillas fue durante décadas la causa de decenas de miles de muertes en El Salvador. 

Dina Ivette comenzó a notar que el Barrio 18 la vigilaba con un sigiloso entramado de informantes de esquina y bicicleteros. A veces la seguían hasta el mercado de Lourdes. Nunca más volvió a usar el transporte colectivo y viajaba pendiente de los tres espejos retrovisores cuando iba en carro. “Me hicieron avivar”, dice. Su instinto fue meter un cuchillo al carro y darle otro a su sobrino. “Si alguien se me acerca yo no voy a medir consecuencias, no voy a esperar a que me hable, así pensaba en ese momento”, dice.

Ivette Toledo contempla el memorial que instaló en la habitación de sus hijos, Karen y Eduardo, en su casa de la residencial Campos Verdes, en Lourdes, municipio de Colón, en La Libertad, una comunidad controlada por el Barrio 18. La casa de Ivette estaba custodiada por la Policía en ese momento. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Se sentía entre tres espadas: la de la MS-13, la del Barrio 18 y la del Estado. Un día, la Hermana Mili, una feligrés que conocía de la iglesia, la citó en un Pollo Campero en un centro comercial de Santa Tecla. Dina Ivette fue con sus sobrinos y la conversación tomó rápidamente un giro inesperado. “Los muchachos de la MS no fueron”, dijo la Hermana Mili. Dina Ivette intentó guardar la compostura y únicamente topó su zapato con el de su sobrino, como diciéndole “ponete alerta”. 

—Yo no digo que sean ellos, yo no sé quién fue… —reaccionó Dina Ivette— Yo solo sé que mis hijos no son perritos para dejarlos tirados. Yo los voy a encontrar. 

—Le voy a ayudar a buscarlos, pero vamos solo usted y yo. Vos no vayás —le dijo al sobrino— Ustedes no saben quién soy yo. 

—Sé que usted es una fiel servidora, mamá del profesor Carlos… —No, yo soy la patrona.

—Ay, hermana, todavía no le entiendo.  

Dina Ivette fingía que no comprendía. Entonces, la señora explicó que su hijo era el marero de la MS-13 “que mandaba desde El Botoncillal hasta no sé dónde”. La mamá de los hermanos explicó que ella no buscaba culpables, que solo quería encontrar los cuerpos. La Hermana Mili insistía en ir a buscar con ella. Quiso saber el nombre de la siguiente finca que visitaría y la hora a la que iría. También propuso ir a la finca Quequeisque, ahí cerca. “Vamos hoy, pero solo usted y yo, para avisarle a los muchachos y que no nos hagan nada”.

Dina Ivette maniobró para dejarlo para la mañana siguiente. “Está bien, pero vos no vas”, volvió a decir la Hermana Mili al sobrino. Luego ofreció plata para ayudarle. Dina Ivette lo rechazó. Esa noche, Dina Ivette rompió el chip de su celular. No quería más comunicación con la Hermana Mili.  

La finca

En septiembre de 2021, a la semana de la desaparición de los hermanos Guerrero, la Policía ya tenía pistas de que los cuerpos podrían estar en un área boscosa de Nuevo Cuscatlán conocida como la Finca Suiza, una zona rural bajo dominio de la clica Teclas Locos Salvatruchos (TLS), de la MS-13. Así está consignado en un reporte de inteligencia de la Policía, filtrado por una organización denominada DDoSecrets. 

En noviembre, la noticia del hallazgo de la fosa se filtró a la prensa. El lugar estaba custodiado por soldados y policías, porque también era una zona peligrosa, dominada por la MS-13. Dina Ivette decidió ir a buscar por su cuenta. Con una larga rama escudriñó en los montes, buscando respuestas y pistas.  

Desde la desaparición, Dina Ivette había soñado con sus hijos. En los sueños, Karen y Eduardo pedían que los buscara a la orilla de un río y le mostraban una calle igual a la calle de acceso a Nuevo Cuscatlán. También había soñado con un portón verde, con calles polvosas, cafetos y flores rojas. 

Dina Ivette encontró muchos objetos de otros muertos ese día, prendas de vestir, sobre todo. “Incluso encontramos como tres fosas que yo después le dije al ministro que ahí estaban”, dice. También encontró las flores con las que había soñado. 

—Las toqué, las miré, y yo les hablaba a mis hijos: “¿Dónde están? Díganme el lugar exacto, ¿dónde están? Hijo, aquí estoy, ya los encontré”. 

Ya no pudo seguir buscando cuando vio que el Cuerpo de Agentes Metropolitanos de la Alcaldía de Nuevo Cuscatlán también había entrado al cafetal. Dina Ivette escuchó que los agentes hablaban de ella. “Es la mamá de los hermanos”, decían. Al regresar a su casa en Campos Verdes, se duchó y luego entró al cuarto de Eduardo, como solía hacer casi todos los días. Dice que era como entrar en trance. Esa tarde oró por horas, y, como otras veces, sintió que su alma despegaba. Dice que habló con ellos nuevamente. 

—Le dije a mi hija: “mi amor, cuando aparezcás en mis sueños otra vez, no perdamos el tiempo y enseñame el lugar exacto. No hablemos de nada más”. 

Dina Ivette asegura que ese mismo mes, noviembre, la Fiscalía intentó engañarla. Que intentaron entregarle un cuerpo encontrado en la Finca Suiza porque “posiblemente” eran los restos de Eduardo. Dina Ivette pidió ver las osamentas para confirmarlo pero, según ella, la fiscal le negó el acceso bajo distintas excusas. Incluso le dijeron que lo mejor para ella era evitar tanta exposición a fotografías de cadáveres. 

—Ya me acostumbré a ver cuerpos. Tengo meses haciéndolo —les dijo. 

Dina Ivette convenció a los forenses de que le mostraran fotografías del cadáver, porque sabría reconocerlo por la dentadura. Confirmó que aquel no era el cuerpo de Eduardo. Su hijo, a diferencia de aquella calavera, tenía sus dientes parejos, salvo un colmillo que saltaba levemente hacia el frente. Un odontólogo forense le dijo a Dina Ivette que a veces la dentadura cambia en el proceso de descomposición. Pero la madre insistió en que aquel no era el cadáver de su hijo. 

Al mes, la fiscal llamó a Dina Ivette para decirle que la muestra de ADN no coincidía. No era Eduardo. Dina Ivette aprendió a sortear obstáculos, y luego transmitiría ese conocimiento a las madres del Bloque de Búsqueda que meses después comenzaría a funcionar.

La abogada Zepeda me contó que ella y las madres que representa suelen ir a Medicina Legal varias veces al mes a hojear la carpeta con información de los cadáveres que se van encontrando. Me dijo que mirar aquellas páginas era una actividad perturbadora porque no había manera de reducir la cantidad de cuerpos a ver pues todas las páginas estaban en blanco y negro. Si las páginas se imprimieran a color, me dijo, se podría discriminar la búsqueda y pedir únicamente los cuerpos con determinado color de ropa, color de la piel, etc. No era la única falencia de Medicina Legal. El banco de ADN prometido por el Gobierno de Bukele seguía sin funcionar. 

El hallazgo

El 5 de diciembre de 2021, El Faro publicó un avance de las investigaciones de la Fiscalía sobre la muerte de los hijos de Dina Ivette. Para entonces, un informante decía que la MS-13 desenterró los cadáveres de los hermanos por haberse hecho tanta “bulla” alrededor de su muerte, y que los habían ido a enterrar a 40 kilómetros de distancia, en la costa. Dina Ivette no daba crédito a esa noticia y pidió al ministro que siguieran las pesquisas en la Finca Suiza.

Esa misma semana, el ministro Villatoro llamó por teléfono. Preguntó si quería ir a la Finca Suiza a ver las excavaciones. 

Al llegar, se acercaron a una fosa en la que habían encontrado más cuerpos en los días previos. Dina Ivette dice que se arrodilló porque sintió sus latidos más fuertes. Tomó la tierra con sus manos. “Es aquí”, dijo. Preguntó si las excavaciones podían comenzar en ese mismo momento. Le dijeron que no. 

—Con el Bloque de Búsqueda dijimos que si para enero no habíamos recibido los cuerpos, nos iríamos a meter todas a la finca. Si encontrábamos otros cuerpos, bendito Dios. 

El 23 de diciembre de 2021, Villatoro le llamó. Preguntó cuál de los dos hermanos usaba brackets y de qué color eran.

—Entonces, ya los encontramos —dijo el ministro. 

Dina Ivette lloró. Había que esperar el resultado del examen de ADN. Aún sin eso, ya no tenía dudas. 

Para febrero de 2022, cuatro meses después de haber encontrado a los hermanos, la Fiscalía halló otros 24 cadáveres y muchos restos óseos sueltos en la Finca Suiza. A finales de 2024, en un juicio contra 218 pandilleros de la MS-13, un testigo criteriado dijo que la pandilla enterró ahí a unas 200 víctimas, entre 2017 y 2021. En abril de 2026, durante un juicio contra más de 400 pandilleros, Bukele anunció que el crimen de los hermanos Guerrero y de Jimena sería responsabilizado al liderazgo de la MS-13.

Toparse con el régimen

En los meses que rodearon su lanzamiento, el Bloque se volcó a las calles a hacer búsquedas. En grupo, acompañados por Zepeda, iban a entrevistar a personas, a buscar testigos, a recorrer lugares. A veces obtenían buenos resultados: nuevos testimonios, audios, videos de cámaras de seguridad, ubicaciones en mapa. Así encontraron los restos de Christian Mejía Quezada, de 28 años, dos meses después de haber desaparecido en San Martín, al este de San Salvador. Christian era un gestor de cobros para un banco, donde recién comenzaba a trabajar. Su primo Santiago Quezada encontró al Bloque en los primeros días después de la desaparición. 

Santiago fue elegido por las madres como vocero del Bloque en la conferencia en que salieron al público, el 17 de febrero de 2021. Ese día, leyó el comunicado que en uno de sus párrafos decía así: “Por esa necesidad de justicia y el derecho a la participación efectiva, en medio de la angustia y el dolor que nos ocasiona la desaparición, hemos decidido organizarnos como un bloque de búsqueda y una red de apoyo imprescindible para continuar en el proceso (...) frente a la poca o nula respuesta de las autoridades y el escaso avance de las investigaciones”. Tres semanas después, el 10 de marzo, encontraron los restos de Christian cerca de un cementerio en San Martín. 

El Bloque comenzaba a descubrir que había condiciones para encontrar a sus desaparecidos. Pero todo eso se vino abajo el último fin de semana de marzo de 2022. 

El 15 de septiembre de 2021, la multitudinaria marcha contra el Gobierno iba encabezada por una pancarta con el nombre del lugar donde se encontró una fosa con más de 40 cuerpos de mujeres y jóvenes. El exagente de la Policía Nacional Civil, Hugo Ernesto Osorio Chávez, fue encontrado responsable en muchos de esos casos. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

El viernes 25, el Bloque estaba haciendo una campaña de pega de afiches en el parque Centenario del centro de la capital. Unas 15 personas aprovechaban cada poste del tendido eléctrico para pegar con cinta adhesiva la imagen de Carlos Santos Abarca, desaparecido el 1 de enero de 2022. Su madre, Eneida Abarca, dirigía la actividad. Ella y su hermana Virna se habían integrado al Bloque el mes anterior en la conferencia del lanzamiento del grupo. Notaron la presencia de policías, pero a diferencia de otros días en los que no había pasado mayor cosa, esta vez la Policía los intervino. Ramón era uno de los pocos hombres en la actividad, y la Policía lo golpeó mientras lo registraba. Las mujeres del grupo tomaron fotos y videos del momento, pero luego fueron obligadas a borrar esas imágenes de los celulares.

—No sabíamos por qué la Policía estaba tensa, no sabíamos que en ese momento estaban matando gente en no sé cuántos lugares —dice la abogada Zepeda. 

Desde el viernes, los homicidios se habían disparado: 14 muertos el viernes, 61 el sábado, 12 el domingo.

El domingo 27, la Asamblea Legislativa aprobó el régimen de excepción. Las tareas de búsqueda se hicieron más esporádicas porque había miedo a las redadas y a la violencia en las calles. En el Bloque comenzaron a aparecer reportes de esposos, hermanos, hijos que estaban siendo detenidos y de los que no sabían el paradero. 

—Acompañamos a la familia a andar recogiendo los arraigos, notarizando documentos, sacando copias a las escrituras, a los contratos de alquileres, títulos, partidas de nacimiento, porque las capturas estaban en esos territorios, de estas mismas familias —dice Zepeda.

Del lado de las autoridades, la dinámica también cambió. Los fiscales con los que tenían comunicación se desentendieron de las investigaciones de los casos de desaparición. Algunos fiscales fueron honestos y explicaron que las averiguaciones quedaban “congeladas hasta nuevo aviso“ porque la nueva prioridad eran “los casos de pandilleros y sus colaboradores”. “Me decían que era orden del Gobierno Central, y que solo seguían órdenes”, me dijo un día de marzo de 2024 Edward Hernández, el hermano de un taxista desaparecido en 2021. Hablé con Edward en un velorio: los restos del taxista habían aparecido recientemente, tres años después de su desaparición, en una fosa clandestina en el norte del país, en Chalatenango. Algunos pandilleros habían sido detenidos en el marco del régimen de excepción, y habían revelado la existencia de la fosa clandestina. 

En octubre de 2021, la Fiscalía dijo que las desapariciones ya casi duplicaban las de todo el año anterior. En mayo de 2023, la Fiscalía reportó el hallazgo de 51 cementerios clandestinos desde junio de 2022; y que abrió 272 investigaciones por desaparición. Esa fue la última vez que la Fiscalía brindó información detallada al respecto.

Comparar esas cifras con en el quinquenio anterior a Bukele, entre 2014 y 2019, es imposible porque los casos entonces podían clasificarse de muchas maneras: desaparición, privación de libertad, secuestro y desaparición voluntaria. La Fiscalía de Bukele suele decir, de manera muy general, que en el quinquenio 2014-2019 hubo 20,000 denuncias de desapariciones, pero no está del todo claro de dónde proviene el cálculo. En todo caso, solo 907 de esas denuncias fueron judicializadas y provocaron la condena de 492 pandilleros, según un reporte de 2022. 

Desde el inicio del primer período de Bukele, en 2019, hubo un descenso histórico en homicidios por la negociación con las pandillas y la posterior desarticulación de la forma de operar de las pandillas, pero poco a poco las cifras del Gobierno han ido siendo menos transparentes.

Prioridades: 27 de marzo de 2023, estudio del canal 6

El ministro Villatoro está en televisión abierta, en la entrevista Frente a Frente. Se cumple un año del régimen de excepción. 65,000 personas han sido detenidas. Las autoridades insisten en que todos son pandilleros. Un usuario de X, @guanacoshdp, pregunta si hay un plan para rastrear fosas clandestinas y encontrar a los desaparecidos. Villatoro revela que las investigaciones están suspendidas: “Hay muchas familias que andan buscando a sus seres queridos que, cobardemente, fueron asesinados. Llegará el momento donde vamos a abrir toda esta búsqueda a nivel nacional para darle mucha paz, pero hoy por hoy tenemos este objetivo de erradicar a todos los miembros (de pandillas). Está considerado, pero ahorita tenemos esta misión importante de capturar a estos asesinos seriales”.

Cinco centímetros: 28 de septiembre de 2023, Comasagua, La Libertad

Cuando aparecieron las osamentas de Karen y Eduardo Guerrero, Dina Ivette recuerda que algunas mujeres se le acercaron para pedirle uno que otro consejo. María Puro era una. Su hijo Víctor Omar había desaparecido en 2021. Dina Ivette dice que le ayudó en lo que pudo, orientándola sobre las diligencias de investigación que podía pedir y en el orden que debía hacerlo. 

Una pequeña porción de la osamenta de Víctor apareció dos años después, en septiembre de 2023, en una zona montañosa de La Libertad llamada Comasagua. Un testigo criteriado señaló el lugar del cementerio clandestino, pero dijo que el cadáver de Víctor lo habían desenterrado para pulverizar sus huesos y tirarlos a un río. Lo hicieron porque su caso despertó “bulla” y la pandilla temía ser descubierta. La Fiscalía excavó la zona sin éxito, pero el fiscal a cargo decidió revisar una segunda vez. Y encontró un pequeño hueso, del tamaño de una galleta de cinco centímetros. 

— Era un huesito… ¿Cómo se llama la parte de la rodilla? —pregunta Dina Ivette. 

—Rótula.

—Sí, ese, y le hicieron el ADN y ese era su hijo. 

El huesito de cinco centímetros permitió que María Puro abandonara el infierno de la ambigüedad y las angustias. El pequeño trozo le permitió comenzar el duelo. Un documental titulado “Hasta encontrarte”, aún no disponible al público general, tiene como protagonista a María Puro y a Bukele. En el trailer, María Puro aparece confrontando a un pandillero encarcelado por el asesinato de su hijo Víctor Omar. Ella rechazó hablar conmigo para esta crónica.

Los postes: 9 de febrero de 2024, Ministerio de Seguridad y Justicia 

El país ha estado en una fiebre electoral en los últimos meses. Hace cinco días, Bukele ganó y se reeligió inconstitucionalmente; y además obtuvo la mayoría en la Asamblea. La cantidad de denuncias de irregularidades en el conteo de votos pone en duda el papel de las autoridades electorales. 

Al margen de la crisis política, una mujer tiene problemas más graves en que pensar. Eneida Abarca y su hermana Virna llegan al Ministerio de Seguridad y Justicia a entregar una carta al ministro Villatoro. En la carta, Abarca pide ayuda para encontrar el paradero de su hijo Carlos Santos Abarca, desaparecido desde el 1 de enero de 2022. 

En la carta, Eneida menciona que hace ocho meses entregaron a la Fiscalía la información relevante que les dio un colaborador de Charli, un líder pandillero del Barrio 18, pero que no han visto avances. “No soporto la pasividad de las autoridades, por eso hago pública esta información”, dice Eneida a los pocos periodistas que estamos ahí. A la mujer no la dejan pasar de la entrada del Ministerio. Deja una copia en recepción, pero nadie la firma de recibido. Al terminar, las mujeres del Bloque de Búsqueda pegan afiches con la foto de Carlos. En los primeros días aprendieron que el único lugar habilitado legalmente para ello son los postes de luz. También aprendieron que en tiempo de lluvia, cada afiche se recubre con cinta adhesiva gruesa, rodeando el poste, para que la foto dure más tiempo. Este día, frente al ministerio, reparten pequeños folletos a los automovilistas. Virna, mucho mayor que Eneida, carga un póster grande y cada que el semáforo se pone en rojo se mete entre los carros para mostrar el rostro de Carlos.

Eneida Abarca, el 26 de septiembre del 2024, en el momento en que intenta entregar una carta al ministro de Seguridad y Justicia, Gustavo Villatoro. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

Una camioneta blanca todo terreno avanza lentamente mientras el semáforo cambia a verde. Cuando pasa a la altura de las mujeres, baja la ventana del lado del copiloto: 

—Dejen de hacer desvergue, dejen de estar arruinando los postes. 

Acelera y se va.

Expertas: 9 de marzo de 2024, 25 Avenida Norte

Este año habrá dos marchas por el Día Internacional de la Mujer. Ayer, miles marcharon por San Salvador y hoy unas 5,000 mujeres se toman nuevamente las calles. El Bloque de Búsqueda tiene su propio espacio en la columna. Eneida Abarca y su hermana Virna encabezan el grupo, y avanzan sobre esta céntrica avenida del país. “Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”, dice una consigna que repiten las asistentes. El sol nos aplasta la cabeza. Mientras caminamos, Eneida me pregunta si también fui a la marcha del día anterior. Le digo que no, que fui al funeral de la persona que estaba desaparecida y que encontraron en Chalatenango.

—Ese caso es uno en un millón. De seguro hubo un testigo criteriado —dice Eneida.

—La familia me dijo que estuvo llamando mucho al fiscal del caso —respondo.  

—Yo también llamo bastante, pero nada. ¿Osamenta fue lo que encontraron, verdad?

En mi ignorancia, con la intención de seguir la plática, respondo que fue un cuerpo. Eneida me corrige de inmediato, con la mirada al frente, mientras carga una pancarta.  

—Ese señor desapareció hace tres años, no puede ser un cadáver lo que encontraron sino que los 206 —dice Eneida.

—¿206? —pregunto. 

— Sí, ¿no sabe si encontraron los 206? 

—No, no sé. ¿Qué es eso? 

—La osamenta, usted. Esa es la cantidad de huesos que tenemos en el cuerpo. A veces solo aparecen unos cuantos huesos. A veces han movido los cadáveres y dejan uno que otro hueso por ahí. ¿No sabe cómo fue?

—No, tampoco sé. 

Eneida Abarca (derecha) y su hermana Virna durante la marcha del Día de la Mujer en marzo de 2024, en el parque Cuscatlán, de San Salvador. Carlos Ernesto Santos Abarca desapareció el 1 de enero del 2022. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

Guardo silencio. En ese momento recuerdo lo que dicen tantos informes sobre personas buscadoras. Que ante la desidia estatal, se vuelven expertas en temas forenses. Le pregunto si recibió respuesta a la carta que llevó al ministro hace un mes. Dice que no. En las semanas siguientes, las cuentas en redes sociales de Bukele, el ministro Villatoro y la Policía la bloquearán.

Un miedo recorre el Bloque: 11 de marzo de 2024, Ciudad Arce

Dos días después de la segunda marcha de mujeres, la Policía captura en su casa, sin orden de detención, a Verónica Delgado, de 41 años, integrante del Bloque de Búsqueda. Ella es madre de Paola Arana, que desapareció el 22 de mayo de 2022. 

Una semana antes de su desaparición, Paola había salido de la cárcel con medidas sustitutivas porque fue detenida con el régimen de excepción. Era menor de edad cuando fue capturada. Desapareció el día que fue a pasar consulta por una tos que adquirió en la celda. Casi dos años después, su mamá, Verónica, es detenida por la Policía. Su detención es irregular. La Fiscalía la acusa de asociaciones ilícitas, pero el Bloque publica un comunicado en Facebook en el que denuncian la captura como una represalia por su trabajo de búsqueda. Su detención marca un impacto profundo en el Bloque, por el miedo a las capturas arbitrarias. 

La audiencia inicial de Verónica Delgado se lleva a cabo el 22 de marzo de 2024. Ese día, afuera de los tribunales, el Bloque de Búsqueda pide la liberación de su compañera y esperan el momento cuando ella aparezca a bordo del transporte de reos. Pero Verónica no es llevada a la audiencia, y los abogados, contratados por el Bloque, dicen que tampoco se enlazó por videollamada. En la audiencia, los abogados hablan por ella y piden su liberación, y que se le otorguen medidas sustitutivas a la detención. Presentan arraigos y argumentan que Verónica debe estar libre para seguir buscando a Paola, su hija, y que además debe cuidar de su nieta Génesis. 

A primera hora de la tarde, el juzgado ordena la liberación de Verónica. Los abogados dicen que el juzgado reconoció su papel como buscadora.   

Verónica Delgado, madre de la joven desaparecida Paola Arana, fue detenida el 11 de marzo de 2024, dos días después de participar en una marcha conmemorativa al Día de la Mujer. Fue liberada casi un mes después tras comprobarse que no tenía vínculos con pandillas. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Una de las madres del Bloque afuera de los juzgados es Guadalupe Hernández. Tiene un rótulo que dice: “Libertad para Verónica”. Me acerco a ella para preguntarle sobre la desaparición de su hija, Marcela Rodas. Marcela desapareció el 18 de abril de 2021, al salir del mercado San Miguelito de San Salvador. Guadalupe ha tratado de conseguir información que pueda ayudar a las autoridades a dar con el paradero. Dice que hace unas semanas entregó a los investigadores de la Policía copia de unas capturas de pantalla de Facebook Messenger donde constan unas amenazas de muerte que su hija recibió días antes de desaparecer. Hoy está molesta porque la fiscal del caso le dijo ayer en una llamada que nadie le había entregado esas capturas de pantalla. 

—Ahí me di cuenta que los policías y la Fiscalía no están coordinados para hacer las investigaciones.

Guadalupe me cuenta que conoce quién envió esas amenazas por Facebook a su hija. 

—La Policía me dijo que les avise cuando vea al señor de las amenazas, pero una vez les avisé y me respondieron que no tenían recursos para llegar a detenerlo. 

Voceras: 23 de marzo de 2024

El Bloque tiene por ahora 44 miembros, sobre todo mujeres, y 27 de ellas tienen representación legal de Asdehu. Siete de esas mujeres y un veinteañero están reunidas hoy para aprender a hablar en público. Están en una casa de la colonia Buenos Aires en San Salvador. Aquí está Guadalupe, que por ahora habla en susurros. También Rosa, que cuenta que cuando su hijo desapareció vivía en la populosa zona de Apopa, al norte de la capital. Sandra toma la palabra y dice que está en el Bloque para “ofrecer apoyo emocional, porque pisto no tengo”. Yanira, oriunda de Cuscatancingo, dice que trabajó en una pizzería hasta que la despidieron por tantas veces que se ausentó debido a las búsquedas que hacía. Erick, el único hombre, dice que fue desplazado por las pandillas y que ahora ayuda a Sandra a buscar a su hijo. Carmen, de 64 años, dice que su hijo se llama igual que su esposo, que también fue asesinado por pandillas tiempo atrás. Margarita cierra la ronda diciendo que su meta es encontrar a su hijo, pero que, si no lo logra, “al menos quiero ayudar a las demás a hacerlo”. 

Algunas mujeres nunca han hablado de sus desaparecidos fuera de casa y en eventos públicos suele pasar que, cuando los periodistas hacen preguntas, sufren de pánico escénico o no logran terminar la idea porque se quiebran. Reina Ponce, la capacitadora, pide a las talleristas que digan cuál ha sido su experiencia hablando en público. Las mujeres hablan de nerviosismo, de bloqueo mental, de falta de costumbre. Reina interviene en ese punto: “Les tengo una sorpresa, ustedes ya son voceras de sus propias experiencias de vida, ustedes pueden hablar de su propia verdad”. Margarita asiente con la cabeza. 

A Margarita la conocí ayer, cuando, por así decirlo, celebró el cumpleaños de su hijo Carlos Ramírez, desaparecido en 2017. Cumplió 27 años. Compró unas vejigas blancas y junto con el resto de madres del Bloque los llenaron de helio y los liberaron en la plaza del Salvador del Mundo. “Donde sea que te encuentres, hijo, te amo y te extraño”, dijo al soltar los globos. 

Ese día, Margarita me contó que a ella las pandillas la intentaron matar, por vivir en una zona donde controla la pandilla contraria a la que lo hace en el mercado donde trabaja. Después de eso, se separó de su familia, y ya no vivió con ellos, hasta que su hijo desapareció. Me contó que no había hecho público lo de su hijo por miedo, pero que por el régimen de excepción se atrevió a meterse al Bloque de Búsqueda. 

Le pregunté cuál creía que era la ventaja de estar en grupos como el Bloque. 

—Pronto van a comenzar a salir cementerios clandestinos, eso es lo que yo puedo decirles a las madres, que se unan. 

En el taller, Reina pregunta quién quiere pasar al frente a leer un comunicado. La dificultad en este caso es que deben mirar a la cámara lo más que puedan. Margarita se pone de pie y camina al frente. “¿Y si la cámara me come?”, bromea. Eso decía su hijo de pequeño cada vez que el papá quería tomar una foto. 

La revictimización: 28 de agosto de 2024, hotel Barolo

En dos días se conmemora el Día internacional de la persona desaparecida. La semana está cargada de actividades de la Cruz Roja Internacional y organizaciones como Pro-Búsqueda y Luz y Esperanza. El Bloque ha unido esfuerzos con el Comité de Familiares de Desaparecidos (Cofades). Pocas veces tienen fondos para alquilar un hotel, pero esta vez el Grupo de Trabajo ha hecho magia. En el salón del hotel, han levantado un altar con fotos gigantes de sus parientes, adornadas con pertenencias suyas: cascos de moto, camisas de uniforme, peluches… Unas 25 mujeres portan camisetas blancas con la foto estampada de su ser querido. El acto es sencillo: un número artístico, un comunicado y preguntas de la prensa. Sandra Chafoya y Carmen Argueta, fundadoras del Bloque y de Cofades, respectivamente, son las voceras. Piden más recursos para implementar el Protocolo de Atención Urgente, el cese de la indolencia estatal y una mesa de alto nivel para coordinar trabajo. Doña Carmen lee el tramo final del documento: “A nuestros familiares, hijos, hijas, hermanos, hermanas y compañeros de vida, les reiteramos nuestro amor incondicional y nuestro compromiso en la búsqueda incansable de la verdad y la justicia. Frente a sus rostros y nombres rendimos tributo a su memoria y les decimos que no estamos completas sin ustedes, por eso les seguiremos buscando...

—¡Hasta encontrarles! —gritan todas. 

Durante la marcha del Día de la Mujer en marzo de 2024, María del Carmen Alvarenga portaba una camisa y una fotografía con el rostro de su hijo Daniel Ernesto Rivas quien desapareció cuando tenía 18 años, el 8 de marzo del 2014 en Quezaltepeque, La Libertad. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

Hay aplausos y sollozos. Sandra Yanira está ahí sentada, con la foto de su hijo Miguel Ángel Martínez, que desapareció hace 11 años, en 2013. Era un repartidor de agua Cristal. Me acerco y me cuenta que en su caso ya pasaron seis fiscales, que estaba en suspenso y que logró revivirlo con ayuda de Fespad, tras decretado el régimen de excepción. No fue fácil, porque los investigadores asignados le dijeron que “ya no hay nada que hacer, porque es un caso viejo”. Además, le dijeron que la instrucción era dar prioridad a las capturas del régimen de excepción.

Tras su primera denuncia, Sandra Yanira sufrió desplazamiento forzado. Acababa de pagar la última letra que la acreditaba como dueña de la casita en Cuscatancingo. Debajo de la puerta, encontró un escrito con una amenaza de muerte. Tuvo que irse con su familia. Cuando los policías intervinieron, la casa había sido desmantelada, no tenía ni techo. 

Recuerda también que después de la denuncia la intentaron extorsionar, pedían 400 dólares a cambio de información sobre su hijo Miguel Ángel. Otra vez le mandaron fotos de su hijo, vestido con una camisa verde, y ella creyó por un momento que la información resultaría cierta, hasta que reconoció que la camisa era un montaje. “Mi hijo jamás usaba el verde, no le gustaba”, dice. 

Sandra Yanira dice que las pandillas querían reclutar a su hijo. En su colonia, controlaban “las letras”; donde su abuela, “los números”. También desconfía de la Policía, porque recuerda que a su hijo le hacían la vida imposible con retenciones en la vía pública. Dice que una vez fue a la Dirección de Investigaciones de la Policía a ver el expediente de la desaparición de su hijo y descubrió que le hacían falta documentos y páginas. “Qué casualidad, ¿verdad?”

Sandra Yanira no puede evitar llorar. Su nieto, de cinco o seis años, que vino a verla en el acto del Bloque, se acerca lentamente, se aferra a la pierna de la señora, intenta consolarla. 

Todo en contra: 10 de septiembre de 2024, Fiscalía General de la República 

Antes de dar su conferencia de prensa, Sandra Chafoya se cambia de zapatos frente a la Fiscalía de la colonia La Sultana. Se calza unas plataformas. Su cabello es corto y teñido de rubio. Ella y otras mujeres del Bloque de Búsqueda han venido a pedir celeridad en la investigación de la desaparición del hijo de Sandra, Joshua. 

El Bloque acaba de enterarse de que la FGR deshizo la Unidad Especializada de Personas Desaparecidas que se creó en 2018. En su lugar, la Fiscalía creó la Subdirección de Criminalidad Organizada. “No tenemos más información ni sabemos a qué responde el cambio de nombre o si es un cambio que realmente va a constituir un retroceso en la especialización de este espacio”, dice Idalia Zepeda, la abogada de Asdehu. La unidad especializada tenía siete fiscales que, aunque no daban a basto para los casos que abarcan desde el tiempo de la guerra, tenían una especialización notoria y una sensibilidad importante para los casos de desaparición. 

Desde hace tres años, dice Sandra, el expediente de su hijo está donde no debería estar. Está en la Unidad de la Mujer, Niñez y Adolescencia de la Fiscalía de San Salvador, cuando debería estar en el escritorio de la unidad de las desapariciones. Ese escritorio está ahí adentro, dice Sandra, mientras señala el edificio. 

No ha habido avances a pesar de que en 2018 el país creó un Protocolo de Atención Urgente que instruye priorizar las desapariciones de menores de edad, como Joshua. Tenía 17 años cuando desapareció. 

Pero la lentitud de la Fiscalía, no es el mayor problema. La primera vez que Sandra habló con la fiscal, ella le dijo que le entregara su celular. “Me obligó, me lo quitó y comenzó a revisarlo”, dice. En la segunda reunión, semanas después, Sandra aportó información nueva sobre algunos compañeros del taller mecánico donde Joshua trabajaba. Y lo único que consiguió fue que la fiscal acusara a su hijo de ser pandillero. Sandra intentó aclarar que no era así, entonces la fiscal la acusó de ser mala madre por haber dejado que estuviera solo a las 9 de la noche en el estacionamiento de la colonia durante las fiestas locales. 

En otra reunión, cuando la fiscal le compartió el borrador del acta con el resumen de la entrevista, Sandra notó que había aseveraciones falsas, como que había acompañado a policías a hacer inspecciones físicas a ciertos lugares y que además aceptaba que Yoshua era pandillero. La abogada Zepeda estaba con ella y corrigieron el acta cuatro veces hasta que estuvieron conformes. A veces, Sandra tenía la impresión de que la fiscal no conocía su caso, porque le decía lugares, nombres y fechas sin relación alguna con las circunstancias de su hijo. 

Por si no fuera poco la desidia estatal, también hubo revictimización. Cada vez que una madre buscadora pone la denuncia, comienza un calvario de agresiones donde su condición de víctima solo se profundiza. “En los primeros dos años después de la denuncia fui víctima de las pandillas”, dice Sandra. Cuenta que los pandilleros comenzaron a escribirle y a culparla por la denuncia que interpuso, dándole a entender que por eso Yoshua había sido asesinado. Cada vez que salía de su casa, recibía llamadas y mensajes de las pandillas en los que decían que estaba vigilada. Recibía audios en los que le pedían fotos de cuerpo entero o videollamadas, con el anzuelo de que le mostrarían a Yoshua. Sandra bloqueó el número después de recibir largos mensajes de audio con una voz distorsionada. 

La madrugada del 2 de marzo del 2022 la policía capturó a un grupo de miembros de la pandilla Barrio 18 Revolucionarios, señalados por la Fiscalía como sospechosos de asesinar a varias personas encontradas en una fosa clandestina en el cantón El Guarumal de Colón, La Libertad. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

—Ahí me convencí de que mi hijo no estaba vivo. Después creo que me intentaron meter un hombre para relacionarme con él pero sospeché porque del lugar donde esa persona llamó yo ya había recibido otra llamada. Siempre escuché lo que había alrededor cuando me llamaban. 

Sandra cree que, por haber denunciado ante la Fiscalía, la pandilla quería desaparecerla. 

El declive: 8 de marzo de 2025

Solo la mitad de mujeres del Bloque de Búsqueda participa en la marcha del Día de la mujer. De las casi 50 integrantes, solo han venido unas 20 a la caminata que recorrerá varias calles de la capital hasta desembocar en la plaza al Divino Salvador del Mundo. Falta, por ejemplo, Verónica Delgado, la mujer que la Policía capturó arbitrariamente hace un año y que luego fue liberada tras comprobarse que no tenía vínculos con pandillas. 

La captura de Verónica todavía causa estragos en la moral del grupo. “Andamos con miedo”, dice Carmen Argueta, que a finales del año pasado fue promovida a coordinadora adjunta del Bloque. “Ahora como coordinadora no puedo faltar, por eso vine a la marcha”, dice. Argueta explica que Verónica no vino a marchar porque sigue ligada al proceso judicial y le toca viajar a los juzgados de San Salvador a firmar una hoja cada cierto tiempo para demostrar que sigue sometida a la justicia. Argueta dice que, si Verónica sigue procesada, es razón suficiente para comprender su decisión de mantenerse alejada de cualquier evento público del Bloque.

Este mes, otro golpe para el Bloque ha sido el congelamiento de fondos de cooperación de la agencia estadounidense (USAID, por sus siglas en inglés). Un proyecto reciente, canalizado a través de la organización Counterpart, ya no podrá continuar. En la marcha, Margarita Ramírez, madre de Carlos Ramírez, lamenta que este año no haya dinero para comprar agua y refrescarse en el trayecto. 

La tumba: 29 de marzo de 2025, cementerio de Tonacatepeque 

El cementerio de Tonacatepeque está en las afueras de la ciudad homónima. Centenares de lápidas de todos los tamaños, de cemento y losas brillantes, se reparten en desorden, apenas separadas por un delgado camino angosto de tierra. Muchas lápidas sobresalen medio metro sobre el suelo, parecen grandes cajones rectangulares. Otras lápidas apenas se reconocen, hundidas en maleza. 

Óscar Arévalo está enterrado aquí. Desapareció el 7 de enero de 2022 y fue encontrado dos años después, gracias al trabajo de búsqueda del Bloque. Una cruz de cemento anaranjada corona su lápida. Las losas son de color hueso. María Elsa, su madre, hoy ha traído una mezcla de flores naturales y de plástico para adornar: rosas amarillas, margaritas, helechos, flores moradas. También ha traído una bocina para la música, dos retratos de su hijo con la leyenda “2002-2024”, velas y un enorme pastel. Óscar falleció a los 22 años. Hoy habría cumplido 23.  

María Elsa luce conmovida, pero feliz. Por la mañana, en su perfil de WhatsApp ha subido un estado con la foto de su hijo, acompañado de la frase: “Gracias a Dios”. María Elsa suele decir en el chat del Bloque: “Yo espero que todas ustedes puedan tener este alivio que yo he tenido”.  

El 30 de septiembre del 2023 María Puro sepultó los restos de su hijo Víctor Omar quien desapareció en octubre del 2021 en el Paseo El Carmen, Santa Tecla. El cuerpo de Víctor fue encontrado en una fosa clandestina en Comasagua, La Libertad. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

—Te he venido a dejar tus rosas, tus flores, tu pastel, hemos estado aquí celebrando en estos momentos, y disfrutando de tus amistades. En las buenas y en las malas, hijo.

Suena la canción “Cabrón y Vago”, de El Fantasma, un artista de música mexicana norteña. Alguien sube el volúmen del parlante. Es una celebración sencilla, bajo la sombra de un gran árbol. Durante tres años, María Elsa no pudo celebrar el cumpleaños de su hijo, hasta hoy. 

Cuarto aniversario del Bloque de Búsqueda: 17 de Febrero de 2026 

El Bloque de Búsqueda sigue operando a niveles mínimos, a pesar del cierre de organizaciones que le dieron el impulso inicial y la reducción drástica en el financiamiento por parte de la Agencia de Cooperación de Estados Unidos (USAID). La Ley de Agentes Extranjeros, aprobada de manera expedita en mayo de 2025, también resultó un golpe grande para las organizaciones que sostenían al Bloque. Fespad, por ejemplo, tuvo que cerrar operaciones en septiembre de 2025 después de 37 años de existencia en el país. Cristosal salió del país un poco antes, en julio, después de la captura de uno de sus rostros más visibles, la abogada Ruth López, jefa de la unidad anticorrupción. La unidad del SSPAS que trabajaba con las familias de personas desaparecidas también trasladó sus operaciones y dejó de atender a las madres, y otras organizaciones del Grupo de Trabajo de Personas Desaparecidas despidieron personal clave. 

El día del aniversario, el Bloque llama a un acto conmemorativo en un salón de la Universidad de El Salvador. 13 mujeres y un hombre visten de blanco, con la fotografía de sus desaparecidos estampada en el frente. Hay un altar con fotografías y una manta colorida que cuelga de la pared. El acto inicia con el arpegio de una guitarra y la enunciación en voz alta de los nombres de las 56 personas que el Bloque tiene la misión de encontrar. “Nombrarlas es resistir al olvido”, dice el maestro de ceremonias. Una joven, guitarra en mano, canta “Hasta la raíz”: “Pienso que cada instante sobrevivido al caminar / y cada segundo de incertidumbre / cada momento de no saber / son la clave exacta de este tejido / que ando cargando bajo la piel / así te protejo / aquí sigues dentro”. Las madres se juntan, se abrazan y lloran en silencio.
Esmeralda Rosales y Carmen Argueta, coordinadoras del Bloque, leen un comunicado en el que piden al Estado que elimine toda la reserva de información sobre desapariciones y fosas clandestinas, que reconozca que las desapariciones siguen ocurriendo y que asigne el presupuesto necesario a la Fiscalía, la Policía y Medicina Legal. De los 56 casos activos, solo en uno las autoridades han logrado condenar a los responsables. En el resto de casos, no se ha llegado ni a juicio ni tampoco se ha encontrado el paradero de los seres queridos.

Jimena Ramírez desapareció en octubre de 2021. Su cuerpo apareció un mese después en una fosa clandestina en la Finca Suiza, en Nuevo Cuscatlán, La Libertad. A principios de 2022, familiares y amigos le rindieron un homenaje. Foto de El Faro: Carlos Barrera.

Dina Ivette responde al teléfono. Dice que estoy de suerte, que hoy es su día libre y que puede hablar largo y tendido. Le digo que quiero recordar su lucha de hace cuatro años. 

—Gracias, porque a una mamá que se le perdieron sus hijos, la hace sentir bien que otra gente se acuerde de ellos. 

Me cuenta que sigue en el extranjero, asilada tras aquellos seguimientos de los pandilleros, que trabaja en la cocina de un hospital, que prefiere no decir el país, y que muchas cosas han cambiado. Quizás lo más importante es que su hermano Mario fue detenido en el marco del régimen de excepción en 2022. Dice que la hija comenzó a ser acosada por pandilleros en la escuela, y que una vez él observó cómo los mareros la tenían acorralada. Mario iba en la moto, se quitó el casco y golpeó a uno de los pandilleros. Días después, la policía lo capturó en su casa. Dina Ivette asegura haber averiguado que alguien le puso la denuncia y lo acusó de pertenecer a una pandilla. La esposa y la hija tuvieron que huir de la colonia días después. “Hemos preguntado, pero dicen que los abogados no pueden hacer nada por él”, dice Dina Ivette. 

Le pregunté qué pensaba de la semilla que sembró, el Bloque de Búsqueda, que hoy cumple cuatro años. 

—Me llegué a sentir orgullosa de mí misma y por sentir ese apoyo emocional y saber que estaban ellas ahí con su dolor dándome esa fuerza para hacer lo que yo estaba haciendo. Algo bueno surgió del dolor. Es una enseñanza de que también podemos hacer muchas cosas buenas, aunque estemos destruidos.